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Domingo, 10 de julio de 2005

Ni por todo el oro del mundo

Al rescate de un valioso trabajo historiográfico de Rodolfo Puiggrós.

 Por Martín De Ambrosio

La España que conquistó el Nuevo Mundo
Rodolfo Puiggrós
Retórica-Altamira
190 págs.

Militante desde muy joven del Partido Comunista, Rodolfo Puiggrós no esperó a la década del 70 para volcarse al peronismo. Ya en 1945, apenas después del 17 de octubre, advirtió que era un error teórico –además de considerarla una infamia– formar parte de la Unión Democrática. Desde luego, no poco se lo castigó por haber condescendido desde la izquierda marxista tradicional a poner el cuerpo para la defensa del rápido gobierno camporista (regresado ya del exilio mexicano en 1973 para ser rector de la UBA) en una Argentina que se preparaba para los estertores de Perón. Más allá de estas polémicas aún no saldadas –y con muchas otras aristas a considerar–, sobrevive una de las obras más coherentes y sólidas del pensamiento argentino vinculado con un especial marxismo, ese que se dejó influir por el espacio nacional y popular (o bien: viceversa). Lo que hace Puiggrós particularmente en La España que conquistó el Nuevo Mundo (inaugurando la “Serie Rodolfo Puiggrós” que promete la pronta reedición de otras obras del autor) es la reelaboración en clave estrictamente marxista de la tesis según la cual el oro de América fue perjudicial para el desarrollo (capitalista) de España.

Resulta singular y estimulante el modo en que Puiggrós argumenta, repasando minuciosamente unos trescientos años de la historia española. Así, todos los conflictos de la época son analizados como el reflejo superficial de esa razón profunda, material. Puiggrós incluso reinterpreta de un modo clasista los conflictos religiosos (que no eran moco de pavo: todo se resolvía a matanza limpia), y ese “fondo clasista” era la “defensa del feudalismo amenazado por la economía mercantil”. La revolución (burguesa) española “fue desviada”, dice Puiggrós evidenciando la certeza de cuño marxista respecto de la inevitabilidad del flujo histórico: la historia no la hacen los hombres y mujeres a cada paso sino que la historia se desenvuelve. Y por eso es que sucesos externos, como en este caso la abrupta aparición de América camino a Oriente, lo que hacen es detener “el curso natural de la historia”.

Pese al carácter eminentemente marxista de sus razonamientos, Puiggrós discute con el también marxista chileno Volodia Teitelboim, cuya tesis al respecto (expuesta en El amanecer del capitalismo y la conquista de América) adolece, según sostiene Puiggrós, de prestar “muy escasa atención a los cambios internos en la sociedad española generados por el descubrimiento de América y a la sustitución de los mercaderes mediterráneos por los hidalgos de Castilla en la empresa de la conquista”. Y, en efecto, lo que no hace Teitelboim es lo que sí hace Puiggrós: detectar, describir y descifrar esas contradicciones de clase entre esa protoburguesía española –de las ciudades del Mediterráneo– y los nobles castellanos asociados a la reina Isabel y defensores del antiguo régimen. Y señala que el descubrimiento de América fue financiado por los burgueses mientras que la colonización fue hecha por los nobles, que luego se sentaron a gozar del oro, destruyendo la producción manufacturera española.

El paralelo con la Argentina, sin ser buscado ni explícito, es evidente: la aristocracia española de entonces es una “clase divorciada de los destinos nacionales”; pese a estos puntos de contacto entre aquella España y la Argentina, Puiggrós sólo se ocupa explícitamente de esto en la última oración del libro, cuando afirma que “la única comunidad verdadera que tenemos con España es la que se concreta en la lucha histórica de su pueblo y de los nuestros por idénticos objetivos de liberación y superación”.

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