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Domingo, 30 de octubre de 2005

ROSENCOF

Iluminados por el fuego

Un homenaje a los mundos ausentes.

Por Sergio Kisielewsky


El Enviado del Fuego
Mauricio Rosencof
Alfaguara
177 páginas.

“Tenés una hoja en blanco: la pintás con el deseo.” El tono de Mauricio Rosencof es atravesar un planeta dormido y dar curso a lo que bien podría titularse “Iluminados por el Fuego”. La novela habla de lo que no se expresa. Como un viaje de una gran capital a un pueblo de provincias. De inicio, cuesta atravesar un territorio donde el monólogo del personaje está tamizado por referencias muy personales.

Cuando el texto remonta cierto hermetismo se puede entrever lo que uno niega desde un principio. El narrador es el que no está. Puede ser un preso. Puede ser la misma voz de un desaparecido. En cada tramo es un homenaje a un mundo ausente, un mundo que cortaron de un tajo en la historia política de los años ’70 y por lo tanto se redujo a escombros a una generación luchadora. Es allí donde las llamas queman y el escritor construye pocos personajes adorables: Chola, Fogata, el padre.

Alrededor de estos seres se trabaja el regreso al barrio, como si el texto fuera una manera de convocar lo que se perdió.

Hombres que hablan mirando el fuego, vecinos cuyo saludo es una caricia, donde todo parece en apariencia ser oscuro. Pero hay hilos de luz que surcan las palabras. En este caso la vida atada a los sueños. La escritura es un constante diálogo con Chola, un personaje narrado desde el amor y por ende desde las pérdidas.

Se les habla, en diversos tonos y formas, a los muertos y a los vivos. La obra se convierte en una suerte de sinfonía, de llamado, de estrategia para nombrar un universo autónomo y despojado. La textura por momentos es un susurro. Un canto que orilla el secreto, la ambigüedad y la sabiduría.

“Para dar lo que no tuvo”, dice el escritor y es lo que lleva a la práctica hasta el término de la novela. Mauricio Rosencof pasó doce años preso durante la dictadura en Uruguay. En rigor, sin contacto con la luz.

La novela es la iluminación de una zona poco frecuentada en la literatura de América del Sur. Una historia de fantasmas, de hombres que dejaron marca en muchas generaciones.

“La luz en uno, la seda en otro, las rosas en ti son, tan sólo para sentirlas, por quererlas, desearlas, la realidad más tangible de todas las realidades: la soñada.”

Eso es lo que persiguen las palabras de El Enviado del Fuego. Una suerte de andar chaplinesco, unos modos de dandy de extramuros que por momentos asusta y casi siempre conmueve.

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