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Sábado, 24 de diciembre de 2005

ALMUDENA GRANDES: "ESTACIONES DE PASO"

Los caminos de la vida

La iniciación a la vida en diferentes versiones por la autora de Las edades de Lulú.

 Por Verónica Bondorevsky

Estaciones de paso
Almudena Grandes
Tusquets
2005.

Estaciones de paso –título del último libro de Almudena Grandes– es la contraseña sugestiva para una serie de cuentos en donde los cambios y las pérdidas marcan el pasaje a la madurez de los personajes. Los relatos recorren las experiencias que, una tras otra, van transformando a los protagonistas. Este proceso por el cual cada uno de ellos crece y, por lo tanto, aprende de lo ocurrido, está mediado por nuevas vivencias, actos desconocidos, riesgos y pérdidas.

Las presencias y las ausencias afectivas –esas presencias reales– son las responsables de los saltos y los quiebres de los personajes. Y, con ellas, la reflexión o la revelación que subyacen a toda situación de cambio.

Y, en este punto, las experiencias que dan inicio a la vida adulta son diversas: la muerte de un ser querido, el primer amor, una decepción o las elecciones personales son parte de ese material vital en donde las sensaciones y los sentimientos –cuándo no– posibilitan el aprendizaje.

Es así como el adolescente de “Demostración de la existencia de Dios” describe en su diario íntimo cómo fue el progresivo avance de la enfermedad del hermano de 16 años y el pedido que éste le realizara antes de morir, mientras comenta los avatares de su equipo de fútbol. En “Tabaco y negro”, una nieta hereda del abuelo, un sastre de toreros, su destreza en la confección, habilidad que, luego de una revelación, es capaz de asumir y llevar adelante. “El capitán de la fila india”, a partir de la venta de una casa familiar, evoca la lucha y los ideales políticos de la juventud y las renuncias de la adultez. “Recetas de verano” describe el desgarro de una hija ante la invalidez del padre y sus ensayos (culinarios y afectivos) para seguir adelante.

La prosa de Grandes tiene la capacidad de ensamblar distintos planos sobre un mismo suceso: la experiencia de todos los días –conformada por las costumbres, los familiares, los amigos– está atravesada por la profundidad de ciertos momentos, de contados estertores que depara la vida. En la transformación, los personajes de Estaciones de paso aparentan cierta inocencia o resignación en relación con sus actos, sin embargo son conscientes de sus impulsos: por eso, viven y actúan en consecuencia, sin claudicar frente a sus contrariedades. Hay algo –un objeto, un objetivo– que los mantiene y los salva de sus propias realidades.

A su vez, la muerte se aborda desde distintas ópticas: no sólo es la desaparición física, también es el letargo en vida por una invalidez (como el padre de “Recetas de verano”) o la claudicación de los viejos ideales y la sensación de sinsentido ante la propia realidad (como en “El capitán de la fila india”). La muerte representa, sobre todo, el cambio de etapa: el pequeño y gran duelo por lo vivido junto con el desafío que depara el futuro, en donde se materializa la presencia del propio destino.

Los protagonistas de los cuentos narran los hechos mientras los están viviendo o reviviendo por alguna circunstancia especial. Por lo tanto, los relatos se estructuran en la voz de ellos; son su voz. La coincidencia temporal entre lo que se relata y lo que se siente da lugar a una prosa verborrágica, omnívora, que intenta dar cuenta de todo lo vivido.

Las historias se desarrollan en un ambiente bien español, en donde están presente los toros, las costumbres y la vitalidad de Madrid, los equipos de fútbol y la lucha antifranquista. Estaciones de paso es un buen libro para acercarse, entonces, a este mundo y a esa etapa de la vida en donde los inicios y –por qué no, los finales– marcan el camino de las personas.

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