libros

Sábado, 31 de diciembre de 2005

NOTA DE TAPA

Volver a leer

Otra vez fin de año, balances y perspectivas. ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? Y si el año pasado (ayer nomás) ofrecimos una selección súper libre de best sellers favoritos, esta vez convocamos a varios escritores amigos al juego de la relectura. ¿Algo que hayan leído hace mucho y que quieran comentar como si fuera la primera vez? ¿Una relectura reciente? ¿Las virtudes y ventajas de releer? Como sea, un entusiasmo que funciona como una recomendación de lectura.

Una historia de Bolaño

Por Guillermo Saccomanno
Lo que voy a contarles es una historia triste como un cuento de Roberto Bolaño. Mejor dicho, es una historia real que tiene como protagonista al escritor chileno Roberto Bolaño, que pudo haberla tramado. Hace unos años, en Barcelona, Rodrigo Fresán le había pasado una novela que yo acababa de publicar. Bolaño me escribió poco después un mail breve, casi un aforismo. Unos meses más tarde me llegaba un paquete de libros por correo: sus libros. Bolaño me los mandaba. No puedo perdonarme haber postergado su lectura hasta no hace mucho. Iba postergando su lectura como uno suele hacer con las obras completas de un clásico. En tanto, espié algunos de sus cuentos. Me parecían tan buenos que adopté la solemnidad tonta con que uno se reserva, como si se dispusiera de todo el tiempo del universo, la lectura de un grande. Eso requería atención, pensaba. Más tarde, me decía. Ahí, en esa pila, me esperaba, en efecto, un escritor mayor. Era algo serio, un estilo suelto, casi impersonal, que lo mantuvo bastante apartado de los circuitos de prestigio y consagración. Los tipos que escriben así suelen ser menospreciados por los “cultos”. Como si cualquier piola de la cuadra fuera capaz de escribir, por dar un ejemplo, El americano impasible.

Cuando empecé a leerlo, arranqué con sus cuentos. Le tendría que escribir, me dije. Debería escribirle al chileno lo que me gustan sus cuentos, ese aura destemplado y sin consuelo, la aceptación de lo absurdo, lo trágico y lo inevitable, componentes de lo cotidiano: esos instantes largos de quietud y no pasa nada en los que apenas vuela una mosca y eso es todo, pero sabemos que por debajo circula un drama ponzoñoso donde la soledad es una constante, todo lo que hay. La soledad, siempre. Nunca le escribí ese mail. Bolaño murió antes.

A Bolaño le apasionaba nuestra literatura. Tanto que podemos apropiárnoslo como hacemos con Onetti cuando lo llamamos rioplatense. A Bolaño se le atravesaban Lamborghini y Soriano. Y era generoso al citar predilecciones: Aira, Piglia, Puig, Forn, Fresán, Pauls, María Moreno. En este gesto, me animo a pensar que había un acento suyo muy argentino: armar una mafia, “una pesada”, el ataque de un nuevo boom. Tengo la impresión de que, con todo lo que Bolaño sabía, desde Arlt y Borges hasta acá, le habría enorgullecido ser un escritor argentino. Basta una cita: en uno de sus cuentos nombra a Mirtha Dermisache, la plástica que escribe grafismos. Hay un cuento suyo, “Sensini” (está en Llamadas telefónicas), que se planta, además de como un excepcional cuento de exilio depredador, como el estudio de personaje más sutil y complejo de un escritor en el desarraigo. Parece inspirado, nada menos, en Antonio Di Benedetto. “Sensini” es no sólo uno de los cuentos literarios menos “literario” que leí en mi vida. Es también, por su propio peso, el mejor cuento argentino escrito en mucho tiempo.

Me hubiera gustado decírselo a Bolaño. Escribirle. Tarde. Lo que queda sin decirse. Como en “Sensini”. En una de esas, me digo, la mejor manera de escribírselo es leerlo.

(Díganme si esta historia no parece una de las suyas. Es más, ahora que recapacito, quizá la escribió él.)

Siempre que llovió

Por Angelica Gorodischer
Con entusiasmo y con ganas de hacer algo imposible como sería salir a controlar para ver si me hace caso cada una de las personas que lea estas líneas, yo diría que hay que leer, que no hay que perderse Una biografía de la lluvia de Santiago Kovadloff. Ensayos, sí, yo que suelo leer narrativa y narrativa (y algunas otras cosas impensables como física y vidas de santos), porque no son abstrusos textos sobre temas importantísimos a los que sólo una minoría puede acercarse sin estremecimientos de terror debidos a la propia e insalvable ignorancia. Son ensayos como lo eran aquellos del señor Montaigne, deliciosos, coloquiales, íntimos, así como una conversación entre amigas en un café. Los leí con cierta intriga, ¿qué es eso de la biografía de la lluvia? Y una biografía, lo cual quiere decir que debe haber bastantes más. Ese es uno de los atractivos del libro: la deja a una con la sensación de que en el silencio, ahí, agazapadas, hay muchas otras cosas que en el momento no vemos pero que están, existen, y que, por supuesto, alguna vez vamos a ver tan claramente como si las hubiéramos puesto a la luz del sol. Pero llueve, y de la mano de alguien a quien aprecio aparecen estos textos a los que busco volver para adivinar, para dejarme llevar por la intriga y para entrever lo que el autor no me dice. Es la clase de libro que me gusta tener siempre a mano. Es cierto que yo puedo leer cualquier cosa, desde un deleznable best seller hasta Parménides, el señor Cervantes y los libros de la escuela de mis nietos; pero también lo es que no hago pilas de libros leídos y/o por leer junto a mi mesa. Hay sólo tres. Y uno de ellos es el que cuenta una biografía de la lluvia. Hágame caso: yo no voy a poder seguir sus pasos a ver si es así, pero léalo. Léalo y fíjese lo que le pasa. A usted. Cuando llueve y también cuando no llueve. Buenas noches.

El alma rusa

Por Juan Forn
Boris Pilniak había sido uno de los jóvenes dorados de la literatura rusa desde la aparición, en 1922, de El año desnudo, una novela que relataba con extraordinaria vividez y modernidad de recursos el efecto de la Revolución de Octubre en una ciudad de la estepa, durante los doce meses inaugurales del bolchevismo. Como Babel, como Maiacovski, Pilniak habría de sufrir durante los años siguientes el derrumbe de sus sueños, con el advenimiento de Stalin, hasta que fue a dar con sus huesos en la Lubjanka, donde fue ejecutado en algún momento entre 1931 y 1940. El comienzo de su caída en desgracia había tenido lugar en 1926 cuando publicó, a la vuelta de un viaje por Japón, un testimonio que no condecía con la línea del partido en cuanto a las relaciones ruso-niponas. Aun así, en 1929 dio a imprenta el más perfecto de sus libros, Caoba, un conjunto de cinco relatos que le ganó instantáneamente la prohibición de publicar, a causa de su “desviacionismo ideológico”. El primero de esos relatos insistía en el tema ruso-japonés con un atrevimiento sólo comparable a su destreza estilística. Se titula “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos” y, a la manera de las muñecas rusas, contiene una historia dentro de otra dentro de otra más, la última de las cuales anticipa en forma inequívoca el fin que Pilniak sabía que le esperaba.

En el consulado soviético de una ciudad portuaria japonesa, Pilniak descubre el legajo de una ciudadana rusa que pide la repatriación. Sofia Vassilievna, la dama en cuestión, conoció a un oficial japonés que revistaba en el ejército de ocupación nipón repelido por las fuerzas bolcheviques en el año ‘20. Antes de la retirada, y aun sabiendo de la prohibición de casarse con extranjeras, el oficial (amante de la literatura rusa) le pide a Sofia que se reúna con él en Japón y le deja dinero para costear el viaje. Sofia llega, es interrogada por las autoridades hasta que confiesa el nombre de su prometido. Tagaki es expulsado del ejército y desterrado a su aldea natal, donde debe esperar dos años hasta poder unirse con Sofia. Los amantes soportan la prueba y logran por fin su anhelo. Viven en feliz soledad hasta que comienzan a visitarlos periodistas y fotógrafos: Tagaki ha publicado una novela con enorme éxito y la prensa quiere retratar al autor junto a su esposa rusa, ambos en kimono de fiesta, contra el paisaje de fondo que contribuyó a su felicidad. Tagaki ama en Sofia a la literatura rusa, como si la encarnara en estado bruto. Sofia es como una Bovary que no ha leído siquiera un folletín. Las jornadas de felicidad se suceden hasta el día en que Sofia descubre que el libro de su marido la ha retratado en la más desnuda de las intimidades. Sin decir palabra, procede entonces a abandonarlo, marcha hasta el consulado soviético más cercano y pide ser repatriada a Vladivostok.

Pilniak describe todas las atrocidades históricas entre rusos y japoneses que Sofia y Takashi debieron ignorar para estar juntos, opone a estos hechos la versión del alma rusa que da Tagaki y la versión paralela que da Sofia en el relato autobiográfico que conforma su legajo. Y entonces escribe la más famosa frase de ese cuento y quizá de su obra entera: “Que sean otros quienes juzguen, no yo. Mi trabajo se reduce a meditar sobre las cosas. En particular, cómo pueden convertirse en cuentos”. Fueron, efectivamente, otros quienes juzgaron, condenaron y ejecutaron a Pilniak por su trabajo: el de meditar sobre cómo las cosas pueden convertirse en cuentos.

Todavía pueden conseguirse ejemplares de la única edición de Caoba que publicó Anagrama en 1987. Para quienes no lo consigan, se puede bajar gratuitamente de Internet el texto completo de “Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos”. La traducción del relato y del libro completo es del gran Sergio Pitol. Leer la una o la otra es, además de la gloria dedescubrir a Pilniak, una hermosa manera de empezar a conocer a ese escritor secreto hasta ayer nomás y tan merecidamente premiado con el Cervantes hace unas semanas.

Encontrar un tesoro

Por Abelardo Castillo
Me resulta difícil responder a esta pregunta porque está enunciada en potencial. Cuando siento la necesidad de releer un libro, sencillamente lo hago: no me lo planteo como un acto futuro; voy a mi biblioteca, lo saco de allí y me pongo a leerlo. Por otra parte, casi diría que a mi edad lo único que se hace es releer. En este momento, por ejemplo, sobre mi mesa de noche hay tres libros que, por decirlo así, estoy releyendo simultáneamente: La náusea, El proceso y el Diario de André Gide. El primero, confieso que lo releo casi todos los años, y lo hago de muy mala fe: para ver si finalmente me disgusta o si envejeció. Siempre sale ganando La náusea. Siempre me entristece hasta la melancolía ese último encuentro entre Amy, la de los momentos perfectos, y Roquetin; siempre me deslumbra que Sartre se haya atrevido a poner sus propias ideas sobre el humanismo en boca del Autodidacto; siempre me sobresalto en la escena de la biblioteca, donde el propio Autodidacto revela su patética homosexualidad; siempre me aterro con esa gradual revelación de la existencia que finalmente cae como un rayo sobre nuestra conciencia y la del protagonista. Cosas que sin demasiadas variantes me vienen pasando más o menos desde los dieciocho años. Leer es como buscar un tesoro; releer, como encontrarlo. Lo formidable de los libros muy leídos es que todas las veces se descubre algo nuevo, y en ocasiones hasta un libro nuevo. Con El proceso, hace dos o tres relecturas que me sucede algo extraño: ni bien viene a parar a mis manos me acomete la idea de escribir una obra de teatro, basada en El proceso, obra que impunemente imagino mucho mejor que la adaptación hecha por André Gide o que la cinta de Orson Welles. Nunca voy a escribirla, me parece, pero hace poco anoté un bosquejo: la empezaría en el final del primer capítulo, cuando Joseph K. le cuenta a la señorita Bürtstner la visita de esa mañana. Mientras él le explica qué pasó, se va rearmando la escena inicial del libro, con personajes que salen como de la nada y que se sitúan en el escenario mientras la chica “presencia” lo que le sucedió a K., al mismo tiempo que lo presencian los espectadores.

La gente cree que ha leído un libro cuando lo leyó una vez. Yo creo, o mejor, estoy absolutamente convencido de que el verdadero acto de leer es releer. Es asombroso lo que puede darnos un gran libro, entrando en él por cualquier parte, a la cuarta o quinta vez que lo tenemos entre las manos. “Cuando quiero enterarme de las últimas noticias –decía Léon Bloy–, leo a San Pablo.” Yo hago más o menos lo mismo con ciertos capítulos de Los hermanos Karamazov o Guerra y Paz, con Los siete locos, con El lobo estepario, con la segunda parte del Quijote.

Naufragios completos

Por Juan Sasturain
Mentira, de Enrique de Hériz, es una novela digna de ese nombre. Y pide lectores acordes. De novela y de literatura. En tiempos desarreglados, Mentira calza cómoda, sin obsecuencia ni añejamiento enfático, dentro de la tradición realista más selecta y rigurosa. Una novela en serio, no un gordo best seller fabricado para ser filmado -alternativas de acción y de sexo, aparatoso escándalo– ni un borrador más o menos desprolijo o ingenioso con saltos y efectos que no son sino tropezones. Sin apelar a golpes bajos ni trampas –ni apuro–, el joven De Hériz (Barcelona, 1964) se puso a construir su cuarta novela, a diez años de la primera, con la tranquila tenacidad de un artesano diestro en el uso de las palabras sin malabarismos extra, de un fabulador al que nunca le falta qué contar, pero no abruma. El resultado son más de seiscientas páginas impecables, un relato de ritmo acompasado y de pareja tensión sin riesgos de monotonía, pese a su morosidad. El efecto de aparente facilidad esconde un trabajo que no muestra sus marcas ni ostenta costuras: la cortesía de los escritores dotados.

Antes precoz editor, antes y ahora traductor literario consumado, De Hériz es un lector sensible y agradecido. Mentira está concebida para ser leída en ese registro, en esa frecuencia. Basten los acápites de Conrad, Fitzgerald, Philip Roth, el imprevisto Tuñón, los brillos de Jesús del Campo y la cita al pasar de Juarroz en los agradecimientos. Toda la literatura. Y sin embargo, la referencia queda ahí. No hay alusiones, ni claves ocultas, ni referencias a iniciados: el relato se sostiene solo, con los personajes, las tensiones, el cómo sigue más genuino.

Crónica de dos naufragios que no lo fueron, en la superficie argumental más cruda, Mentira es la historia de una falsa desaparición –la antropóloga Isabel García, dada equivocadamente por muerta en Guatemala, acepta esa circunstancia, “elige” no volver, perderse– y de los efectos que produce el gesto sobre los integrantes de su familia: un marido parkinsoniano, Julio; sus tres hijos mayores, Alberto, Pablo y Serena; el nieto, Luis. Pero esa mentira última y mayor sólo es el disparador para que afloren y sean revisados otros tantos míticos relatos ejemplares que hacen a la historia y al patrimonio simbólico de la familia: la falsa leyenda del abuelo Simón, el primer náufrago; la fantástica batalla medieval de Formigues; la oscura historia de la Rusa vecina; la improbable biografía del genial e histórico LiPo, poeta y desterrado por mentir...

El contrapunto narrativo y reflexivo entre la madre y la hija –voces alternas, ya que ambas se deciden a escribir– va iluminando la historia hacia atrás y hacia adelante: por un lado, el repertorio de saberes antropológicos de Isabel –su experiencias con tantas tribus, su erudición respecto de las conductas humanas ante la muerte–; y por otro, la obstinación inquisitiva de Serena, empeñada en la busca de la verdad familiar. El resultado no es jamás patético; hay humor, ironía, filosófica aceptación última de la necesidad de la fábula, del relato (la ficción) como única forma de construir el pasado histórico, la biografía personal. Y es el sabio LiPo, histórico y fraguado, el que desde la poesía propone a la verdad y a la mentira como ocasionales “aparejos de fortuna” que, como al abuelo Simón, nos mantengan a flote a la hora del naufragio de la vida.

Libro de múltiple personalidad

Por Alan Pauls
El día en que a algún demente se le ocurra instituirlo, el Premio al Mejor Libro con Síndrome de Personalidad Múltiple debería ir a parar a Edie (de Jean Stein y George Plimpton) la biografía de Edie Sedgwick (1943-1971). Edie –quizá porque fue escrito a cuatro manos– es cuatro libros a la vez. El primero es el retrato de una familia norteamericana prodigiosamente rica, prodigiosamente bella y prodigiosamente disfuncional, los Sedgwick, wasps de Cambridge con ínfulas artísticas trasplantados al ecosistema psicótico de un rancho de la Costa Oeste. El segundo es la historia clínica de la más delicada mariposa que haya dado el underground neoyorquino: la reina de las ratées, una belleza irresistible, sin otro talento que su resplandor personal y su fragilidad, que sedujo al impasible Andy Warhol a principios de los ‘60, protagonizó sus primeros films y sus fiestas full time en The Factory y a principios de los ‘70, cuando sólo tenía 28 años pero ya se había metido en el cuerpo la más profusa y versátil farmacopea del mundo, murió mientras dormía en su flamante cama de mujer (mal) casada, con los ojos aún embadurnados con el maquillaje negro, como de oso panda, que ella misma había lanzado a la fama. El tercero es la crónica estroboscópica de los dorados (y morados) años ‘60 en Manhattan, en la corte de Warhol, el Capitán Frío del Pop, cuando nacían las discotecas, las minifaldas, el mercado del presente y el goce orgásmico de todo lo instantáneo. Y el cuarto, artero y genial, de una sensibilidad despiadada, es el especimen más perfecto de un género que Manuel Puig decidió no inventar probablemente porque le parecía redundante: la biografía (c)oral, tramada de voces sonámbulas que hablan y recuerdan y alucinan y tejen el tapiz de una época que –Robin Williams dixit– “nadie que realmente la haya vivido puede decir en serio que la recuerda”.

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