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Domingo, 22 de enero de 2006

PHILIP ROTH: ZUCKERMAN ENCADENADO

El otro y el uno

Un único volumen recupera las cuatro novelas publicadas a comienzos de los ’80 en las que Philip Roth dio a luz a su alter ego literario, el escritor Nathan Zuckerman, y se convirtió en un escritor en absoluto dominio de su talento.

 Por Rodrigo Fresán

Zuckerman encadenado
Philip Roth
Traducción de Ramón Buenaventura
Seix Barral 2004
557 páginas

Impresiona pensar que alguna vez estas cuatro novelas más coda/nouvelle –escritas entre 1979-1985 y reunidas en este Zuckerman encadenado– fueron grandes libros. Y no es que (en especial La visita al maestro) no lo sigan siendo. Pero lo cierto es que –desde el aquí y el ahora, teniendo en cuenta la asombrosa y fecunda producción de los últimos tiempos de este escritor nacido en Newark, 1933– todas ellas se han convertido en grandes obras menores de un autor inmenso. En los sólidos cimientos donde se apoya lo que vendría más tarde, casi enseguida. Porque hasta el terrible y formidable Mi vida como hombre (1974) –título inmediatamente anterior a La visita al maestro (The Ghost Writer, 1979) y en el que por primera vez asoma la cabeza el escritor Nathan Zuckerman como alter ego de Peter Tarnopol, a la vez alter ego de Philip Roth– sólo se había disfrutado de muy buenos libros de un muy buen narrador. Los relatos iniciáticos y por entonces provocadores de Adiós, Columbus (1959); las novelas naturalistas sobre matrimonios en llamas Niños y hombres (Letting Go, 1962) y Cuando ella era buena (1967); el mega best-seller judeo-universal El lamento de Portnoy (1969) –que lo consagró como “el bardo de la masturbación”–; las sátiras nixonianas y beisbolísticas de La pandilla (1971) y La gran novela americana (1973), y las dos primeras entregas de lo que hasta ahora es la Trilogía Kepesh (El pecho de 1972 y El profesor del deseo de 1977, a las que en el 2001 se uniría la muy superior a ambas El animal moribundo) presentaban a un hombre talentoso pero que, aún, no había encontrado la veta madre de su genio.

De ahí que no sea arriesgado afirmar que Roth se encuentra a sí mismo recién cuando encuentra a Zuckerman. Y que estas primeras entregas funcionan como una educación sentimental y cerebral no sólo de un personaje sino, también, de la persona que mueve sus hilos a menudo confundiendo vida y obra en pos de lo que el mismo Roth definió como “la creación de espejos del yo”.

Así, La visita al maestro –con un joven Nathan Zuckerman obsesionado con una posible Ana Frank sobreviviente y de incógnito en Nueva Inglaterra– es, en realidad, un estudio sobre las relaciones entre aprendiz y un hechicero, E.I. Lonoff, con evidentes guiños a las figuras totémicas de Isaac Bashevis Singer, Saul Bellow y Bernard Malamud. Zuckerman desencadenado (1981) investiga los efectos del éxito de la novela Carnovsky –apellido que apenas esconde a Portnoy–, desembocando en la crisis de creatividad y de salud de La lección de anatomía. Allí, un Zuckerman acusado de solipsismo, misoginia y de haber traicionado al pueblo judío y que ya no da más y (como Roth, quien dirigió una colección de literatura centroeuropea) huye al extranjero –de eso va la coda La orgía de Praga– para encontrar santuario o, por lo menos, escondite con la excusa de rescatar el manuscrito inédito de un oscuro escritor judío. Todas páginas inteligentes y divertidas en igual medida que, en 1986, se verían superadas con la pirotecnia metaficcional de Las vidas de Zuckerman (The Counterlife) y, dos años después, con esa autobiografía tramposa que es Los hechos y que concluye con una sentida y amenazante carta de Zuckerman a Roth reeditando, en versión intelectual, la peligrosa relación entre Frankenstein y su monstruo y, de algún modo, funcionando como despedida: “Nadie que desee ser digno de verdadera y seria consideración como personaje literario puede esperar que su autor oiga su súplica en cuanto a un tratamiento justo. Una solución poco verosímil para un conflicto imposible de solucionar que acabaría comprometiendo tanto mi integridad como la tuya. Pero seguramente un autor tan consciente de sí mismo como tú debe cuestionarse, inevitablemente, si un personaje debatiéndose sin cesar con lo que parece ser el necesario drama de su existencia no está, de hecho, siendo gratuitamente torturado por la escenificación, de parte del autor, de un ritual neurótico. Lo único que te pido es que pienses en esto cuando, mañana por la mañana, sea la hora de afeitarme. Obligadamente tuyo, Nathan Zuckerman”.

David Copperfield jamás se quejó tanto. Y, en cualquier caso, nada volvió a ser lo mismo, pero todo mejoró con, ahora sí, libros protagonizados por Roth bajo su propio nombre: Engaño (1990), Patrimonio (1991), Operación Shylock (1993) y La conjura contra América (2004). O con un Zuckerman “resistiéndose a la agitación de lo autobiográfico” y apenas funcionando como receptor de poderosas y trágicas historias ajenas –Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000)–; pudiendo entenderse a la gloriosamente celinesca El teatro de Sabbath (1995) como esa ópera magna que Roth & Zuckerman escribieron a cuatro manos y dos cabezas, sin importar ya quién es la sombra y quién la proyecta.

La oportuna reedición en combo de las obras que integran Zuckerman encadenado sirve para mirar a un pasado brillante desde un presente encandilante que nos obliga a pensar –Roth se lo propuso al comprender que “todavía no había dado la talla” y retirándose hace unos años del mundillo literario para encerrarse a escribir a tiempo completo en una cabaña lejos de todo– que se puede ser cada vez mejor. Que, contrariamente a lo que se asegura, es factible que lo mejor esté por venir. Que se debe superar a los maestros. Todo un ejemplo y, también, un desafío para lectores y colegas lanzado por quien seguramente es el mejor escritor norteamericano en actividad.

En unas semanas se publica Everyman, su nueva novela.

Y –ya sea un libro de Roth o un libro de Zuckerman, del otro o del uno– allí estaremos, allí volveremos a estar.

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