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Domingo, 5 de febrero de 2006

GRACIELA AVRAM

El síntoma que siempre vuelve

Un viaje al mundo de las terapias con el fin de defender la práctica analítica y pasar un rato ameno.

 Por Jorge Pinedo

Terapias y terapeutas
El fin del psicoanálisis no ha tenido lugar
Graciela Avram
Grama
79 págs.

Ya en 1926 los embates contra el psicoanálisis figuraban al modo de uno de los deportes predilectos por parte del pensamiento facilista de la época. Compulsión repetitiva, para estar a tono, que insiste hasta nuestros días y obliga cada tanto a responder requisitorias periodísticas con la misma sopa. Faena ociosa si las hay que Graciela Avram revierte utilizando la herramienta contrafáctica de la que Sigmund Freud se valió por aquel entonces (Análisis profano) a fin de reivindicar la práctica analítica de los no médicos (lo que hoy sería un psicólogo) y, de paso, responder variopintos cuestionamientos e impugnaciones. El maestro de Viena utilizó un estilo coloquial, suponiendo un interlocutor imparcial; en tanto Avram se inviste de rigor y zarpa en pos de los Bucay que en el mundo han sido, confesamente al modo del hechicero escéptico de Lévi-Strauss.

Con la atmósfera del folletín y la sistematicidad freudiana, Terapias y terapeutas se topa con los personajes arquetípicos a los que entrevista en la vía de la premisa analítica: “el pez por la boca muere”. Así, el doctor Tomás Bremer –pequeño, peludo y suave como suéter finito–, un hippie tardío que mezcla Jung con Palo Alto, ángeles y vidas pretéritas, da lugar a la pedagógica, como su nombre lo indica, Marita Pizurno, berreta plagiaria de Colette Dowling que desde un fungoso feminismo fomenta el machismo.

Las terapias cognitivo-conductistas se hallan condensadas en genio y figura de Cuqui Avellaneda, una chica de barrio como tantas que, bisturí empecinado en endurecer el rostro mediante, accedió no sólo a teñir las raíces de su blonda cabellera de negro sino también a un piso en Palermo Chico. En el medio, Nacho Selfman, más idéntico a sí mismo que hecho por mano propia, lidera una corriente que podría denominarse ínter discursiva si al menos disimulara el pastiche con el arte escénico y un Edipo revisitado por Artaud disfrazado de ratón Mickey.

Recorte de los lugares desde donde provienen las sucesivas partidas de defunción del rozagante psicoanálisis, los personajes de Avram, como los de sus novelas, se articulan más allá de lo desopilante de su nombre, en las situaciones en las que, esta vez, bullen entre un dudoso altruismo y mucho de misticismo ramplón. Forma en absoluto militante de denuncia de los rehabilitadores afectivos y demás sostenedores “de los ideales de la psicohigiene”, de la “profilaxis de la dependencia”, de la ideología que sostiene la existencia “adentro de cada uno de alguien complacido en su alegre estupidez” con el cual es menester hacer las paces. Breve relato ideal para sonreír bajo la sombrilla, hace honor a su propia moraleja: “Cuídate de los terapeutas y de los que leen a Freud como si se tratara de un cuento para niños”.

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