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Domingo, 16 de abril de 2006

ABRAHAM - DELEUZE

Darse máquina

Tomás Abraham pilotea un libro colectivo: el encuentro del Seminario de los Jueves con la obra de Deleuze. El resultado es una experiencia plural y amorosa.

 Por Mariano Dorr

La Máquina Deleuze
Tomás Abraham & El Seminario de los Jueves
Sudamericana
400 páginas.

Si acceder a la máquina de pensar de Gilles Deleuze es algo difícil de conseguir, hacerla accesible a otros es, por lo menos, un logro indiscutible. Y aunque pueda resultar, en principio, desalentador encontrar que de cuatrocientas páginas sólo treinta y una llevan la firma de Abraham, el libro es una verdadera experiencia amorosa y plural en busca de Deleuze. Pero encontrar a Deleuze implica, necesariamente, un cruce con su propio camino de pensamiento: Duns Scoto, Spinoza, Leibniz, Kant, Nietzsche, Sacher-Masoch, Klossowski, Fitzgerald, Kafka, Proust, Lewis Carroll, Melville, Foucault, y más (sin mencionar el arsenal de conceptos del mismo Deleuze con que cada uno de estos autores se conecta, inabarcable también). Y el cruce con otros autores es, en Deleuze, un estallido de intensidades, siempre desconcertante. Abraham le agradece el habernos dado la llave de la filosofía: “Nos dio la llave de la filosofía a los gitanos, los rumanos, los pequeños judíos, los negros tatuados, los esquizodramaturgos, los alcohólicos nominados, los tartamudos, el lumpenalumnado”.

El Seminario de los Jueves es un grupo de aficionados que se reúne desde 1984 para discutir textos de filosofía. La Máquina Deleuze es un conjunto de dieciocho ensayos (algunos escritos entre varios autores) distribuidos en cinco secciones: Política, Filosofía, Literatura, Artes y Subjetividades. El primero de ellos intenta recapitular la recepción de Deleuze en la Argentina, desde el psicoanálisis del grupo Plataforma (Barenblitt, De Brasi, Kesselman, Saidón y Pavlovsky), hasta el uso de los conceptos deleuzeanos por parte de la crítica literaria (Alan Pauls y Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth) y la serie de tres dibujos de El Antiedipo, de Guillermo Kuitca. Pero la nota de color se la lleva Tomás Abraham, que durante su estadía en Francia (1966-1972) había llegado a ser alumno de Guattari, y escribe un artículo para la Revista Argentina de Psicología: “Deleuze, de una lógica del sentido a una lógica del deseo”, publicado en 1979: “Las repercusiones del artículo fueron decididamente nulas”. En una mirada retrospectiva, su autor comenta: “Nadie debe haber entendido un carajo”.

Los ensayos recorren la obra de Deleuze considerándola una composición maquínica, tal como Deleuze y Guattari lo hacen en Mil mesetas. Esto les permite “entrar y salir por cualquier parte”. El conjunto de ensayos parece estar fuertemente inclinado hacia el Deleuze que trabajó junto a Guattari, en los textos mencionados y en ¿Qué es la filosofía?: la filosofía como arte de crear conceptos y, precisamente, los conceptos deleuzeanos de “rizoma”, “línea de fuga”, “desterritorialización”, “planos de inmanencia”, “cuerpo sin órganos”, etc. (Mil mesetas es mucho más leído y citado que el Antiedipo), aparecen una y otra vez, hasta la saturación. Claudia Fagaburu (en “Deleuze Literario”) menciona un elemento en Deleuze que podría señalarse del propio libro que escribe: “Llega el momento en que se produce un efecto: el de estar escuchando una y otra vez la misma canción”. Finalmente dice: “Me resulta asfixiante”. Un mal encuentro, en este caso. O quizá no.

El ensayo de Abraham se titula “Contra la pornopolítica”. Su trabajo es una defensa de Deleuze frente a los ataques y lecturas de Badiou, Zizek (a los que llama “policías”), Negri y Hardt, y los acusa de ser los “sacerdotes, los vengadores de Dios”, al servicio de las pasiones tristes. Contra el uso del concepto de “multitud” de los autores de Imperio, escribe: “Hermosa imagen que dará la vuelta al mundo a medida que la burguesía de pasiones tristes los invite a nuevos congresos, teleconferencias y eventos de resentimiento esclarecido”.

El ensayo de Abraham (no podía ser de otra manera), se incendia cada vez que nombra a sus enemigos, para volver a la tensa calma en cada declaración de amor a su autor (de quien dice no serle fiel ni poseer su verdad): Deleuze “es un colla, adora al dios Pan con la risa y el bailecito”. Deleuze tiene algo de Rabelais, algo de Copi, escribe: “Deleuze es Sixto Palavecino metido en L’École Normale Supérieure”, pero sin violín, y con las armas de los señores serios: los conceptos y categorías. Y arremete otra vez contra sus “enemigos”: “Para pensadores como Badiou y Negri, el mundo es una guerra total e interminable. Hay poderosos y víctimas, y en el medio ellos, los filósofos, que están al lado de las víctimas y de la justicia”. Y agrega: “El pensamiento político se vuelve así obsceno, porno. Es la pornopolítica”. El ensayo de Abraham brilla en intensidad, se esté o no de acuerdo con él.

Deleuze y Guattari escribieron que uno no debería preguntarse lo que un libro quiere decir, sino con qué funciona. Los libros son pequeñas máquinas; composiciones maquínicas que funcionan o no, con otras máquinas. Se generan “encuentros” amistosos o no (el tema de la risa recorre todo el libro, y Abraham recuerda que Zizek, al menos, hace chistes en sus libros). La Máquina Deleuze asume el riesgo –con humildad moderada– de ser un libro múltiple. Si no pretende ser un libro-máquina de guerra, sí permite enfrentar la máquina deleuzeana con una herramienta de valor. Recordemos que una herramienta es un arma, si se la empuña adecuadamente. Y si la línea de fuga es el concepto determinante de la ética deleuzeana (Abraham), Deleuze decía: “Huir, pero mientras se huye agarrar un arma”. Es decir, un libro.

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