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Domingo, 21 de mayo de 2006

YASUNARI KAWABATA

De lluvia y juventud

Los primeros pasos juveniles de Kawabata bajo el signo biográfico del abandono y el desamparo.

 Por Pedro Lipcovich

La bailarina de Izu
Yasunari Kawabata
Emecé
219 páginas

Un hombre de 75 años está enfermo. No morirá con dignidad: se queja, se compadece de sí mismo. No ha sido digna su vida, ya que dejó perderse la heredad que su familia había preservado por centurias. El anciano es asistido por su nieto, de catorce años, que se llama Yasunari Kawabata y es huérfano, el moribundo es su única familia y él, además de atenderlo, de darle de comer y ayudarlo a mear dolorosamente en el orinal, escribe. Lleva un diario donde anota gestos y palabras de su abuelo. No hay mejor retrato de artista adolescente que ese Diario de mi decimosexto año, incluido en La bailarina de Izu, porque no es un “querido diario”, no intenta expresar angustias o esperanzas ni aun dar testimonio; sólo soporta una voluntad ciega de escribir. Kawabata amplió el texto escrito a los catorce para publicarlo, cuando tenía 27 años, y, al reeditarlo cuando tenía cincuenta, registró su desconcierto por no recordar las cosas que había narrado a los catorce. “Si no las recuerdo, ¿adónde se han ido esos días?” La escritura, lejos de preservar la memoria, hace patente el olvido.

“La bailarina de Izu”, que da título a la recopilación, fue publicado en 1925 y generó en Japón el primer reconocimiento literario para Yasunari Kawabata. Puede leerse como relato de iniciación: el narrador, un estudiante de 20 años, va a pasar sus vacaciones por los caminos de la bellísima península de Izu. Allí conoce a unos actores ambulantes y se sumerge en lo que llama “lo novelesco de viajar”, “lo poético de la situación”. Casi todo sucede bajo la lluvia, en un clima esfumado en el que, de pronto, se presentan imágenes imborrables como la de la niña, la bailarina de Izu corriendo desnuda con los brazos extendidos. La relación con ella es sólo uno de los planos de un texto que culmina cuando el estudiante, yendo más allá de “lo poético”, se revela huérfano en el momento mismo en que, “inefablemente agradecido”, recibe de sus compañeros de viaje la palabra que le permitirá asumir una responsabilidad.

La compleja articulación entre planos narrativos propuesta por “La bailarina...” no llega a lograrse del todo, quién sabe si por limitaciones de Kawabata en sus comienzos o por ciertas vacilaciones en la traducción que, hay que señalar, no es del original japonés sino de la versión inglesa publicada en 1997 por Counterpoint.

El libro incluye otros tres relatos presentados como autobiográficos; hablan de la muerte y el desamparo pero, a diferencia del “Diario...”, no se permiten abolir la conmiseración personal. La última parte consiste en 18 “historias en la palma de la mano”, de nivel comparable al de las del libro que lleva ese título (reseñado en Radar Libros el 15 de enero de 2006).

Seguramente La bailarina de Izu no es el libro más adecuado para un primer contacto con la obra de Kawabata: Lo bello y lo triste y El maestro de go pueden ser pasos previos para aproximarse, con confianza y con amor, a estos textos de juventud.

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