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Domingo, 2 de julio de 2006

LUISA CASTRO: LA SEGUNDA MUJER

Eros desencadenado

La novela que ganó el Premio Biblioteca Breve indaga en una variante de Lolita, donde el señor maduro es tomado muy en serio.

 Por Cecilia Sosa

La segunda mujer
Luisa Castro
Seix Barral
317 páginas

Poeta, novelista, cuentista, periodista... La escritora española Luisa Castro casi no dejó registro sin explorar. ¡Y con las estrellas a su favor! En sólo dos años consiguió el Premio de Narrativa Torrente Ballester con los relatos de Podría hacerte daño, ha visto reunida su obra poética en Señales con una sola bandera. Obra poética 1984-1997, y ahora acaba de ser editada su quinta novela, La segunda mujer, que se llevó el Premio Biblioteca Breve 2006.

Se podría decir que La segunda mujer es una suerte de revisita al clásico mito de Lolita. Ella: Julia Varela, 26 años recién cumplidos y “la mejor escritora de su generación”. El: Gaspar Ferré, 57 años, crítico de arte, divorciado, un hijo casado, a punto de ser abuelo, y obsesionado por no envejecer. Si bien al principio todo no parece más que refrendar aquello de que “el amor no tiene edad”, pronto la fogosa relación de la jovencita (es cierto, bastante mayor que la Lolita original) con el maduro señor se abrirá a su lado más oscuro.

Encuentro/presentación en sociedad/separación: cierto, los más clásicos lugares comunes del encuentro amoroso sólo que en La segunda mujer avanzan con escandaloso vértigo hacia una zona de intimidad casi morbosa que alimenta la secreta voluntad del lector de querer saberlo todo.

La segunda mujer parece haber sido escrita en medio de una correntada y casi no es posible detenerse hasta llegar a la otra orilla, aun cuando allí no espere más que el triste y misterioso problema de cómo se retira el amor, cómo se deja de querer aquello que destruye e incluso cómo todo eso puede devenir en odio.

La segunda mujer también podría verse como una suerte de Banquete invertido donde un Eros corrompe a la mujer para conducirla en su voluntad de saber hacia el peor de los infiernos.

Uno de los hallazgos de la novela es el uso de una extraña tercera persona. Si al principio la autora asume por igual la voz de ambos personajes, oscila entre ambos e interviene en los más secretos pensamientos de los dos tórtolos; con el transcurrir del desencuentro se termina recluyendo en el papel femenino (sobre el que Castro se ha cansado de insistir en que no es autobiográfico). Pero la mirada que cae sobre Julia es siempre crítica y hasta zumbona, casi una doble conciencia que ejerce el derecho de auscultarla, cuestionarla y pegarse a sus vacilaciones sin habilitar nunca una identificación extrema. Linda propuesta aun cuando habría que decir que el devenir de Gaspar –de maduro príncipe azul a mórbido psicópata orangután– queda un poquitín en las sombras.

Por las dudas, la novela cuenta con simpáticos actores de reparto: una madre voraz escondida bajo el traje de gentil viejecita octogenaria, una amiga-amante que no dejará fácilmente espacio a la nueva noviecita y un hijo caprichoso capaz de ensombrecer con sus ardides el verano más azul de un encantador pueblito catalán.

La quinta novela de Castro intenta ser voluptuosa. Capaz de narrar una historia de amor y de inmiscuirse a la vez en los miedos de la juventud y de la vejez, sin pasar por alto arrobamientos, rencores, maltratos e indiferencias múltiples, como algunos de los modismos que pueden asaltar la vida cotidiana de las parejas. Con cierto exceso, algunos medios han catalogado La segunda mujer como una lúcida crítica a la hipocresía de la sociedad burguesa española. Por suerte, Castro –que además de escribir mucho, es filóloga– aclaró con modestia que cuando mucho se trata de una crítica a quienes, como Julia, se sienten libres de volar un poquito más allá de lo que le dan las alas. Si Humbert Humbert sufre en Lolita porque la niña parece no hacerle ningún caso, “en esta novela sólo me planteé qué hubiera sucedido si Lolita se tomara en serio al profesor”, deslizó Castro.

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