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Domingo, 8 de octubre de 2006

MA JIAN > SACA LA LENGUA

El camino más difícil

El Tíbet es en los relatos de Ma Jian un espacio ajeno al exotismo. Por el contrario, el rigor descriptivo del escritor y cronista chino abre puertas cercanas a un lejano territorio de peligro.

 Por Pedro Lipcovich

Saca la lengua
Ma Jian
Emecé
106 páginas

La esposa de los hermanos ha muerto. Ellos habían permanecido muchos años solteros, tenían más de cuarenta cuando los dos –de acuerdo con la antigua ley del Tíbet– se casaron con ella. La esposa, Myima, era adolescente; de niña había sido violada por su padre y los jóvenes de la aldea la despreciaban. No mucho después del matrimonio con los hermanos, ella murió de parto. El feto hincha todavía el vientre de su cadáver que está desnudo, en la meseta donde, a cinco mil metros de altura, le será dedicado un entierro a cielo abierto: ante los deudos, un maestro sepulturero deberá cortar la carne del cadáver y ofrecerla a las aves carroñeras. Este ritual tibetano dista de ser un acto “primitivo”; su práctica histórica sucedió a la de la inhumación convencional, y quizá defina el más duro límite al que puede acceder el ser humano en su trato con la muerte. Sólo que, en “La mujer y el cielo azul”, el maestro sepulturero está ausente y hay un amor perdido.

Esta presentación del primero de los cinco relatos de Saca la lengua puede ayudar a intuir que se trata de un texto inolvidable, pero no debiera propiciar una lectura capturada por lo exótico. Estos relatos, situados en el Tíbet, dan lo mejor de sí cuando –como en los cuentos que Horacio Quiroga situó en Misiones o como en “Los peregrinos piamonteses” de Guillaume Apollinaire– la particularidad local viene a facultar otra mirada sobre la experiencia humana.

Pero, ¿no hay tradición local en la que mejor pudiera inscribirse la obra de Ma Jian? China parece el caso de una cultura que, a partir de cierto momento, elige apartarse de una tradición propia. Desde 1920, cuando la escritura china clásica fue sustituida por el chino vernacular, ligado al lenguaje hablado, los clásicos fueron quedando fuera del alcance del lector común. En 1918, Lu Xun publica su emblemático Diario de un loco, que, tomando su estructura y aun su nombre del relato homónimo de Nikolai Gogol, se presenta desde el orden de la literatura universal para criticar a la sociedad china. Las periodizaciones de la literatura china en la última centuria son subsidiarias de la política: el tiempo prerrevolucionario, el realismo socialista luego de 1949; el silencio bajo la revolución cultural; la censura, y la mercantilización, bajo el actual capitalismo de Estado.

En este contexto, en 1987, la censura china prohibió Saca la lengua –título que remite a un saludo tradicional tibetano–; esto resulta irónico porque la dimensión política de los relatos podría dar razones a la cuestionada intervención china en el Tíbet: estos relatos de Ma Jian pueden desbaratar el embeleso occidental ante la sabiduría de los lamas, ya que presenta una más probable sociedad estratificada, cuyas tradiciones victimizan a las mujeres y donde el aislamiento de las familias nómades convoca la presencia real del incesto. Pero la razón de Estado requiere que las costumbres del pueblo sometido no sean cuestionadas públicamente. Tras la prohibición, Ma Jian –nacido en 1953– emigró: luego de pasar por Hong Kong se trasladó a Europa, y actualmente reside en Londres.

“La sonrisa del lago Drolmula”, que da nombre al segundo relato, es salitrosa y mortífera: la naturaleza la reserva para recibir al hombre que, habiendo cortado los lazos con el horror de su familia, pretenda reanudarlos. Las alturas desoladas de este texto también serán difíciles de olvidar.

El asombro agradecido del lector decae en los tres siguientes relatos, quizá porque el autor se hace demasiado presente: por una parte, en la reiteración de ciertos motivos –-especialmente el de la muchacha victimizada-–, y también en definiciones políticas más evidentes, especialmente en el último, que narra la iniciación religiosa-sexual de una joven. Aquí es donde mejor puede situarse la relación de estos relatos con Polvo rojo. Un viaje a través de China (crónica que también acaba de publicar Seix-Barral) y que Ma Jian escribió, ya en Europa, en 2001: narra la solitaria travesía que el autor efectuó en 1985, y culmina precisamente en el Tíbet. Presenta, desde la óptica de un intelectual disidente, la vida cotidiana bajo el régimen que sucedió a Mao Tse Tung. Al revés de Saca la lengua, donde la ficción produce un irresistible efecto de realidad, la pretendida realidad de Polvo rojo deja resquicios; así sucede con ciertos excesos heroicos del narrador-autor en el capítulo 3. Hacia el final del libro se narra la historia de Myima casi con las mismas palabras que en Saca la lengua: como la crónica fue escrita muchos años después que la ficción, hay que admitir que la realidad de Polvo rojo imita al arte.

Una buena manera de culminar la lectura de Saca la lengua es volver a “La mujer y el cielo azul”: el lector, ya aclimatado en el Tíbet, podrá respirar mejor el aire tenue del amor perdido.

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