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Domingo, 15 de octubre de 2006

RESCATES

Punk, la muerte joven

 Por Claudio Zeiger

El tiempo pasa y el punk no pierde brillo ni interés. Y persiste, como ciertos misterios, hasta ser un clásico, un clásico del eterno retorno. La reedición de Punk la muerte joven de Juan Carlos Kreimer permite asomarse una vez más a la poética de las flores marchitas en los basureros.

Lo más interesante de la mirada de Kreimer es el cruce entre el cronista espontáneo y el antropólogo urbano, que hurga con seriedad en las fuentes de un fenómeno que va más allá de lo musical, y hunde sus raíces en las grietas del capitalismo avanzado. El resultado es vívido, lírico y no desdeña un toque de estudioso académico. Y todo sobre un gran tema, un capítulo del romanticismo not dead. Kreimer (el hombre justo en el momento justo: Londres, 1977) fue uno de los primeros en descubrir las conexiones del punk como sensibilidad reactiva con la poesía podrida de Charles Bukowski (lo que implica acentuar que el punk es una actitud, algo que permite sin contradicciones señalar que Bukowski es un viejo punk). Pero tampoco desdeña indagar en la tradición musical del punk rock, lo que lo llevó a historizar la movida de los pioneros, en los años ’70 en los Estados Unidos.

Punk la muerte joven oficia hoy en día como uno de esos libros cuya dirección ostenta Kreimer: la colección “Para principiantes”. Y no por básico sino porque a pesar de estar sumergido en pleno bardo (vivió en Londres entre 1976 y 1979), no renunció a la toma de distancia para mejor calibrar su objeto de estudio; en el fondo, da la impresión de que un instinto sudaca lo llevó a desconfiar del maquillaje, la oscuridad y la parafernalia del no future, tratando de rascar la superficie para ver qué hay debajo; atraído y repelido por partes iguales, el autor logra un más que interesante equilibrio en el punto de vista, y no desdeña arriesgar una visión sociológica que engrandece el interés de este libro, como cuando, por ejemplo, afirma que “el pensamiento punk es tremendamente realista respecto de su época y sus escenarios. No aparece en un país subdesarrollado ni en un momento de esplendor económico. Se origina en el patio trasero de las ciudades más ostentosas del mundo occidental, cuando ya parecen haberse probado todas las ‘soluciones de transición’ y ninguna ha funcionado. Ese realismo nutre al rock de punkitud y lo transforma en importante para los jóvenes. Arte de síntesis, capaz de absorber todas las informaciones sociales, las organiza, transforma y reintegra cantadas. No es casual que su público (creadores y consumidores) esté integrado por los más jóvenes: son los más fértiles para sensibilizarse con su energía”.

En fin, que si el punk fue (o es) uno de los movimientos contraculturales más inteligentes, merecía miradas lúcidas, que no sucumbieran a la nostalgia por tiempos mejores ni relegara la crítica a aspectos superficiales. Aunque suene a contrasentido, Punk la muerte joven ha tenido, si no una larga vida, al menos una más que digna sobrevida.

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