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Domingo, 22 de octubre de 2006

ALAIN DIDIER-WEILL > MEMORIAS DE SATáN

Entre tinieblas

El mismísimo diablo toma la palabra utilizando como médium a un ingenioso psicoanalista francés.

 Por Jorge Pinedo

Memorias de Satán
Alain Didier-Weill
Homo Sapiens
118 páginas

Si fuera el lobo quien contase el cuento de Caperucita, no es para nada improbable que cuando ésta le criticase boca, dientes, orejas y pilosidades, le contestara algo así como: “Si venís a criticar, andate”. Revés de la trama que adopta el psicoanalista francés Alain Didier-Weill para reflexionar –no menos que divertirse– con la Historia Sacra de Occidente bajo la premisa (casi una evidencia en lo que va de Bush a Ratzinger) de que, en este y los otros mundos, quien ha triunfado es el mismísimo Satanás. Y ningún Otro.

Tan polisémico como el Creador, su muy necesario par oposicional, el Príncipe de las Tinieblas, escribe sus memorias –que por supuesto le dedica al Creador– bajo la forma de un Ensayo sobre la manera de hacer bien el Mal y hacer mal el Bien. Con el síntoma burgués –el aburrimiento– como causa, Memorias de Satán revisita las Escrituras con el fin de desenmascarar a “un creador que deja creer a las criaturas que él supo lo que hacía creándolas”. Primera persona coloquial mediante, el psicoanalista Alain Didier-Weill hace paradojas de las contradicciones, partiendo de la confusión primigenia entre Abismo y Nada. En su carácter de primer arcángel (caído, previo a Gabriel y Miguel), pone en cuestión el sitial de dios hasta colocarlo en el lugar del cero (0). Ubicados los personajes (“una banda de alegres muchachos enérgicos y simpáticos pero desocupados, sin ninguna perspectiva”) en semejante teología herética, los mitos de la tradición judeocristiana resultan sometidos a una deconstrucción desopilante que deambula entre la humorada y la inflexión ética: “Soy yo, tan solo como siempre estuve, quien inventé el Mal o más bien lo revelé. Lo inventé, ex nihilo, no para que tu pretendida voluntad de dejarme a mi libre arbitrio se hiciera, sino porque tu voluntad se deshizo por mi libertad”.

También cronista y dramaturgo, el autor aplica esas herramientas a un marco conceptual regido por la teoría psicoanalítica de la que en momento alguno abusa lo suficiente como para hartar al lector lego. Por el contrario, remite al humano tropiezo hacia lo inevitable al ceder a la tentación de tornar paradigmas los cielos e infiernos del universo psi y bajar línea sólo en el tercero de los siete breves capítulos. Conservando la retórica bíblica, Didier-Weill desenvuelve una escritura cuidada, llena de giros cómplices, guiños cotidianos, jugueteos con los anacronismos y torsiones del sentido, imposibles de disfrutar sin las pertinentes aclaraciones de los tres traductores que se afanan incluso en remitir a las frases en el francés original.

Quien aguce su percepción y articule con la realidad del orbe hallará referencias sutiles a acontecimientos recientes, por ejemplo, en la crónica del congreso extraordinario que reunió al Buró Central de la Providencia y al Sindicato de Guadañadoras. Con el cuestionamiento de los sistemas de creencias centralizando el relato, describe como al pasar los intrincados rasgos de la condición humana que hacen marca a las épocas: los perversos, los canallas, los creyentes y también, en forma comparativa, otros como los melancólicos que “arreglan la cuestión arrojándose por la ventana, pero yo no podía tumbarme en la tumba que me habría dado el reposo, visto que soy irreventable”.

Didier-Weill se permite el lujo de redondear volviendo al principio y reprocharle a Dios cierta impaciencia redundante en su labor creacionista: “Tomándote tu tiempo, con un séptimo, o incluso un octavo día, ¿no hubieras podido perfeccionar las cosas? ¿Un mundo menos mal hecho que no hubiera tenido necesidad de mí?”. Tal vez no.

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