libros

Domingo, 21 de enero de 2007

JAVIER TOMEO

Otras inquisiciones

El surrealismo, Kafka y Buñuel cruzan espadas en los relatos cortos de Javier Tomeo.

 Por RODOLFO EDWARDS


Los nuevos inquisidores
Javier Tomeo

Alfa Decay
278 páginas

“El niño es el primer surrealista”, dijo alguna vez el poeta porteño Raúl González Tuñón. Y esta aserción lírica nos puede servir para dar con la esencia de Los nuevos inquisidores, libro que exhibe una jugosa retrospectiva de la producción cuentística de Javier Tomeo desde fines de la década del ’50 hasta el presente. Narrador español, de dilatada y prolífica trayectoria, nació en la ciudad de Huelva en 1932; es abogado y especialista en criminología, publicó su primera novela, El cazador, en 1967. Amado monstruo (1985) o La mirada de la muñeca hinchable (2003) son otros títulos destacados del autor. La mirada del infante siempre prevalece en la poética de Tomeo. El asombro ante las cosas vistas por primera vez, la catarata de sensaciones que producen los pequeños descubrimientos. La inquietud del debutante y la perenne angustia del inmaduro aparecen en cuentos como “El apartamento”: “Los días nublados me entretengo contando las chimeneas. Como entretenimiento no está mal. La única pega es que nunca cuento las mismas. Algunas veces me salen cuarenta y tres, otras cuarenta y nueve (...) Hay días que me olvido de las chimeneas y prefiero contar el número de personas que pasan por delante de mi casa en el transcurso, por ejemplo, de una hora”.

La crítica ha reconocido huellas de Kafka y de Buñuel en su obra. También se pueden ver reminiscencias de los lentes deformantes que accionaba don Ramón del Valle Inclán en sus comedias esperpénticas o encontrar ecos del primer Girondo, cuando delicadas gotas surrealistas afloraban en los poemas en prosa de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía o Calcomanías: textos construidos a partir de la concentración, de la jibarización de ciertos estados perceptivos, de satoris que llevan a la pincelada breve e intensa (a la poesía). Metamorfosis súbitas, animales que hablan, árboles convocados en asamblea para elegir un presidente, ánimas perdidas en lúgubres hoteles provincianos, hombres solitarios que no paran ni un segundo de lucubrar extrañas teorías sobre el mundo circundante y otros socios de este club de maniáticos aparecen en los textos de Tomeo. Valiéndose de recursos clásicos como la alegoría y la fábula, Tomeo alimenta a sus personajes con un arsenal de malabarismos paranoides. La mayoría de los cuentos son recorridos por un eje: la inminencia de una hecatombe universal. El solipsismo de los personajes acentúa la angustia producida por el avance incontenible de misteriosos cataclismos: “El calor cae del cielo como una maldición y la ciudad empieza a arder como una tea. Las llamas avanzan desde la periferia hacia el centro y la gente se larga antes de que sea demasiado tarde. Algunos ciudadanos cargan en sus coches las jaulas de los jilgueros y periquitos, pero la mayoría abandona los pájaros a su destino”, dice en “La ciudad incendiada”.

Aun a pesar del rancio escepticismo que perfuma los ambientes de los textos de Tomeo, subyace en ellos un tono poético, por momentos candoroso, que nos lleva a la reconciliación con los géneros: humano, animal, vegetal y con cualquier otro tipo de mutación, ya que en el universo de Tomeo todo vive, hasta los muertos.

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