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Domingo, 21 de enero de 2007

EN FOCO: RICARDO RAGENDORFER

El backstage del crimen

Víctimas y victimarios, anónimos o famosos por un rato. Así son los seres que pueblan las Historias a pura sangre de Ricardo Ragendorfer, un heredero de Walsh fogueado en las lides del sensacionalismo bandoleresco.

 Por GUILLERMO SACCOMANNO

”Yo me encontraba acodado sobre mi escritorio del diario Sur. Fue cuando atendí aquella llamada telefónica. Y por el auricular alguien, simplemente, dijo: ‘Soy Daniel Fernández. Y me quiero entregar a un periodista’.” En una novela negra puede ser lícito que esta situación se narre desde la primera persona. Pero en periodismo, a muchos, puede enturbiarles la objetividad, ese presunto neutralismo. No menos cierto es que el empleo del yo puede parecer una intervención vanidosa. A Ricardo Ragendorfer no le importan mucho estos dos preconceptos. Si apela a la primera persona es porque, de movida, rebate la noción tramposa de objetividad. Y su empleo del yo, además de subrayar la verosimilitud de lo narrado, fija un compromiso crítico con los auténticos protagonistas: víctimas y victimarios.

“Lo que uno escribe —explica Ragendorfer con modestia— es el informe de una aventura. Sin embargo, esa relación íntima que hay entre el hecho en sí y el relato no suele existir entre el lector y el texto. A éste sólo lo remite a una experiencia ajena, sin llegar a percibir el backstage de la historia en cuestión.”

Si vale la pena indagar en el lenguaje de Ragendorfer es porque aquí su prosa, una ideología de la escritura, se afirma con rasgos propios, recortándose de la sombra inhibitoria de Rodolfo Walsh. Es que las denuncias periodísticas de Walsh construyeron un fantasma paterno difícil de liquidar (el traslado de las categorías narrativas de la novela deductiva a la investigación de delitos, una escritura que procedía en su precisión del oficio de traductor del inglés, de William Irish a Raymond Chandler). En Walsh, sus investigaciones opacaron una búsqueda literaria complementaria no menos interesante: la de una narrativa que se apartaba de la prisa de la denuncia. Sin abandonar las tensiones entre política y escritura, esta zona más “literaria” de Walsh (la que incluye, por ejemplo, “Cartas” o “Fotos”, dos cuentos que anticipan la experimentación a lo Puig) debe ser sin duda el laboratorio donde se genera el otro Walsh, el escritor militante, autor de la catilinaria a la dictadura. Esta referencia a Walsh no es casual: si Walsh marca un punto alto en el periodismo de denuncia, a la vez clausura el acceso a otras voces, otros ámbitos. Admirador confeso de Walsh, Ragendorfer es en este punto el escritor que toma la posta y, al escarbar en los vericuetos de la criminalidad, además de señalar las conexiones entre el poder político y el crimen, sortea lo que hay de estilístico en la marca Walsh y cifra sus referentes más atrás y hacia los costados, en escrituras anteriores y/o contemporáneas de Walsh, que éste hubiera despreciado por efectistas, melodramáticas y afectas a una floritura estilística que apunta hacia el golpe bajo. A Walsh, un intelectual exquisito de formación nacionalista, pulido en la literatura inglesa y el ajedrez, no debe haberle gustado la prosa venida de la “literatura bandoleresca”. Es en este punto donde, por más que Ragendorfer se reconozca admirador de Walsh, se distancia de su influencia.

Ragendorfer no vacila cuando escribe “un faro en el medio de la nada”, “presentimiento funesto”, “olor a muerte”. Construcciones que provienen en línea directa de un espectro narrativo que arranca en el legendario sensacionalismo de Crítica con Gustavo Germán González (que firmaba GGG) y llega hasta el veterano Emilio Petcoff de Clarín. Habría que reflexionar hasta dónde en estas prosas, con sus rebusques idiomáticos cargados de humor negro, no está también la esencia de la marca Arlt, aquello que los canonizadores del buen gusto de turno le criticaban a Arlt en su tiempo: esa predilección por el tremendismo y una adjetivación heredera del folletín traducido por Calleja. Es en el lenguaje y no en sus buenas intenciones donde se forja la identidad de un escritor y su marca. Al remontarse hacia los orígenes de la crónica roja, Ragendorfer da un paso adelante: es en esa crónica pionera donde toma impulso, sortea el efecto Walsh y define un acento personal.

Quienes vienen siguiendo los libros de Ragendorfer (Robo y falsificación de obras de arte en la Argentina, La Bonaerense —con Carlos Dutil—, La secta del gatillo; y sus innumerables notas y artículos publicados en los medios más diversos, desde El Porteño y Cerdos & Peces hasta Página/12 y Noticias) se encontrarán en Historias a pura sangre con una sorpresa. Publicadas originariamente en Caras y Caretas entre julio de 2005 y diciembre de 2006, no hay en estas piezas el vértigo de la denuncia que impone un caso de corrupción actualísimo, un crimen que alcanza los momentos álgidos de su pesquisa, ese delito que mantiene en vilo a los medios. Por el contrario, sus casos, aunque muchos los recuerden, han perdido esa actualidad extrema, pero no vigencia. Porque al volver sobre esas víctimas y victimarios, la operación de Ragendorfer se centra en “seres sin rostro ni pasado que un buen día —y siempre de modo abrupto— extravían definitivamente su bajo perfil impulsados por el resorte más ingrato de la fama: haberse transformado en homicidas o haber sido simplemente asesinados”.

En todos y cada uno de estos casos, trátese de un pibe que acuchilla a su novia infiel, de un descuartizador, de una acción de guerrilla urbana, de las confesiones de un torturador, o más acá, las andanzas de un comisario fanfa de la Bonaerense y sus vínculos con narcos y desarmaderos, Ragendorfer nunca pierde de vista la humanidad de lo truculento (porque lo truculento, aunque nos escandalice, es propio de lo humano). A diferencia de La Bonaerense o La secta del gatillo, la denuncia política parece en superficie velada en estas historias, pero la política circula sangrienta como una corriente oscura por debajo de cada una. Es que estos casos permiten, aun en los resquicios de un crimen pasional o una masacre familiar, leer los comportamientos de una sociedad, comprender así en la crónica policial lo indescifrable de las columnas de economía.

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