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Domingo, 11 de febrero de 2007

CARLOS MARIA CARON

Sombras suele vestir

Un escritor y su sombra recorren los ambiguos márgenes de la literatura anticanónica.

 Por Juan Pablo Bertazza


El caballero y su sombra
Carlos María Carón

Metafrasta
156 páginas

Musa de una tradición literaria y filosófica impresionante, la sombra carga una doble proyección: su oscuridad impide el paso de la luz debido a un obstáculo interpuesto, pero también por algún rasgo de opacidad interna, algo siniestro que creemos ajeno pero está en nosotros, como sucedía en “William Wilson” de Poe. Esa doble función se evidencia en El caballero y su sombra, la última novela de Carlos María Carón, un escritor de la generación del ‘60 que tuvo un intenso desempeño como crítico de arte en publicaciones de la talla de El péndulo, y aun así resulta un nombre poco conocido.

Fernando Juan Ignacio de Elizalde y Ocampo, un ex estudiante del Instituto Di Tella y amigo de Alejandra Pizarnik, oscila a lo largo de todo el libro entre el ridículo y lo heroico. Vestido de gala pero al mismo tiempo zaparrastroso, con una enorme capa negra y un bastón con estoque de Toledo, él es quien trata de escribir la novela total que le da título al libro. Y la sombra que le va obstaculizando el camino es por un lado externa, encarnada en un odiado Elías Castelnuovo que ni siquiera se digna a recibirlo (podemos suponer los motivos) y, por el otro lado, interna: como puede sucederle a cualquier escritor que se precie de vivir, Elizalde pretende tener una vida demasiado activa como para perder tiempo escribiendo.

Es que, pese a que la sombra que le dificulta la escritura tiene una clara raíz inconsciente que explica la poco convencional conducta del caballero, a quien no le funciona la barrera de represión al momento, por ejemplo, de proferir un dilatado insulto (“¿por qué mierda son tan asquerosos, imbéciles, inmorales, putos y autoritarios al pedo?”), robarle toda la plata a un ingenuo salteño que había confiado en él, interrumpir en medio de una conferencia a Julián Marías para decirle que “en su puta vida leyó a Kant” o arreglarle una cita a su propia madre para que engañe a su padre; Elizalde se empeña en verla como algo externo, a punto tal que la sombra va tomando distintas dimensiones a medida que el crepúsculo del mismo libro va cayendo. Por momentos es Castelnuovo, a veces se disfraza de su esposa, la gallega, y otras veces es su propio padre. Pero si la venta del alma siempre se mostró con la ausencia de sombra, en todos los casos la inconmensurable sombra de Elizalde significa rebeldía.

Pero la prolongación de la sombra crece y se extiende hasta el grupo de seudointelectuales y artistas de medio pelo que conforma el núcleo de la novela, entre los cuales figura el mismo caballero Elizalde, Celis Pérez (precoz pintor que decide invertir su nombre porque considera insulso su apellido), el sabio Juanjo y Oscar Fernández Corrales, escritor de novelas de piratas: una contracara del canon literario argentino, la sombra de aquellos “camaradas martinfierristas” de los que el mismo Marechal se encargó de burlarse en Adán Buenosayres.

A medida que avanza la lectura de este otro libro de tapa azul, la sombra desmesurada de Elizalde lo irá desplazando hasta concluir en un final bastante previsible que, no obstante, reinaugura el viejo debate entre literatura y realidad o escritura y vida: “Donde se agotan las palabras empieza la realidad, el hambre. Y yo tengo un hambre feroz”. Son palabras del caballero... y su sombra.

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