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Domingo, 27 de mayo de 2007

ENSAYO

Historia nacional de la infamia

¿Fueron los años ’30 la clausura de las experiencias de vanguardia de los años ’20? ¿Por qué se suicidaban los escritores? ¿Es verdad que la ficción cedió su lugar al ensayo? Un nuevo volumen de la colección de Literatura del siglo XX dirigida por David Viñas busca respuestas a estos interrogantes.

 Por Juan Pablo Bertazza

“Verás que todo es mentira, verás que nada es amor”; por ahí cerca anda lo que fue la banda sonora de la oscura década del treinta en nuestro país. Pero más allá del derrocamiento y la muerte de Yrigoyen, hay un dato tan concreto como revelador: tan sólo en 1933 (año del entierro de Yrigoyen) hubo 489 suicidios.

El volumen La década infame y los escritores suicidas, de la colección Literatura argentina siglo XX dirigida por David Viñas, se propone dar vuelta por todos lados esa caja de Pandora que es la literatura, aparentemente tan gris, reprimida y melancólica como su época, para interrogarla con el descaro de las preguntas que se hacen, en forma privada, una vez finalizada la clase y con el objetivo de arrancarle respuestas luminosas.

La referencia fúnebre del título –que se amplía con un análisis sobre la espectacularización de los entierros y otro estudio sobre la mansa aceptación por parte del público de los suicidios “romántico-decadentes” de Alfonsina Storni, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga-; se corresponde con un difundido prejuicio crítico según el cual la escritura de aquellos años, golpeada por el primer golpe militar de nuestra historia, se encerró en el ensayo estancando el motor de la ficción. Este libro llega para poner en cuestión aquel diagnóstico apurado.

En clave, entonces, con el complejo siglo veinte cambalache, en este volumen conviven los artículos de intelectuales de renombre como David Viñas y Horacio González con artículos de una nueva generación de críticos; al mismo tiempo que se incluye “material vivo” como, por ejemplo, el decreto de creación de la Academia Argentina de Letras y un descargo de la revista Sur contra los responsables del Premio Nacional de Literatura que no le concedieron a Borges ningún premio por El jardín de los senderos que se bifurcan.

A pesar de que la complejidad del libro lo dificulta –hay en algunos artículos el particular estilo de una clase que no se parece a una clase, sensación similar a la que puede experimentarse ante las clases de David Viñas–, uno de los elementos centrales parece ser la hipótesis de que, más que un estancamiento literario, lo que puede advertirse en aquellos años es la clausura del laboratorio cultural y político de la década anterior; lo cual incluso podría llegar a leerse como una peculiar apertura. Al respecto, emergen los casos de Carlos Mastronardi y Juan Filloy, el escritor conjetural por excelencia que armaba los títulos de sus libros con las mismas siete letras. De la misma forma, está la evolución poética de la tríada Borges, Bioy y Silvina Ocampo, ya que, simultáneamente y en una jugada que lo muestra como un gran estratega, Borges abandona la poesía para desarrollar sus dotes cuentísticas dejándole en herencia ese sitio a Silvina y colaborando para que Bioy finalmente deje de tachar libros de su bibliografía y encuentre su voz, ya cambiando la década, con tramas perfectas como La invención de Morel y El perjurio de la nieve.

Otra expresión de esa apertura radica en la publicación de Los lanzallamas (1929), en cuyo caso habrá que leer con mucha atención el interesante artículo de Rocco Carbone, quien pretende cortar tajantemente el cordón umbilical entre Los siete locos y su supuesta saga, ya que mientras el primer Erdosain vacilante y hamletiano sería un correlato narrativo del radicalismo de los ’20, el terrorista y trágico suicida de Los lanzallamas estaría claramente entroncado en la atmósfera de la Década Infame.

Por otro lado, el libro se encarga de recuperar otras obras generalmente asociadas a la resistencia que no encajan en el molde tan generalizado por entonces del ensayo. Así, por un lado, Camilla Mansilla y Ximena Espeche analizan a fondo el fenómeno del Teatro del Pueblo fundado en 1930 por Leónidas Barletta, entendiéndolo como una curiosa síntesis entre las dicotómicas vanguardias de Florida y Boedo; y, por el otro, Vanina Escales estudia testimonios como El martirologio argentino de Carlos Giménez, Centinela de la libertad de Raúl Luzuriaga, Uriburu (el principio de una contribución a la historia) y Los torturados, ambos de Salvadora Medina Onrubia, cuya voz, según el criterio de la autora del artículo, es una de las más eficaces y potentes.

Decíamos que el volumen La década infame y los escritores suicidas parecía ir de la mano con la complejidad del siglo XX y, efectivamente, Emilio Bernini encuentra que por esos años la transposición de la literatura al cine, siempre contenidista, en ningún caso daba cuenta de las innnovaciones formales de los libros. Con respecto a la historieta, Hernán Feldman se concentra en el cacique Patoruzú, en quien ve un abogado de la causa uriburista de la ley marcial.

Tratando de expandir los pliegues de su objeto de estudio como si fuera un gran mapa (habría que tener en cuenta el recuerdo de Borges sobre un mapa que era tan grande como el imperio que representaba), lo que sí deja en claro esta antología es que, como resume María Pía López (compiladora del volumen), además de la constitución de una lengua ensayística que denuncia la falsedad (tal como hacía Yira-Yira), la Década Infame se caracterizó por una literatura compuesta “menos por el cementerio de experimentación que por la elaboración y el despliegue de poéticas imprevistas”.

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