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Domingo, 15 de julio de 2007

EN FOCO

La partera de la historia

Como una trama que no cesa de reescribirse, los ’70 vuelven una y otra vez en la literatura argentina. La original novela de María Negroni pone un interrogante en el centro: ¿un nuevo paradigma de debate o corrección política?

 Por Rogelio Demarchi

La Anunciación
María Negroni
Seix Barral
232 páginas.

Sobre un par de generaciones de escritores argentinos pesa, cual mandato bíblico, el narrar los años ‘70: la experiencia de la militancia, las formas que asumió el compromiso político, el impacto sobre los sujetos de la/s violencia/s. Esos tópicos son centrales en una lista de narraciones que comienzan a publicarse apenas arrancan los ‘80 y que hasta hoy, 2007, continúa y, sin duda, continuará.

Entre las interpretaciones que pueden hacerse de esa extensa serie, no es menor el hecho de que las perspectivas de abordaje del tema van cambiando a medida que nos distanciamos temporalmente de los sucesos. En un primer momento, las narraciones eran ambiguas, alusivas, figuradas; podían apuntar sus cañones hacia los victimarios, entiéndase el terrorismo de Estado, pero no eran muy taxativas en la evaluación de sus víctimas. Luego, en “clave realista”, podríamos decir, llegó la hora de retratar a los colaboradores de la dictadura, a los militantes traidores que se pasaron de bando, y a algún sector de la sociedad al que se pudiera catalogar como “cómplice”. Y con el nuevo siglo no faltó quien se atreviera a asumir la temática desde un costado farsesco, acaso como una manera de colocar en primer plano un interrogante: ¿no les parece que las organizaciones políticas revolucionarias estaban rematadamente locas?

Negroni parece abrir una nueva etapa en la serie que quizá responda por vía indirecta tal pregunta. En el título de la novela, hace eco un dogma católico: La Anunciación remite al momento en que el ángel Gabriel le anuncia a la virgen María que ha sido elegida para ser la madre del Hijo de Dios, por obra y gracia del Espíritu Santo. Anotemos, de paso, que el dogmático es el creyente y que su contrario es el escéptico. En su estética, la novela se aleja del realismo y opta por una prosa poética que, en su obsesión por el juego de palabras, realiza guiños altamente significativos al non sense recordando nada que menos que a Alicia en el país de las maravillas; así, la voz femenina que arma el relato se recuesta sobre el disparate y construye un mundo donde están ausentes las habituales referencialidades, y esa alteración permite que los actores sean, entre otras, las palabras casa, ansia, voluntad, desconocido, nadie, quienes, cada tanto, irrumpen en medio de lo que Ella ¿le escribe? a Humboldt, el joven militante montonero, de 22 años, que el 11 marzo de 1976 (tercer aniversario del triunfo camporista) se encontró de frente con la Muerte, que lo andaba buscando hacía tiempo porque le gustaba “la mística” con que se sostenía en “el error”. Porque, sí, Humboldt, Ella y tantos otros militantes de aquellos años han vivido equivocados: han creído ciegamente en lo que no debían creer, por ejemplo, en la revolución (“La revolución es una violencia ebria, como un primer amor”) o, para decirlo de otra manera, en la utopía revolucionaria (“La utopía es una forma del fanatismo”). Y por eso son culpables.

Athanasius, un extraño monje que ha creado el primer Museo del Mundo, que incluye una sala que se llama La Anunciación, donde se encuentran Ella y los otros militantes/soñadores, la califica a Ella como “la más limitada, como si tuviera una venda sobre los ojos que le impidiera dudar”. Esa sentencia del museólogo discrimina culpables de inocentes. El inocente, el héroe, por si no queda claro, es el Bose, el militante que se permitió dudar, que puso en crisis la creencia dogmática en la Orga, y que por eso mismo se tuvo que bancar que la Conducción lo encarcelara como última posibilidad para la autocrítica. ¿Y quién fue la carcelera? Ella, que, además, no se acuerda del hecho, con lo cual la memoria –que en el presente del país es, curiosamente, motivo central de una serie de proyectos museísticos– resulta un mecanismo monstruoso que borra la imagen de nosotros que no nos conviene conservar. Lo que Ella no quiere recordar es lo que discutía en aquellos días con el Bose, que naturalmente tiene otra memoria (una que debería negar, o cuanto menos poner en duda, todo lo que Ella afirma durante su controversia con el compañero detenido): “Me decías que la M era el pueblo peronista en armas, que una acción militar vale más que ochenta no sé qué juntos, que me acordara de los muertos, que no era cuestión de abrirse de gambas con Perón, que no nos iba a tocar el culo así nomás, que los errores del Movimiento y el avance de la burocracia y el partido de cuadros y la pindonga, todo supercomplicado, y eso, de la mañana a la noche, sin parar, porque nos quedábamos discutiendo hasta las mil y quinientas, eras muy seria, no aflojabas”.

En consecuencia, la culpa es tal que Ella concluye que no hay sabiduría o salvación posible, ya que se siente en medio de “un desierto sin historia donde nada representa nada”, y en una reescritura de la famosa consigna le dice a Humboldt: “Vos te derramaste y yo te negocié”.

¿Será La Anunciación el centro de una nueva polémica sobre el modo de narrar los ‘70, o será aplaudida desde cierta concepción de lo políticamente correcto?

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