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Domingo, 22 de julio de 2007

BABEL

El escritor Russo

Una novela con Isaak Babel como ¿protagonista?, ¿excusa?, ¿coartada estilística? Y un desafío narrativo: empezar por la revolución y terminar con vidas imaginarias, entre Borges y Schwob.

 Por Guillermo Saccomanno


Babel
Miguel Russo

Emecé
145 páginas

Isaak Babel (1894-1941) es, por su refinamiento estilístico, un escritor para escritores, un perfeccionista de la prosa que extrema las lecciones de la narrativa indicial de Chejov. Bajo el stalinismo, al no renegar de su escritura, en la que creía con firmeza ética, Babel no accedió a la obsecuencia que exigía el realismo socialista y, sitiado por la censura, eligió el silencio. Fue a dar a la temible Lubianka, detenido por el cargo ridículo de “no escribir”. Su destino no ha sido distinto al de tantos disidentes. Babel, la novela de Miguel Russo, se concentra en los días y noches previos a la ejecución de Babel. Y si un atractivo la distingue, además de su logradísima tensión, son los interrogantes que plantea tanto desde lo formal como desde el contenido. ¿Babel es narración o ensayo poético que, tomando como excusa al escritor condenado, se propone como reflexión narrativa y cuestionamiento sobre el fracaso del socialismo real? ¿Qué papel juegan el idealismo y la literatura en este fracaso?

El destino de Babel, en lo que a revolución traicionada se refiere, tiene su antecedente: la paradigmática La revolución es un sueño eterno de Andrés Rivera. Como al argentino Castelli, al ruso Babel lo arrincona el fracaso revolucionario.

Si tantas veces se pensaron desde la crítica aproximaciones entre la literatura rusa y la nacional (el país como estepa, Arlt como Dostoievski vernáculo, etc.), ¿por qué no pensar el Babel de Russo como un héroe borgeano, un héroe víctima de la Historia universal de la infamia? Hay una escena clave en su novela. Babel conversa con André Malraux mientras analizan mapas. El francés lee un libro escrito por un militar argentino. Habla de “un bárbaro en un país de bárbaros”, comenta Malraux. “Alguno de ustedes debería escribir ese libro”, dice y más allá de la imaginación y la ironía, la respuesta chicanera a Piglia preguntando quién de sus contemporáneos escribirá Facundo, acá hay, entre el ruso y el francés, un cruce que obliga a prestarles la atención a otros mapas, los literarios. “Escribir en mi propio idioma”, se fija Babel según Russo. ¿Qué significa? ¿Por qué no el idioma de Borges? Entonces la operación de Russo, urdiendo una glosa resignificadora de Rivera, se extrema al centrarse en Babel, su silencio, inmola y pone en discusión la eficacia misma de su literatura: interrogar el lenguaje puede devenir un acoso.

“Babel es Babel”, escribe Miguel Russo. La tautología apunta hacia la complicidad. Pero, ¿por qué no recelar del sobreentendido? ¿Babel es Babel? En todo caso, ¿quién es el Babel que escribe Russo? Como tantísimos escritores ya lo hicieron antes, Russo tiene su Babel personal. Pero su Babel da la impresión de ser más Rivera que Babel: el nombre machacado, el fraseo jadeante, relampagueos aforísticos. Si bien hay pasajes con citas canibalizadas y encubiertas que funcionan en clave, Babel constituye un tour de force estilístico donde las influencias se fusionan y permiten ser leídas desde esa idealización de los perdedores que proviene de la literatura norteamericana. Así, Russo articula la idea de revolución y su derrota a la par que manifiesta la búsqueda de un registro propio, cortante, que aspira al laconismo y la sugerencia: “Escribo; no hay verdad, sólo una máscara que dice su verdad”.

Así como en la dedicatoria no es casual la presencia de Rivera, tampoco lo es la de Gelman: el quiebre del lenguaje, la captación fragmentaria del instante. Pero los textos suelen independizarse de los padrinazgos que sus autores puedan adjudicarle. ¿Por qué no franquear y apreciar el Babel personaje de Russo desde un lugar más lúdico? Desde Borges. O, si se prefiere, leerlo desde Schwob: es decir, desde lo que Historia universal de la infamia le debe a Vidas imaginarias. Apunta Borges sobre el método Schwob: “Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos”. Enfocado de esta manera, el Babel de Russo se afirma en la aventura y su mito. Porque entonces puede alcanzar su “verdad” oculta: pretexto de goce literario privado, el viejo arte de la invención de historias, el pasarla bien escribiendo, admitir —aunque no parezca “serio”— que esta vida imaginaria (de ningún modo novela histórica) igual que las de Schwob fue escrita, como dice Borges, “deliberadamente para los happy few, para los menos”.

Y no hay nada de pecaminoso en este arte. Leerlo desde acá, arriesgo. Tomar partido por el placer de un texto puede ser provocador. “Decir sí a la revolución no significa decir no a los sábados”, le hace decir Russo a Babel. Y de esto se trata la literatura.

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