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Domingo, 29 de septiembre de 2002

Cabezas

 Por María Moreno

Cráneo
La Machi dice que ya no queda más que rezar. Lo lee en el cielo plomizo, en la carrera de las nubes y el vuelo de las aves, en la propia boca, porque el jugo de la yerba parece sangre, y en el sahumerio de bosta cuya humareda no logra levantar altura sobre el suelo. El general Mariano Rosas ya no sale del poncho pampa en cuyos pliegues duerme sentado y sólo abre los ojos para probar un brebaje amargo que la Machi le alcanza en una cuchara de plata de la vajilla de los Rosas. Alrededor de la enramada, las chinas cascotean a los perros que se alejan en busca de fogones más amigos de donde salte una grasita de guanaco o la tripa de una yegua sacrificada. La cabeza del general cae sobre el pecho: en las depresiones de las sienes y de la coronilla, donde la ciencia frenológica de su compadre, el general Mansilla, vio las crestas de la humanidad voluntariosa y astuta, ahora puede leerse como en un libro abierto porque está en los huesos. ¿Es la viruela que vino con los Remington y el aguardiente en las alforzas del huinca? ¿O la vejez que en el guerrero se apresura cuando lo agarra desmontado y vencido? En un ejemplar de 1877, el diario oficial dice que lo enterraron con sus platerías y sus caballos, más una yegua gorda que los lonkos pasaron a degüello en medio del plañido de las lloronas.
Se fueron las escarchas de junio y el año nuevo con sus rogativas y su orgía. Muchas veces el cielo se puso negro y se oyó el clarín de la partida hasta que sonó demasiado cerca. Para entonces, el cráneo del general había sido pelado por la fauna funeraria. Cuando el comandante Racedo lo desenterró, apenas hubo que limpiarlo con alcohol, pero ya no hedía cuando fue a descansar a las vitrinas del doctor Estanislao Zeballos. Trescientas cabezas confederadas del ejército del desierto eran, cada una con su sello estampado sobre el cráneo. Hasta 1949 el del general metió susto a los niños que visitaban el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Tenía el número 292. Por la noche, el guerrero tehuelche Inacayal, conchabado luego de su captura como cuidador del museo, bebía y lloraba mientras lo contemplaba detrás de los cristales. A veces prorrumpía en gritos atroces y por la mañana, cuando saludaba al sol y pronunciaba las rogativas, caía dormido con las manos apoyadas en las vitrinas y las trescientas cabezas alineadas se perdían en perspectiva a lo largo de los estantes y sus imágenes se esfumaban bajo las manos de Inacayal como si él las dirigiera en una alegoría: un ejército sin cuerpo y seiscientos ojos vacíos.

Glande
Son dos macetitas de apariencia insignificante pero, le escribe el perito Moreno a su padre, tienen la gracia de que las plantas estén florecidas y de haber crecido en La Pampa. La carta que envía desde Azul indica que ésta le llegará junto con un cajón de 70 cráneos en la diligencia 17 con destino Buenos Aires. La encomienda, indica, deberá ser recogida cuanto antes pues el mensajero podría sobresaltarse con su contenido. El perito Moreno prepara su segunda excursión a Nahuel Huapi pero por ahora se entretiene con pretender completar la colección de cráneos de la familia de Catriel. Ya ha conseguido el de Cipriano, junto con el esqueleto (completo) de la mujer de éste, Margarita. Y espera señales de la muerte de Marcelino Catriel, que ha sido herido en el arroyo Nievas y a quien su hermano José Luis ha prometido entregar, aunque el perito alberga sospechas porque lo encuentra pícaro y vulgar.
Las macetitas van a parar a la Quinta Moreno, donde en 1912, convertida en fábrica de ladrillos y abandonada, un asesino de 16 años mata a un niño de tres estrangulándolo con un hilo. Como el niño no muere, busca una piedra y la usa para atravesarle el cráneo con un clavo. En la carta enviada desde Azul, el perito decía que la cabeza de Catriel aún hedía (podre). La del criminal Cayetano Santos Godino, que tiene el humano olorde la seborrea, es analizada bajo el punto de vista lombrosiano. El Dr. Mercante, que está preocupado por la estética del cráneo argentino y colecciona por la calle Florida cabezas puntiagudas como un cono, redondas como un queso, oblongas como un melón o como la quilla de una motonave y jamás encuentra su ideal –la cabeza ovoide o bracocefálica–, registra en Cayetano Santos Godino un índice cefálico inferior al normal. El Dr. Cabred, que ha preferido ser el presidente de los locos a ser el ministro de los cuerdos y dirige el Hospicio de las Mercedes, le cuenta 27 cicatrices en el cuero cabelludo. El partenaire del Dr. Mercante, el Dr. Nelson, somete al criminal a un test mental para retardados y niños analfabetos cuyo autor es el Dr. H. J. Becker, de Detroit.
—Voy a entregarle un librito con figuras bonitas, que nos van a entretener. Pero no hay que abrir el librito antes de que yo se lo diga. Escuche con atención lo que voy a decirle. No debe hacer preguntas. Quiero saber lo que usted puede hacer por sí solo. Algunas de las cosas son muy fáciles pero otras son un poquito difíciles. Pero haga lo mejor que pueda. No mire al guardia ni pape moscas. Usted debe mirarme a mí y al papel que tiene en la mano. Voy a marcar algunas de las figuras de esta página. Yo le diré qué figura debe marcar y usted marcará la figura que yo le diga. Una marca quiere decir hacer una raya con lápiz atravesando el dibujo así.
El Dr. Nelson se pone de pie y traza rápidamente en el pizarrón el contorno de una bola y luego lo cruza con una raya. Luego de 35 minutos de hacerle señalar en diversas figuras la parte del paraguas que ataja la lluvia, la del carro en donde se pone la carga y la del saco donde van los brazos de las personas; de encerrar con el contorno del lápiz estrellas, cerdos y vasos en grupos de dos y de tres; de seleccionar entre varios muchachos y una bandera cuál era el menos parecido a los otros, el Dr. Nelson decreta que el nivel mental de Godino es de primero inferior b. Pero su sexo despierta más interés que su cabeza. “Estos órganos son de tales proporciones que aun en adultos es raro verse”, se admiran los doctores de la policía Negri y Lucero. El Dr. Mercante toma el pene entre los dedos, lo estira y le pasa el centímetro otra vez. Marca 18. El Dr. Cabred se concentra en un rasgo y descubre la metáfora: “Glande en forma de badajo de campana”. Godino confiesa haberse colocado fósforos en la uretra. Se lo declara el degenerado argentino.

Crimen
La colección privada del Dr. Lombroso era vasta. Incluía los botines encontrados en los sepulcros de la campiña piamontesa que fueron transportados –con la complicidad de un procurador real– en bolsas descosidas en calidad de cargamentos de calabazas. Había cráneos tártaros y neocelandeses, máscaras de grandes criminales, maquetas de prisiones y un crucifijo que ocultaba, entre sus gotas de sangre artificial, un puñal retráctil. Pero lo que el Dr. Lombroso solía acariciar con devoción eran sus vasijas criminales: esas rebuscadas artesanías del encierro donde los condenados esculpían las escenas de su vida delictiva y sentencias como ésta: “Qui riposa il povero Tulacche; stanco di rubare en questo mondo va a rubare nell’altro”. Aunque la jactancia del criminólogo prefería los fastos comprados a la familia de Lazaretti, un ex borracho atacado de delirio místico que, vestido de autoridad eclesiástica y con una comitiva que ocupaba 24 millas del camino a Roma, intentó llegar hasta el Sumo Pontífice para reclamar un anillo expropiado por sus herejías y la verga de Moisés. Palomas blancas, pendones con inscripciones esotéricas, un caballo con alas, el sello con que el iluminado marcaba a sus acólitos y el bastón construido en cinco pedazos, como cinco eran los apóstoles, fueron acogidos en el museo del doctor Lombroso mientras el dueño legítimo descansaba desde hacía rato luego de ser fusilado a manos de la policía.
Las tesis del criminólogo Lombroso surgían como satoris ante los cuerpos abiertos para la autopsia y él las fortalecía hasta darles el peso pesadoque exige el rigor teórico. Cuando examinó el cuerpo del célebre criminal Vilella descubrió que, en lugar de la cresta occipital media, tenía una cavidad semejante a la de los pájaros rapaces. De ahí siguió el hilo de sus asociaciones libres hasta adoptar algunas certezas: los criminales debían ser estudiados como si fueran objetos de historia natural. Sus cráneos eran prontuarios proféticos, mapas de ruta para derramamientos de sangre. En lo único en que fallaban era en que no daban la fecha ni la hora del crimen por venir, ni el nombre de la víctima.

Cabecita negra
Ese hombre tenía una manera extraña de recordar lo que había olvidado totalmente. De entre 226 especies de pájaros criollos, diez se le habían vuelto borrosas y a una la había olvidado hasta no valer la pena de ser siquiera mencionada. Por el canto recuerda 154, ya que ha perdido la melodía de 7, y 31 se han vuelto confusas y difíciles de organizar en los archivos de la memoria de un país que recuerda sonoro y colorido. Allá lejos y hacía tiempo, ese hombre había trazado, en la tierra de su paraíso infantil, mapas de vuelo que se extendían hacia los cuatro puntos cardinales, de asentamientos establecidos de acuerdo a las estaciones, de materiales para nidos que iban desde la crin de caballo al papo de cardo. Sin sus observaciones y sus acuarelas no habría cielo argentino. Es por eso que a Guillermo Enrique Hudson, hijo de norteamericanos, nieto de ingleses, se le podía decir “Guille” o “Quique”.
Es posible recordar lo que se ha olvidado, pero no saber aquello que ocurrirá con lo que se recuerda. El cabecita negra forma parte de las 154 especies recordadas por ese hombre y preciosamente descriptas y clasificadas por él. ¿Es por su paulatino pero indeleble avance sobre las ciudades, por su canto monocorde pero pegadizo y su costumbre de andar en bandas que ese nombre se impuso con malevolencia para nombrar a los hombres oscuros de esa antigua entidad llamada pueblo? ¿No era más certera la palabra tordo para aludir desde el desprecio a los de piel oscura en lugar de que esa palabra nombrara algo totalmente opuesto: gentes de diploma, generalmente blanca como canarios? ¿O nombrar a aquellos hombres por la cabeza aludía al encono provocado por lo que sobresalía cuando éstos se calaban el traje del integrado, considerado inmerecido? Ese hombre murió ignorando que había contribuido a una analogía injuriosa y que, en algún momento de la historia, los argentinos nombrados como pájaros serían cobijados en la jaula protectora de unos brazos al que hoy les falta –como a las especies recordadas borrosamente– la nitidez de la forma, el acabado humano de las manos.

Forense
–¿Todavía están lavando? –pregunta el joven a alguien que está del otro lado del teléfono. Podría ser un mayordomo que interroga a un miembro de su cuadrilla de subordinados y que está en el primer paso del arreglo de un salón para banquetes, antes del mantel blanco y de los adornos florales. Pero lo que están lavando son los huesos de un hombre. El joven, con un repentino gesto de conciencia histórica, indica: “Si la máquina está fallando compren otra”.
En 1984 la Conadep, por pedido de la organización Abuelas de Plaza de Mayo, hizo venir al país a un grupo de investigadores de la Asociación Americana por el Avance de la Ciencia. Entre ellos había un tipo de aspecto bonachón que era experto en la identificación de cadáveres producto de catástrofes aéreas y crímenes de la mafia. Se llamaba Clyde Collins Snow y usaba sombrero tejano y chapa de sheriff.
Cuando la Conadep concluyó que la respuesta a la pregunta por el destino de los desaparecidos estaba subordinada a los avances que se produjeran en la individualización de los responsables de la acción represiva, Clyde C. Snow meneó la cabeza e hizo una mueca casi irrespetuosa.–Si usted puede descubrir quién era esa persona y cómo murió, esto a menudo lo lleva directamente al asesino.
El joven del teléfono está en el Equipo Argentino de Antropología Forense formado por Snow. Él lee en los cráneos la trayectoria de una bala, remueve archivos de dentistas, escucha a una madre que repite insistentemente una fecha, repasa colecciones de diarios de la década del setenta y compara. ¿Hubo un traslado en El Vesubio? ¿Cuántos meses después de la fecha que la madre repite y repite? ¿Estaba X entre los trasladados? ¿Figura su nombre en la noticia del enfrentamiento? ¿En donde? ¿Zona sur? Entonces puede estar entre los 160 NN exhumados en Avellaneda.
Lo que más impresionó a los hijos de X fueron, junto al cráneo de su padre –había sido identificado entre otras cosas por un clavo en el fémur, implantado luego de un accidente de moto–, los zapatos. Eran unos borcegos que todavía podrían estar en uso, clavetados, de mochilero.
La primera vez que el joven tuvo que entregar una cajita de restos a los deudos, se largó a llorar.
Clyde C. Snow lo consoló:
–Uno puede trabajar de día y llorar de noche.

Cacique
“Cuando se es rico da más pena estar pobre”, piensa el general Mansilla porque en su choza de Maracayú hay poca luz, el lápiz es malo y las hojas en las que escribe están abolladas. Sin embargo, se asombra de la ligereza de los propios dedos para desplegar millares de combinaciones elocuentes a través de signos mudos que él juzga, por deformación profesional, como ejércitos de patas de mosca enfilados en columnas cerradas. ¿Es sólo por haber visto hoy la choza de un indio tembecuá que se acuerda de esa cabeza toba, copiada del natural, ni bien fue separada de su cuerpo y cuando el dibujante aún escuchaba la voz tronante del vencido? Al general le parece que la cabeza está ahí esa noche de Maracayú, donde no tiene ni un cadete que le cuente su vida para amenizar el fuego del fogón, la misma en que vio el fantasma del cuerpo cuando el casco de su caballo chocó con el pedernal de cal y canto que señalaba el Imperio do Brazil. Y con la mala luz de la choza evoca el rostro que parecía morder, arañar y escupir antes del degüelle y el lápiz. Ve la cabeza toba entre la vida y la muerte e imagina al guerrero que gastó hasta la última flecha y rompió el arco antes de arrojar la clava y ser partido en dos por el sable. Regaló el dibujo al Presidente de la República pero sabe que la cabeza figuró en la última exposición de la Sociedad Científica. No ha podido leer en ese cráneo disecado, como otrora leyó en el de Mariano Rosas, la obstinación y la astucia. Al igual que el célebre frenólogo Donovan leyó en el suyo propio la falta de secretividad y cautela, dictaminando que era malo ser abierto, franco y cándido como esa cabeza.
La cabeza de Mariano Rosas fue entregada a la nación ranquel en el siglo XXl, en el interior de una urna hecha de un material inerme, acolchada con elementos de resistencia centenaria. Pero los descendientes de su raza la abrieron y la tocaron uno por uno. La enterraron en año nuevo al son de las trutrukas que ya no son de madera recalentada sino de mangueras revestidas con lana de colores. Descansa en Leuvucó, en el interior de una pirámide de caldén, en una de cuyas caras están los símbolos del linaje de los zorros. Como cabeza, ha vuelto a llamarse Panguithruz Güor. Ni la cámara de Azul TV pudo filmar el nguillatún con que la despidieron. El trípode quedó solo como un extraño espectro camuflado entre los chañares.

Mafia
No se olviden de Cabezas.

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El joven del Equipo Argentino de Antropología Forense lee en los cráneos la trayectoria de una bala, remueve archivos de dentistas, escucha a una madre que repite insistentemente una fecha.
 
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