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Domingo, 10 de febrero de 2002

RESCATES

¡OH!Escogidos de sus primeros 50 años

Piolín de Macramé
con prólogo de Geno Díaz
Finnegans
Buenos Aires, 1984
184 págs, $ 9
Exhumado en la feria de Plaza Italia

Dentro de ese curioso género literario cultivado hacia la mitad del siglo XX, a caballo de la denuncia periodística y el humor, un tanto editorial y otro poco de ingenio, los ¡Oh! firmados por Piolín de Macramé resucitan en forma esporádica cuando una sociedad requiere pensarse a sí misma. Intempestivas reflexiones sobre asuntos variopintos, compuestos en cinco breves capítulos; ignorados tributarios, herederos y antecedentes de los modernos haiku; aforismos ingeniosos, crueles, traspasaron casi seis décadas de dictaduras y dictablandas llamando las cosas por su nombre y, cuándo no, colándolas bajo la manga del retruécano.
Soplados al oído de Piolín de Macramé por el pediatra que fundó la internación hospitalaria de los niños con sus madres, el mismo que fuera vicerrector democrático de la UBA cuando era la tercera universidad del mundo con Risieri Frondizi, pionero de la divulgación catódica, vieron la luz por primera vez hacia 1921 como Palabras sin Objeto. Acto mediante el cual el doctor Florencio Escardó permitió que se tejiera una corriente de opinión laica de la cual se hizo ausente cómplice.
Sin solemnidad (“Se llama solemnidad al arte de dar importancia a lo que si no lo fuera no lo tendría”), los ¡Oh! percuten algunas identidades del “Ser” telúrico poniéndolas en cuestión: “En la Argentina no hay humoristas porque los argentinos sólo creemos en la trascendencia de lo trascendental. Así como en los Estados Unidos no hay analfabetos porque los han ascendido a millonarios”. Luego de 150 semanas en el diario Crítica durante la década del 30, en 1940 la editorial chilena Ercilla editó una recopilación parcial que, tres años más tarde, completara El Ateneo de Buenos Aires. El peronismo marca un paréntesis que culmina en 1957, cuando Rueda lanza una reedición, hasta que el diario El Mundo de Jacobo Timerman lanza en 1964 nada menos que 75 nuevos ¡Oh!. Éstos son compilados por Americalee dos años más tarde hasta que la misma editorial ofrece los Penúltimos ¡Oh! antes del año 2000, anticipadamente en 1972. El ciclo se clausura en 1982 cuando los exhuma la revista Caras y Caretas. De un modo u otro, los ingenios de Piolín de Macramé atraviesan a tres generaciones sin representar la tipicidad del lenguaje de ninguna, pues inventa el propio. Malabarismo palabrero que le otorga a estas breves inflexiones una atmósfera extemporánea (“Los militares son los últimos hombres que no se deciden a andar descubiertos. Quiere decir sin cubrecabezas. Les gusta vivir de gorra”).
Utilizando la definición (“El tango es el sollozo musical de un sentimiento, cuyo porvenir está en el pasado”), la paráfrasis (“La estadigrafía es la técnica que consigue dar aspecto científico a la verdad. A la mentira. A la semi-mentira. Y a la estadística”), y otras gracias de la retórica, Piolín de Macramé retoma una tradición iniciada acaso en Quevedo, que adquiere rasgos regionales con Fray Mocho, Chamico, Wimpi y Discépolo, y se corrompe en los aforismos psicologistas que tautologizan muchas cursilerías contemporáneas.

Jorge Pinedo

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