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Domingo, 27 de abril de 2008

BELLI

A&E Mundo

Eva asume la responsabilidad de comer la fruta prohibida y Adán es un aceptable homo faber. Gioconda Belli viajó hasta los tiempos originarios para reescribir la más maravillosa historia jamás contada.

 Por Patricio Lennard

El infinito en la palma de la mano
Gioconda Belli

Seix Barral
237 páginas

Quién nos asegura que no fue Dios, puesto a concebir una vejez originaria, el que sembró los fósiles que prueban que el hombre desciende del mono? ¿Acaso el hecho de que no haya dinosaurios en la Biblia lo desmiente? Si Dios existe, los indicios de su inexistencia (de Darwin al Big Bang) son obra suya, claro. Y la sospecha de que fue El quien montó el teatro de la prehistoria hace suponer que la ciencia no sería más que un gran malentendido en el que el propio Dios nos demuestra que no existe. Pero más allá de cómo este simple y trillado razonamiento pueda apelar al agnosticismo o a la fe de los lectores, el asunto es que el relato científico del origen del hombre ha dado una versión de los hechos que ha vuelto a Adán y Eva personajes de fábula. Algo sobre lo que la nicaragüense Gioconda Belli ensaya una delicada variación en su novela El infinito en la palma de la mano, ganadora de la edición 2008 del Premio Biblioteca Breve Seix Barral, al confrontar a Adán y Eva a las condiciones que sortearon los primeros hombres y mujeres que habitaron la tierra.

Reelaborar un mito literariamente siempre supone el desafío de volver a contar una historia muchas veces contada. Y en el caso de Adán y Eva ese desafío implica, paradójicamente, lo que por antonomasia es una experiencia primigenia. ¿Cómo contar una vez más una historia hecha de primeras veces? ¿Cómo hacer que el mundo vuelva a ser visto por esos dos personajes que no han dejado de verlo por primera vez desde que el mundo es mundo? Como Mark Twain, Gioconda Belli opta por neutralizar el carácter mítico de Adán y Eva humanizándolos. Y para ello entremezcla la versión bíblica y la versión científica de los orígenes. Ya sea Adán descubriendo la forma de prender el fuego o inventando herramientas como un sofisticado homo faber, o Eva plasmando pinturas rupestres en las paredes de una cueva, de lo que se trata es de novelar la cotidianidad de un mundo en el que nada podía ser cotidiano todavía.

Escrita con un brío poético y un pulso que, una vez traspuesto el umbral del Paraíso, progresivamente se van debilitando, El infinito en la palma de la mano no sólo cambia la historia parcialmente (Caín y Abel nacen con sendas gemelas para poder reproducirse, lo que será un condimento más para los celos que motivarán el fratricidio) sino que plantea una interpretación del pecado original que no es la del cristianismo. Más cerca de la tradición talmúdica, que considera la Caída como el primer acto de libre albedrío del hombre y reduce los efectos del pecado original a la expulsión del paraíso (lejos de ver en él la raíz de la corrupción de la naturaleza humana que observa la doctrina cristiana y justifica el bautismo), Belli concibe una Eva que asume la responsabilidad de comer la fruta prohibida porque entiende que posee la libertad de hacerlo. Sólo así el motor de la Historia se pone en movimiento y una Eva libre de culpa se hace cargo del inicio de la especie.

No en vano la sensualidad es vista como un efecto secundario de una falta inscripta en la soberbia. Algo que Belli, reconocida por el erotismo de sus libros (basta leer La mujer habitada, su primera novela, y El país bajo mi piel, su autobiografía), pone en foco cuando narra la primera unión sexual de la pareja. Porque si para algo le sirve reescribir el mito de Adán y Eva es para demostrar que no hubo tal manzana del deseo. Y para taparle la boca al Dios que condena a Eva en Génesis 3,16 a sumir su deseo carnal a la voluntad de su marido.

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