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Domingo, 17 de agosto de 2008

SMITH

Camaradas de sangre

El niño 44 es un best-seller raro, que no parece prometer nada muy trillado en los thrillers del otro lado de la Cortina de Hierro, pero en su segunda mitad la figura del investigador Leo Stepanovitch Demidov y la de su autor, Tom Rob Smith, se valen del caso del asesino serial más famoso de la Unión Soviética para justificar cada uno de los cientos de miles de ejemplares vendidos.

 Por Rodrigo Fresán


El niño 44
Tom Rob Smith

Traducción de Mónica Rubio
Espasa Calpe
Madrid, 2008
528 páginas

El niño 44 es en el 2008 lo que alguna vez fue Gorky Park en 1981: un best-seller planetario, escrito en inglés, firmado por alguien de apellido Smith y ocupándose de los horrores de la Unión Soviética con un protagonista desilusionado por los excesos de una burocracia terrorista donde todos son culpables hasta que se pruebe lo contrario. Así, aquel Arkady Renko creado por Martín Cruz Smith –y protagonista de cinco novelas más, la última de ellas, El fantasma de Stalin, publicada en el 2007– es hoy el Leo Stepanovitch Demidov de Tom Rob Smith quien, como Renko, es alguien formado en los férreos e incuestionables preceptos de Stalin & Co. pero, también, en el fondo y cuando nadie lo mira, es romántico y trágico como héroe de Pushkin.

Apuntado esto, se acaban las similitudes. Gorky Park era una novela que, además de ser un pausado y melancólico thriller, tenía justificadas pretensiones sociológicas y una obsesión por el detalle casi patológica. El niño 44 –los tiempos y los editores así lo piden– es la obra de alguien formado en el cine y la televisión y que pensó primero en un guión antes que en una novela. Así, una divertida y muy vertiginosa película de letras y –hay aquí abundantes ocasiones para su estética entre operística y publicitaria– la noticia de que será llevada al cine por Ridley Scott no sorprenderá a nadie. Lo bueno es que la adaptación estará firmada por el gran Richard Price.

No hay en El niño 44 marca de estilo. Está claro que Tom Rob Smith no es James Ellroy ni quiere serlo. El niño 44 tampoco tiene la originalidad de los policiales rusos de anticipación –Monstrum, The Fortune Teller y Vadim– firmados por Donald James. De hecho, su primera mitad aporta apenas un funcional marco histórico y referencial y el frío esquema de procedimientos bestiales. Ya se sabe: estamos en Moscú, en 1953, y más te vale hacer lo que te digo porque si no te denuncio y después ya sabés lo que pasa. La confesión de lo que sea obtenida como sea es la base del poder judicial y, en este sentido, Tom Rob Smith no ofrece más de lo que ofrece Philip Kerr con sus novelas negras transcurriendo en la Alemania nazi: apartamentos desoladores, grises pasillos ministeriales, oscuras salas de interrogatorios que –aunque sigan conmoviendo y espantando– no dejan de ser lugares comunes tantas veces narrados y leídos.

Pero, de pronto, el hasta entonces muy respetado y temido Demidov –como Renko– cae en desgracia y es rápidamente castigado y transferido junto a su bella y complicada esposa a un pueblo en los Urales. Y allí El niño 44 cambia de paso y recupera y manipula y altera y retrocede en el tiempo la historia real del asesino serial Andrei Chikatilo, alias El Carnicero de Rostov. Y –recordar Ciudadano X, aquel formidable telefilm de la HBO sobre este asunto con Stephen Rea y Donald Sutherland como protagonistas– Demidov está otra vez en problemas por la imposibilidad del régimen de admitir la existencia de semejante monstruo “típico de una sociedad capitalista” dentro de la utopía supuestamente realizada del comunismo. Mejor pensar que los más de cuarenta niños mutilados son de episodios aislados y los rumores de un único responsable, de “propaganda occidental”. Pero Demidov (a quien no sé por qué nada me cuesta imaginarlo con el rostro de Daniel Craig) encara el caso como forma de redención para lavar sus culpas y pecados y pronto se convierte en alguien todavía más incómodo de lo que era para sus superiores. Porque a ningún corporativo monstruo de jerarquía le interesa ponerse a perseguir a un monstruo secreto y solitario que, finalmente, no es otra cosa que el producto de las monstruosidades cometidas en nombre del Estado.

Cerca del final Demidov y Tom Rob Smith dan un último golpe que por razones obvias no se comentará aquí –sólo diré que no es casual que Robert “Chinatown” Towne sea uno de los “padrinos” de la novela– y que, supongo, es responsable de que El niño 44 haya sido vendido a más de treinta países. Una tan efectiva como efectista vuelta de tuerca que lo eleva casi a las alturas –casi, dije– de hitos de la literatura de entretenimiento como Los niños del Brasil de Ira Levin o Patria de Robert Harris.

Y está claro que volveremos a saber de Demidov.

Mientras tanto y hasta entonces –no todo es ligera diversión y ahí están obras maestras como Verano en Baden-Baden de Leonid Tsipkin o El caso Tulayev de Victor Serge o Vida y destino de Vasili Grossman– quedan muchos expedientes por revisar y juzgar y condenar.

Y más vale tenerlo presente: hasta el momento, ninguna editorial rusa ha comprado los derechos de traducción de El niño 44.

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