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Domingo, 17 de agosto de 2008

BENNETT

Mi reino por un libro

¿Qué pasaría si un día la reina descubriera los placeres de la lectura? Alan Bennett, dramaturgo, guionista y –obviamente– humorista, responde con una novela.

 Por Ezequiel Acuña


Una lectora nada común
Alan Bennett

Anagrama
119 páginas

Una lectora nada común nace de la afamada pregunta literaria “qué pasaría si...”, bastante productiva tanto para la ciencia ficción como para la comedia y puntapié inicial, en este caso, para el desarrollo de una nouvelle armónica condimentada con buenas dosis de ironía. Qué pasaría si (parece haberse preguntado Alan Bennett al momento de escribir) una serie de eventos menores llevara a la actual reina de Inglaterra a descubrir el placer por la lectura, la nación de la ficción. Y en un día como cualquier otro, en el palacio real comienzan a desplegarse las tensiones entre la lectura desordenada y voraz, el nuevo hobby de la reina, y las estructuradas tareas y deberes de la monarquía moderna.

Una lectora nada común es la tercera novela del escritor inglés publicada en castellano, y una pieza más dentro de su variada obra. Guionista de cine y actor, reconocido sobre todo por sus obras de teatro, y valorado por su insistente participación cultural, Alan Bennett es un artista multifacético y agudo. En el 2003 fue premiado con el British Book Award por la obra de toda una vida, dentro de la cual es posible destacar tanto sus guiones para la televisión como la más llana y plena literatura en prosa.

Algo de aquella relación tensa entre lo estructurado y lo pasional que presenta esta nueva novela juega un papel fundamental también en The History Boys y La locura del rey Jorge, dos de las obras de teatro escritas por Bennett y luego llevadas al cine tras su exitoso paso por Broadway. Y es que Bennett es considerado por muchos británicos como un tesoro nacional, uno de esos artistas dispuestos a llevar hasta el paroxismo la metódica seriedad inglesa haciendo uso de la más sabrosa ironía. Transgresor pero siempre británico, a la Elton John, Una lectora nada común es un capítulo más en su puesta a prueba de la cotidianidad estructurada, un satisfactorio experimento sobre qué es lo que sucede cuando el placer inútil desdibuja los límites del deber.

En la nouvelle de Bennett, la aversión que crece en el palacio por las lecturas de la reina parece señalar cómo la literatura abre una brecha en el interior de la seriedad protocolar. Los libros, esos “artefactos para encender la imaginación”, incomodan a los políticos y modifican los acostumbrados diálogos superficiales que la reina mantenía con sus súbditos. La representación de los hábitos y protocolos dibuja una realeza moderna que se asemeja bastante a actores de teatro de tiempo completo, con sus actuaciones diarias dependientes de las necesidades políticas. Y de esa forma crece en el interior de la novela cierta tensión entre la seria y calculada ficción político-social que debe representar la reina, y la ficción literaria, más pasional y desordenada.

“Había adquirido la habilidad de leer y saludar con la mano al mismo tiempo, y el truco consistía en mantener el libro por debajo del nivel de la ventana y mantener la mirada en él y no en la muchedumbre.”

La iniciación de la reina en el mundo de los libros da lugar al desarrollo de una teoría ingenua y adolescente sobre la lectura –y por momentos casi romántica–, en donde la literatura se presenta como un espacio liberador, inútil pero incitante, cercano a la herejía hedonista. Como si los libros, en última instancia, tuvieran en su esencia un alma democrática frente a los lectores que suprimiera las distancias sociales a las que una reina está acostumbrada, y que la constituyen como tal. Resta preguntarse, en definitiva, por aquellos que no saben leer.

Pero la nouvelle de Bennett no se estanca en la teoría ni mucho menos. Más bien encara con una gran dosis de ironía la puesta en escena del ambiente cultural, los escritores y su sectarismo, los best-sellers y la fascinación snob por los clásicos universales. Y, por qué no, algo de esa ironía disfrazada de ingenuidad monárquica recae también sobre el discurso que proclama al arte como redentor. Porque, en fin, si quien lo enuncia es una reina declaradamente ficcional, aquel discurso queda atado a lo imaginario, lo imposible o inútil. A aquella pregunta por el “qué pasaría si” que ha desatado desde un principio la comedia.

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