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Domingo, 12 de octubre de 2008

Los hermanos sean unidos

 Por Maria Rosa Lojo

Los hermanos Mansilla, Eduarda y Lucio Victorio, compartieron la pasión por los libros y el arte de escribir, cierto sofisticado “dandismo” y la obsesión por los “otros” de la cultura. Compartieron también una filiación tan deslumbrante como incómoda. En la Argentina posterior a Caseros eran los sobrinos de Juan Manuel de Rosas: hijos de su bella hermana Agustina (inmortalizada, de manera no siempre halagüeña, en Amalia), y de Lucio Norberto Mansilla, colocado en el panteón de los héroes nacionales por su desempeño en la batalla de la Vuelta de Obligado, pero que, además de cuñado, había sido prominente funcionario del Restaurador.

Cosmopolitas y políglotas, elegantes y curiosos, los Mansilla fueron asimismo, obstinadamente y sin sentimientos de inferioridad, criollos rioplatenses. A pesar de sus muchos viajes y sus varias lenguas, no los afectaba el “complejo del europeo desterrado” que atormentaría a las élites posteriores y que, desde Victoria Ocampo a Héctor H. Murena, deja una huella perdurable en el ensayo argentino. Aunque Lucio mechaba su escritura con galicismos, aunque Eduarda fue bilingüe al punto de escribir directamente en francés (ya que en Francia residía entonces) su novela más madura, Pablo, ou la vie dans les Pampas (1869), el castellano siguió siendo para ellos el eje lingüístico de una vida extraterritorial, y la patria del Plata el hospedaje preferido de su imaginación y el último horizonte de sus deseos.

¿Cómo se ha construido y seguirá construyéndose, étnica y culturalmente, la nación argentina? Los Mansilla intentarán responder a esa pregunta que los desvela en sucesivos libros, de los cuales el más famoso es Una excursión a los indios ranqueles (1870). La Argentina moderna deberá hacerse, también, con indios y con gauchos, no sólo con los inmigrantes que anhela Sarmiento, se responde, en esas páginas Lucio V.; nada puede haber de extraño en esto –insiste– porque el mestizaje está en los genes desde la Conquista. Por eso, enfatiza ante la Junta de caciques, “yo también soy indio”, y vuelve a decirlo de otro modo para sus lectores blancos y urbanos hacia el final del libro, con una larga parrafada que, en el contexto de época, se recorta como un alegato contra el racismo. La nación debe contar con los indios, los gauchos y los negros, aporta por su lado Eduarda. También con inmigrantes, como el Dr. Wilson, de El médico de San Luis (1860), que encuentran en este país, con todos sus “bárbaros” defectos, lo que no ha podido darles su tierra de origen. Y agrega una tesis que la singulariza: desde su fundación, nuestra sociedad existe gracias al liderazgo no oficial de las mujeres, marginadas de las efemérides y de los registros épicos, pero hacedoras en sus cuerpos, en la lengua y las prácticas culturales, en la formativa política doméstica de los valores y las costumbres que, a su vez, engendrarán las leyes.

La admirable Miranda y el salvaje Calibán

En Lucía (1860), su novela inicial, luego reeditada (1882) como Lucía Miranda, Eduarda decide emprender un viaje por el tiempo. Se remonta a la incursión de Sebastián Gaboto, fundador del primer asentamiento español (el fuerte de Sancti Spiritus, en 1527), en la tierra que luego sería la provincia de Santa Fe. La iniciativa del marino veneciano concluye en la derrota militar y el fracaso económico, pero aporta a nuestro imaginario dos mitos: el de la Ciudad de los Césares, y el de Lucía Miranda. Ambos sobrevivirán hasta el siglo XX.

El primero en escribir sobre esta “señora española”, casada con el militar Sebastián Hurtado, es otro militar, funcionario y aficionado cronista de respetable instrucción y buena prosa: Ruy Díaz de Guzmán, nativo de Asunción, descendiente por parte de padre de un linaje prestigioso cuya cabeza es el duque de MedinaSidonia y, por parte de madre, del conquistador Domingo de Irala, pero también de una de sus concubinas guaraníes, bautizada como “Leonor”. En la enumeración de sus ancestros, Ruy Díaz omite la existencia de esta abuela, que no debía de constituir para él motivo de orgullo. Pero en su crónica palpita ya la ambigüedad de una voz que se sabe perteneciente a dos mundos. Ni Lucía Miranda ni Sebastián Hurtado, ni ningún otro de los personajes nombrados por Ruy Díaz existen en los documentos de la expedición de Gaboto. Leyenda oral, o pura invención del propio cronista, el relato explica la guerra por la ocupación del territorio a través de la disputa entre indios y españoles por una mujer. Luego de un período de buena convivencia inicial, la armonía se rompe cuando el cacique Mangoré se prenda “desordenadamente” de Lucía Miranda. Para apoderarse de ella invade el fuerte, y aunque muere en la refriega, su hermano Siripo lo sucede en esta pasión infeliz. La anécdota concluye con la ejecución, ordenada por Siripo, de los esposos que no renuncian a su amor, y con la destrucción final de la fortaleza. La referencia a la Ilíada es visible aun en los detalles, como el ingreso de los timbúes en el fuerte gracias al “presente griego” (esta vez no será el caballo de Troya, sino los codiciados víveres que los cristianos no parecen capaces de obtener por sí mismos). Pero no todo es tópico legitimador ni loco enamoramiento. También se oyen, contundentes, las fundadas razones del “bárbaro”: si no se rebelan a tiempo contra los españoles, tan “señores y absolutos en sus cosas”, dice Mangoré a su hermano, después ya no lo podrán hacer y quedarán “sujetos a perpetua servidumbre”.

Mucho se parece esta voz a la de Calibán, que es su contemporáneo. La llamada Argentina manuscrita (por el tipo de circulación que tuvo hasta 1836, en que fue finalmente publicada por Pedro de Angelis) se terminó, según se estima, hacia 1612. De 1611 data The Tempest, de William Shakespeare, pieza donde debaten dos líneas filosóficas en la valoración del “salvaje” (Calibán) y del brave new world: la visión utópica del “hombre natural”, inocente y sin vicios en una tierra paradisíaca, y la consideración del nativo como un ser deforme, monstruoso, degradado, primitivo en el peor sentido del término, que debe ser sometido al dominio de la civilización superior, junto con su paisaje de intemperie. Aun así, el “monstruo” se justifica con argumentos elocuentes: “Tengo derecho a comer mi comida. Esta isla me pertenece por Sycorax, mi madre, y tú me la has robado. Cuando viniste por primera vez, me halagaste, me corrompiste. (...) ¡...fui rey propio, y me has desterrado aquí, en esta roca desierta, mientras me despojas del resto de la isla!”.

¿Pudo llevar algún viajero ibérico o algún corsario inglés la historia de Lucía Miranda a los oídos de Shakespeare? La crítica se lo sigue preguntando. La elección del nombre para el personaje femenino protagónico (la mujer deseable y deseada por el “salvaje” en ambas historias), ¿se debe tan sólo a la etimología latina (Miranda: la que debe o merece ser admirada), o acaso (también) a la impresión que pudo haber producido el sonoro apellido español de la crónica?

No se ha probado que Shakespeare conociera el episodio de Lucía Miranda, pero es indudable que otro dramaturgo inglés tuvo acceso a él. Se trata del mediocre y olvidado Thomas Moore (ni el autor de Utopía, ni el gran poeta irlandés amigo de Byron), quien, en 1717, dio a conocer la obra Mangora, King of the Timbusians, notable, según la crítica de sus contemporáneos, “sólo por sus despropósitos”. Seguramente Moore había leído la Historia (1673) del padre Del Techo, el primero de los historiadores de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay que incorpora el episodio narrado por Ruy Díaz. Poco informado, o despreocupado en absoluto de toda verosimilitud, Moore pinta a los timbúes como negros africanos, que viven rodeados de espléndidas riquezas. Tan pronto usa el tópico del “pueblo inocente” como el del salvaje lujurioso y bestial. Su crítica a los móviles de los conquistadores españoles, y sobre todo del grotesco cura (Fray Jacques, un modelo de vicios), no atenúa la mirada racista sobre los indígenas que, aun desde ellos mismos, son (auto) descalificados permanentemente por su negrura y fealdad, la cual los hace aborrecibles a los ojos de las damas cristianas (Lucy y su hermana Isabella). Los caciques tienen en Moore personalidades claramente diferenciadas: una positiva, caballeresca y casi lírica (Mangora), y una negativa, hosca y brutal (Siripus). Es interesante comprobar que lo mismo sucede en la novela de Eduarda Mansilla, aunque sus personajes son tanto más complejos.

Nuestra autora había leído a Ruy Díaz de Guzmán, a Shakespeare (no cita The Tempest en sus epígrafes, pero sí Macbeth y Hamlet), y quién sabe si a Thomas Moore. Conocía la historia jesuítica del padre Guevara, publicada asimismo por el erudito Pedro de Angelis, en la que se basa para las muchas y minuciosas observaciones antropológicas de su libro. Hasta pudo haber visto representar, de niña, alguna refundición del extraviado Siripo (1789), de Manuel de Lavardén. No son desdeñables las afinidades con The Tempest. La Miranda shakespeariana tiene un sabio maestro: su padre, el mago Próspero. El maestro de Lucía Miranda es un padre espiritual: Fray Pablo, que también le da una educación letrada, poco usual en la época para las mujeres. Como Miranda, Lucía se convierte en “educadora”, posee la llave de dos lenguas (la suya y la de los otros). Y la voz narradora asume algunas razones de Calibán, denunciando tanto el maltrato al que se había sometido a los aborígenes, como la indolencia española, que pretendía obtener grandes riquezas sin ningún trabajo.

La novela casi homónima y simultánea (1860) de Rosa Guerra, otra escritora argentina, también opta por retomar este mito, pero lo hace en un relato más acentuadamente sentimental, con una estructura mucho más simple, y menor atención a la fundamentación histórica y la descripción etnográfica. Lo novedoso en Guerra es el ambiguo erotismo: el deseo velado de la española por el apuesto cacique Mangora. En Mansilla, la belleza física y el encanto personal del jefe timbú Marangoré no detentan menos relieve (aunque Lucía sigue empecinadamente enamorada de su marido), pero la mayor novedad radica en el carácter de su heroína, último y perfeccionado eslabón de una intrincada “saga femenina” a la que se dedica la primera y más extensa parte de la novela. Su Lucía elige libremente y se hace cargo de sus opciones hasta las últimas consecuencias. Es una admirable Miranda capaz de lucidez intelectual y de un desafiante coraje moral, situada por encima de la función épica y guerrera. Su apuesta por la función educativa, capaz de desembocar en una síntesis cultural (aunque la dominante sea la cultura hispánica) emerge como modelo para una sociedad todavía tensa entre la Confederación y Buenos Aires, donde los llamados “bárbaros”: gauchos, indios, así como las mujeres (siempre puestas del lado de la irracional “Naturaleza”), buscan un lugar que no implique la mera subalternidad. Sus personajes lo encuentran. Lucía muere, pero su ahijada, la timbú Anté, y su prometido, el soldado español Alejo, escapan de la destrucción del fuerte hacia la libertad de la pampa abierta, no ya “desierto”, sino espacio protector para un amor que tiene futuro: la sociedad argentina misma, nacida de ese mestizaje original. Esa, la aceptación del mestizaje como raíz fundante del cuerpo social y cultural de la nación, es la otra gran diferencia de su novela.

El diario reencontrado

El primer viaje literario (y geográfico) de Lucio V. no lo llevó por los caminos interiores de la Historia y el espacio argentinos, sino hacia la exterioridad más extrema que pudiera imaginarse entonces: el Oriente. Lucio se refirió a esta aventura temprana (tenía dieciocho años al partir), en varias de sus causeries y en dos crónicas: De Adén a Suez (1855) y Recuerdos de Egipto (1864). En este último texto alude a “algunas pájinas incompletas de un diario insulso é imperfecto, como todo aquello que es obra de la juventud –de la juventud sud americana sobre todo– que sin estar preparada por el estudio y la instrucción lánzase prematuramente á correr el mundo”.

El diario consta de dos manuscritos: uno borrador, extenso, y otro puesto en limpio, mucho más breve e inconcluso (Lucio no llegó a pasar lo más interesante: sus andanzas por tierra). La escritura es rápida, a veces ilegible, pródiga en el uso de abreviaturas, tachaduras y correcciones. Alternan la pluma y el lápiz, y no falta algún dibujo de la fauna marina, ni tampoco largas citas de Espronceda, poeta, al parecer, preferido por Lucio en aquel entonces. Difícilmente pueda encontrarse en esta pieza liminar al escritor de Una excursión a los indios ranqueles, o de las Causeries, fuera de algún breve destello promisorio. Tampoco al dandy desenvuelto o al duelista de ostentoso coraje. Pero precisamente esto es lo atractivo: descubrir, bajo la máscara consolidada del posterior personaje público, a un adolescente algo aniñado que extraña atrozmente a su “amiga madre”, su “querido padre” (cuyos retratos besa), a su “abuelita” y sus “hermanitos”; que escribe obediente a la recomendación paterna y quizá, sobre todo, para aligerar el tiempo de un interminable viaje oceánico, repartido entre la observación del horizonte, las lecturas cotidianas y los malestares de toda índole: jaquecas, diarreas, vómitos, que no dejan de asentarse en el diario con cierta hipocondría, así como los pavores nocturnos.

Por lo demás, “nada particular ocurrió” y “lo pasé entretenido con mis libros”, son las frases más repetidas durante la travesía marítima, que depara pequeñas sorpresas, según las latitudes: un ave cenicienta que resulta ser un pingüino, medusas fosforescentes, un puerco marino, un albatros, un pez volátil que le recuerda la fábula “Le poisson volant” y hasta algunos bloopers, como el de la sopera que los vaivenes de la nave derraman encima de Mr. Hedge, el sobrecargo, su interlocutor en la práctica de un inglés aún muy deficiente.

Incluso para alguien menos arropado que Lucio por una familia poderosa y protectora, la sensación de extrañamiento y extranjería hubiese sido considerable. Sin transición alguna, sin haber visto otras ciudades fuera de Buenos Aires, marcha hacia las antípodas. Bajo un motivo explícito (la compra de mercaderías), el viaje es también una sanción y un “destierro preventivo”. Sus padres se han propuesto apartarlo de dos transgresiones: un amor (tan apasionado como inadecuado para su clase) por una joven modista francesa, y la afición a ciertas lecturas no menos inconvenientes, entre ellas, El contrato social, de Rousseau, en un contexto (el régimen rosista) nada proclive a estas ideas.

¿Se comporta Lucio como un viajero mundano y cosmopolita? No en estas primeras, tímidas y desmañadas impresiones. La soledad y el aburrimiento que lo afligen en el mar no lo dejan del todo en tierra y entorpecen, en buena parte, su apreciación de las novedades. Trata de relacionarse, y su alegría no tiene límite cuando encuentra conocidos de Buenos Aires, como el cónsul francés, y sobre todo, la amiga entrañable de su madre, a la que llama “tía Nieves”. De Calcuta hasta las Pirámides y de allí a Roma, Lucio V. mira y es mirado, juzga y es juzgado. Incomprensión y repugnancia marcan su visión muchas veces. Le incomoda el hedor de las calles en Calcuta o en Chandernagor (aunque las de su ciudad natal no debían de estar mucho más limpias, si se ha de creer a otros viajeros); se sorprende ante los varones de Madrás, vestidos como mujeres (para los parámetros occidentales), y con el pelo recogido por peinetas. Pero él también se descubre como el “otro” exótico y periférico para los ciudadanos de la potencia colonialista que se (auto) considera el paradigma de la civilización. La conversación con un pasajero británico del vapor que lo devuelve de Madrás a Calcuta, lo deja anonadado: “Creen que somos salvages y les sorprende cuando me oyen hablar francés y que digo lo he aprendido en Buenos Aires”.

Poco antes él mismo, sin demasiada conciencia, se ha prestado al juego. Primero el Sr. Barstow, jefe de una casa de comercio, lo invita a almorzar a su casa “en trage de gaucho”, con gran diversión de todos, incluso de Lucio. La segunda vez no es tan agradable. Casi en una prefiguración del Juan Moreira circense, lleva el traje gauchesco asumido como disfraz y acompañado de bravíos bigotazos, a la fiesta de fin de año que da el coronel Warren. La comida, la bebida y el servicio, apunta, dejan mucho que desear, y sobre todo la cortesía: el coronel ni siquiera se ha dignado presentarle a su esposa...

Lucio se quejará siempre de que su juventud e ignorancia le impidieron ver y aprender todo cuanto debía en un viaje tan extraordinario como prematuro. Pero le quedan, de esta experiencia, dos saldos indelebles y productivos: que también él puede ser indio para unos ojos imperiales, y que (periférico o no) existe para todos los hombres un lugar central sobre la tierra: el propio. “La mayor parte de las ciudades que he visto hasta ahora son más bellas que mi caro Buenos Aires, son más ricas, más grandes, pero cada enamorado considera su querida la más hermosa, y así cada hombre ve su país el mejor; para un Inglés is nothing so good as London, para un Francés Il n’y a pas qu’un seul Paris au monde, para un N. Americano everything good is in New York or Boston, para mí nada hay en el Mundo como la Alameda de mi país, reconozco que hay muchos muchísimo superior a ella (sic), pero aunque me gustan, sin embargo no me gustan tanto como ésta”.

Con variantes y extensiones, Mansilla repetirá esta convicción cada vez que escriba sobre su viaje. No obstante, argentino paradójico al fin, morirá en París, excéntrico hasta en eso, a principios de octubre de 1913.

Las páginas del diario de Lucio Mansilla, nunca impresas, serán pronto publicadas gracias a la generosidad de Luis Bollaert, tataranieto de Lucio V., y dentro del mismo proyecto del Conicet que auspició la edición crítica de Lucía Miranda. El análisis de la novela, así como de la revisión de las obras que reelaboran el mito de Lucía Miranda, puede verse en María Rosa Lojo y equipo. Edición crítica de Lucía Miranda (1860) de Eduarda Mansilla. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2007. El equipo de trabajo está conformado por María Rosa Lojo (dirección), Marina Guidotti, Hebe Molina, Victoria Cohen Imach, Laura Pérez Gras y Cristina del Solar.

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