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Domingo, 12 de octubre de 2008

Libertad condicional

Aunque poco conocido en Argentina, George Pelecanos es uno de los grandes nuevos nombres del policial. En Drama City logra un contundente realismo reduciendo al mínimo la acción y potenciando el costado más humano de sus personajes.

 Por Martín Pérez


Drama City
George Pelecanos

Ediciones B
328 páginas

El puesto de comidas preferido de Lorenzo Brown y Rachel López en esa zona de Washington DC es un Subway en el que hacen extraordinarios sandwiches de atún. Ahí es donde se encuentran para almorzar cuando necesitan verse. Lorenzo es un ex convicto, y Rachel es la agente ante la que debe presentarse regularmente para mantener su libertad condicional. Son muchos los ex convictos que Rachel mantiene bajo su vigilancia, pero Lorenzo es uno de los pocos que parece que logrará reformarse. Aunque Rachel sabe que todavía es demasiado pronto como para poder asegurar algo así, sin embargo Lorenzo se mantiene alejado de sus viejos amigos, se somete regularmente a los exámenes de orina y ha encontrado un trabajo al que se entrega con total dedicación: el de ser agente del cumplimiento de la ley de la sociedad protectora de animales. Casi como una broma irónica, patrulla su viejo barrio con uniforme y placa, pero sin armas.

A la manera de la serie televisiva The Wire, de la que es uno de sus guionistas estrella —junto con dos de los mejores escritores norteamericanos actuales del género, como Richard Price y David Lahane— e incluso uno de sus productores, George Pelecanos ha construido un policial en el que casi no hay acción. De hecho, los mejores momentos de Drama City son los más cotidianos, los que muestran una increíble sintonía con lo que sucede en las calles en las que está ambientada. Y cuando acompaña a sus dos protagonistas principales, Lorenzo y Rachel, en su día a día. Uno, intentando enfrentar todas las frustraciones de la vida dentro de la ley. Y la otra, visitando aquí y allá a cada uno de los ex convictos a su cargo. Aun cuando pierda gran parte de su efectividad por una traducción demasiado convencional, la prosa de Pelecanos transmite de manera admirable la realidad de las calles de Washington DC, de los barrios negros, del juego de la droga, de convictos y ex convictos, y sus lealtades y traiciones.

Cuando un periodista le elogió el detalle del Subway en el que coinciden sus protagonistas, Pelecanos confesó que no se lo había inventado. “No hubiese escrito jamás esta novela sin haber podido acompañar tanto a los oficiales de la sociedad protectora como a los de la libertad condicional”, dijo entonces. “Y cuando tanto unos como los otros coincidieron en el mismo puesto de comidas, me di cuenta de que había descubierto algo.” Casi como un cronista callejero antes que un novelista, los libros de Pelecanos están llenos de guiños a la cultura pop y a la ciudad en la que suceden sus historias, y tanto el rap como el blues —e incluso el punk norteamericano de los ochenta en Drama City— son tan protagonistas de sus tramas como los personajes que las habitan. Traducido casi al descuido y con sus libros distribuidos en el más absoluto silencio (y a veces yendo directo a las mesas de saldo), Pelecanos desde hace tiempo que es reconocido —al menos en los Estados Unidos— como uno de los nuevos grandes del género, detrás de apellidos como Ellroy o Leonard.

Así como Chandler supo decir de Hammett que los protagonistas de sus historias no cometían un asesinato sólo para proporcionar un cadáver, en las novelas de Pelecanos nada sucede por casualidad. Los malos no son tan malos, y los buenos tampoco lo son tanto. En Drama City, tanto Lorenzo como Rachel —y también todos los coprotagonistas que van apareciendo en sus vidas y pueblan cada uno de los capítulos del libro— apenas si pueden llevar adelante sus vidas de la mejor manera en que se los permite la sociedad en la que viven. Meticulosamente, Pelecanos reconstruye los mecanismos de la cotidianidad en la que están inmersos, y lo hace con una maestría en el detalle que deja en segundo lugar el drama policial que se irá gestando alrededor de sus dos protagonistas, construyendo una novela humana y coral, en la que, cuando estalla la acción, lo hace de manera breve y terminal.

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