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Domingo, 9 de noviembre de 2008

Babilonia revisitada

Fitzgerald los inmortalizó en Tierna es la noche. Ellos odiaron la novela, pero fueron de los pocos que asistieron a su entierro. Hoy, una biografía y una muestra itinerante por los más importantes museos norteamericanos celebran el estilo de vida de Sara y Gerald Murphy, los diletantes que acuñaron la frase “Vivir bien es la mejor revancha”.

 Por Juan Forn

Una insólita muestra de pintura lleva todo el año recorriendo con bombos y platillos los museos norteamericanos. Se llama (en alusión a la famosa frase de Ezra Pound) Making It New: The Art and Style of Sara & Gerald Murphy. Curiosamente, Sara Murphy no pintó un solo cuadro en su vida. En cuanto a su marido, dedicó a la pintura únicamente los siete años que vivieron en París en la década del ‘20 y de aquella producción sólo sobreviven las siete telas que se exhiben en la muestra. El resto de la exposición se reduce a fotos y reproducciones de cuadros famosos pintados por Picasso, Léger, Gris, Braque o Goncharova, cuando eran huéspedes de los Murphy en su casa de la Riviera francesa. Curiosamente, los Murphy no eran tampoco coleccionistas de arte (preferían las artesanías del Medio Oeste norteamericano), razón por la cual no se exhiben los originales de esos cuadros sino meras reproducciones.

Lo que convirtió a los Murphy en leyenda fue la novela Tierna es la noche, que Scott Fitzgerald famosamente les dedicó (“To Gerald and Sara-Many Fêtes”) y en la cual los retrató. Curiosamente, a los Murphy no les gustó la novela. En realidad, a casi nadie le gustó cuando se publicó en 1934: a tal punto que Fitzgerald la retiró de circulación y la reeditó corregida (colocando al principio el largo flashback que había en el centro de la novela) sin convencer a nadie: cuando murió, en 1940, el libro estaba descatalogado (afortunadamente, las sucesivas reediciones de la novela han recuperado su estructura inicial).

Los Murphy habían llegado a Europa en 1922, dispuestos a encontrar su vocación allí, como muchos otros jóvenes norteamericanos de su época (Gertrude Stein había declarado poco antes: “París es donde está el siglo veinte”). A las pocas semanas de llegar, Gerald vio en una galería de la rue de la Boëtie unos cuadros de Braque, Picasso y Juan Gris y quedó paralizado. “Si eso es pintura, es lo que quiero hacer en la vida”, le dijo a su esposa. Una semana más tarde estaba tomando clases con Natalia Goncharova y colaborando con ella en los decorados de los Ballets Russes de Diaghilev y Stravinsky.

Cuando llegó el verano, los Murphy se trasladaron al sur y se enamoraron del pequeño pueblo de Antibes. En aquella época, la Riviera francesa se vaciaba con el fin de la primavera y a nadie se le cruzaba por la cabeza bañarse en el mar: los ingleses y alemanes cerraban sus villas en cuanto empezaban los primeros calores y se trasladaban en masa a los Alpes suizos. Los Murphy compraron una casa que bautizaron Villa America, comenzaron a invitar a sus amigos (Picasso, Diaghilev, Stravinsky, Braque, Léger, Cole Porter, Man Ray, Erik Satie, Hemingway y, por supuesto, Scott y Zelda Fitzgerald) y convirtieron el pueblo en una colonia de artistas (el famoso cuadro de Picasso La flauta de Pan se basó en una foto de él y Gerald haciendo payasadas en la playa, tomada por Man Ray). Sara se encargaba de elegir el menú de cada velada como una alquimista (sus amigos intentaron en vano que escribiera alguna vez un libro de recetas) y Gerald, de la decoración de la casa y del asombroso jardín (había estudiado cinco años paisajismo en Harvard antes de viajar a Europa). Además, se hacían enviar desde Nueva York todos los discos que estaban de moda para musicalizar sus fiestas.

En 1925 los Fitzgerald pasaron su primera noche como huéspedes en Villa América. Cuando todos se habían ido a dormir, Scott golpeó la puerta de Gerald y Sara y les dijo que Zelda estaba enferma. Mientras los seguía por el pasillo, agregó: “No crean que lo hizo a propósito”. Zelda se había tomado un frasco de somníferos y terminaron todos en el hospital más cercano. Al día siguiente en la playa, cuando Sara le preguntó cómo se sentía, Zelda le contestó: “¿No te dije que Scott y yo no creemos en la preservación?”.

A pesar de ese mal paso inicial, los Murphy y los Fitzgerald pasaron mucho tiempo juntos en París y la Riviera durante los dos años siguientes. Scott nunca prestó la menor atención a la pintura de Gerald (quien en 1926 escandalizó al Salón de los Independientes parisino con su enorme y más tarde desaparecido cuadro Boatdeck, que mostraba la sala de máquinas de un transatlántico como si fueran las entrañas de una bestia), así como Gerald nunca tuvo en especial estima la obra literaria de Scott (prefería los libros de Hemingway; no así Sara, que había disfrutado Gatsby; pero cuando leyeron Tierna es la noche, a Sara le disgustó mucho más que a Gerald). Según Calvin Tomkins (biógrafo de Duchamp y autor de un libro sobre los Murphys titulado Living well is the best revenge), a Scott nunca le entró en la cabeza que los Murphy no eran verdaderos millonarios, como los Mellon o los Morgan o los Guggenheim, y que él y Zelda gastaban diez veces más dinero para vivir bastante peor que Sara y Gerald (ejemplo: los Murphy habían pagado por Villa América lo mismo que gastaron los Fitzgerald en cuatro meses de alquiler de un departamento en París). Quizá por eso Sara sostuvo siempre que Fitzgerald entendía poco y nada de la gente en general y de los Murphy en particular.

A diferencia de lo que opinaban muchos (Hemingway entre ellos), Sara veía a Scott más autodestructivo que a Zelda y creía que era él quien arrastraba a ella en la caída, incluso cuando comenzaron las internaciones de Zelda en clínicas psiquiátricas suizas (por la misma época en que el hijo menor de los Murphy contrajo tuberculosis). Con la crisis de 1930, Scott debió buscar una clínica más barata para Zelda en Estados Unidos. Allí publicó Tierna es la noche en 1934, allí se enteró poco después de que el pequeño Patrick Murphy había muerto y que Baoth, el otro hijo de Sara y Gerald, sucumbió a un ataque de meningitis poco después.

En 1935, Gerald le escribió a Scott: “Es cierto lo que dices en la novela: sólo la parte inventada de nuestras vidas tuvo su belleza, su razón de ser. La vida real ha hecho ahora su irrupción, con sus torpes mandobles, su destrucción”. Los Murphy también habían vuelto de Europa: Gerald debió hacerse cargo de la empresa de la familia para salvarla de la quiebra (lo logró, pero quedó trabajando en ella los siguientes treinta años: la escena más temida de su juventud).

El veredicto adverso contra Tierna es la noche lo inició Hemingway, cuando acusó públicamente a Scott de tramposo por empezar el libro retratando a los Murphy (en los personajes de Nicole y Dick Diver) y convertirlos después en Scott y Zelda. Las críticas norteamericanas repitieron obedientemente la acusación (en muchos casos sin saber ni quiénes eran los Murphy) y objetaron también que el libro “no fundamentara la desintegración final de sus protagonistas” (sic). La muerte de Fitzgerald, la edición póstuma de El crack-up y el paso de los años fueron, sin embargo, revirtiendo las opiniones sobre la novela: hoy es considerada casi unánimemente una de las mejores novelas de la literatura norteamericana de todos los tiempos.

Poco antes de morir, Scott le escribió a Gerald desde Hollywood: “Hubo muchos días de estos años en que la ayuda que me dieron tú y Sara fue lo único bueno que recibí de la raza humana” (los Murphy pagaban la escuela de Scottie los meses en que a Scott sólo le alcanzaba para cubrir la clínica donde estaba internada Zelda). Y a continuación se comparaba brevemente con Dick Diver, en lo que a mi gusto es la más reveladora radiografía que he leído acerca de su persona: “Como el suyo, mi proceso de deterioro tuvo sus orígenes en una fatal falla de carácter: deseé ser amado por encima de ser bueno, valiente, generoso, sabio”. Hay quienes sostienen que Dick Diver es el mejor personaje que creó Fitzgerald precisamente por eso: porque el lector teme por su destino de una manera en que jamás llegará a temer por un Jay Gatsby.

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Los Murphy en la Riviera, durante la década que forjaron su leyenda.
 
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