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Domingo, 21 de diciembre de 2008

Una nueva intimidad

Las nuevas generaciones, los hijos de los inmigrantes, empiezan a ingresar a una literatura francesa de nacionalidades ampliadas.

 Por Ezequiel Acuña

La princesa y el pescador
Minh Tran Huy

Norma
185 páginas

A principios de 2007 el diario francés Le Monde publicaba en su suplemento literario un manifiesto firmado por un buen número de escritores que se declaraban a favor de una nueva literatura francesa que fuera consciente de que sus límites no se ciñen a los de la nación; una “literatura-mundo”, decían, transnacional y abierta a toda escritura en idioma francés. Los firmantes, entre los que se encontraba el actual Premio Nobel J. M. Le Clézio, y Tahar Ben Jelloun un escritor magrebí reconocido por sus intervenciones críticas sobre literatura e inmigración no dudaban en poner como ejemplo la importancia de Salman Rushdie y Hanif Kureishi en la literatura inglesa. En definitiva, el llamado al fin de las literaturas nacionales y nacionalistas que ensayaba este manifiesto funcionó como una respuesta del mundo literario a las elecciones presidenciales y las propuestas del actual presidente Nicolas Sarkozy para resolver los problemas de inmigración, tema de debate que aún aqueja al viejo continente.

La princesa y el pescador, primera novela de la francesa Minh Tran Huy, entra en este juego a mitad de camino entre el relato de exilio y la literatura de inmigración, aunque en principio la historia que se cuenta no esté del todo de acuerdo con esta afirmación. Una adolescente francesa, hija de exiliados vietnamitas, conoce en un viaje de estudios a Nam, un muchacho nacido en Vietnam que logró escapar del régimen comunista junto a su hermano dejando atrás al resto de su familia. Lan, narradora y fuerte alter ego de Minh Tran Huy, se enamora del joven vietnamita y se obsesiona con todo lo que éste calla sobre su pasado, sus padres abandonados en Oriente y su vida de adolescente inmigrante. Por efecto de ese silencio, a medida que la relación de amistad que los une avanza por los cafés parisinos, Lan comienza a preguntarse por sus propios orígenes, el exilio de sus padres del que desconoce casi todo y su identidad repartida entre dos mundos disímiles.

Tal vez de forma apresurada, Vila-Matas afirma en el prólogo de La princesa y el pescador que se trata de una novela sobre el silencio. En verdad, vale decir que lo que se calla en el libro puede no ser tan relevante como lo que Minh Tran Huy cuenta en segundo plano aparentando poca importancia. Porque lo que allí emerge es el mundo íntimo de la juventud hija de la inmigración que unos años atrás incendiaba las calles de París para la sorpresa e indignación de los franceses de larga estirpe. Y no es que La princesa y el pescador se ocupe de la discriminación o las agendas políticas, sino que desde su modesto lugar de novela romántica parece ensayar una tímida respuesta al transitado tema de la identidad. “Por mucho que mis padres hubieran nacido allí”, dice la narradora en su primer viaje a Vietnam, “llevaban fuera demasiado tiempo para sentirse totalmente cómodos en aquel entorno; del mismo modo, aunque conociera la lengua, la mentalidad y las costumbres de un modo más profundo que el turista normal y corriente, yo seguía siendo una extranjera”.

Tahar Ben Jelloun decía hace unos años que el inmigrante era víctima de una imagen confusa y distorsionada en el pequeño lugar que se le otorgaba dentro de la literatura francesa, llevándolo a un estado de invisibilidad del que sólo algunas novelas como Desierto de J. M. Le Clézio lograban rescatarlo. En todo caso, si bien no es una novela que se destaque por su brillo literario ni se sumerja con profundidad en el entramado social europeo, La princesa y el pescador viene a ocupar ese espacio de la intimidad francesa que intenta tornarse visible.

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