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Domingo, 8 de marzo de 2009

La noche 1002

Con una novela histórica que abarca desde el imperio mongol hasta la Florencia renacentista, Salman Rushdie vuelve a explorar esa sutil membrana que separa la realidad de la ficción en una trama de historias cautivantes.

 Por Rodrigo Fresán

La encantadora de Florencia
Salman Rushdie

Traducción de Carlos Milla Soler
Mondadori, 2009
336 páginas

Casi no hay entrevista en la que Salman Rushdie no señale y ubique su Big Bang artístico en ese día mágico en el que, con poco menos de diez años, entró a un cine de Bombay para ver El mago de Oz y, 101 minutos más tarde, salió de allí convertido en otra persona, en un escritor.

Y está claro que la influencia y el alcance de la radiación color rubí del clásico de 1939 ha sido larga y poderosa. No hay título en la obra de Rushdie (Bombay, India, 1947) que no aparezca marcado por la idea de atravesar una “membrana” que separa a un mundo de otro o, para ser más específicos, que divide a Oriente de Occidente. Así –ya sean los niños mágicos de Hijos de la medianoche, los arcángeles en picada de Los versos satánicos, los iluminados envejecedores de El último suspiro del moro, los rockers en fuga de El suelo bajo sus pies, los artistas de circo de Shalimar el payaso–, todos sus personajes son recorridos por la idea del tránsito de una cultura a otra, del pasaje del dócil blanco y negro al más rabioso technicolor, impulsados por la magia torrencial de palabras apasionadas.

La encantadora de Florencia –que puede ser considerada un relato infantil para adultos del mismo modo que Harún y el mar de las historias fue entendido como un relato adulto para niños– no es la excepción a la regla y nos trae al Rushdie más Rushdie de todos.

Un autor en la plenitud de sus poderes y consciente de que el único límite es la ausencia de límites. Y que aquí propone la variante rushdieana y muy sensual de la novela histórica a la vez que un nuevo desenfrenado vals entre territorios representados por la fastuosa ciudad de Fatehpur Sikri del imperio mogol y la renacentista Florencia de finales del siglo XVI.

La novela narra las peripecias del rubio refugiado florentino Niccolo Vespucci. Autodefinido como “el Mogor dell’Amore”, Vespucci es un fabulador que se dice embajador de la reina de Inglaterra, descendiente de Genghis Khan y tío del emperador Akbar. Y a él le pide protección. Akbar es musulmán, vegetariano, guerrero y filósofo, y se aburre un poco, aunque en su corte tenga lugar otro Renacimiento. Vespucci desgrana su compleja y azarosa vida a Akbar y –sí, aquí Scherezade es un hombre– el emperador comienza a sentir el efecto de las aventuras del contador de historias. Y enseguida se confunden no sólo las fronteras de dos mundos opuestos pero complementarios sino, también, la de la realidad con la fantasía y con la mítica belleza de la princesa escondida Qara Köz –también conocida como Ojos Negros y Angélica– evocada por Vespucci.

“Nosotros somos el sueño de ellos y ellos son el nuestro”, leemos en la página 50. Y para la página 93, la suerte –la buena suerte del lector– está echada: “¿Es esto lo que hacemos todos? Este hábito de la mentira encantadora, este continuo embellecimiento de la realidad, esta pomada aplicada a la verdad... ¿Es la verdad algo demasiado pobre para nosotros?”.

La respuesta es sí.

Mención especial merece la habilidad de Rushdie para nutrirse de una apabullante bibliografía y utilizar lo que le conviene sin que en ningún momento la proliferación de datos históricos y académicos entorpezca el flujo narrativo y distorsione el idioma de la novela y las digresiones del Mogor dell’Amore. De algún modo, La encantadora de Florencia produce el mismo embriagante efecto que la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles: un torrente enciclopédico pop-cultural donde hay sitio para Orlando Furioso de Ariosto, Vlad “Drácula”, Tepes, Orlando enamorado de Boiardo, el almirante Andrea Doria, Maquiavelo, Las ciudades invisibles de Italo Calvino, Botticelli, el Kama Sutra, Americo Vespuccio, un puñado de Médicis y, por supuesto, las hermosísimas mujeres marca Rushdie –verdaderas o imaginadas–, bailando por Italia, India, Africa y el Nuevo Mundo.

Dicho esto, no está de más advertir a los exploradores que en La encantadora de Florencia, Rushdie –alguien que siempre hace lo que se le antoja, que no pide permiso a nadie y a quien nada preocupa– es más Rushdie que nunca. Y que abundan aquí sus tics, sus gracias, sus magias, sus más travesuras que juegos de palabras, sus malabarismos y caídas libres. Por lo que quienes no disfruten de sus modales harán bien en no bajar del barco; mientras que sus seguidores serán recompensados con uno de los viajes más regocijados y regocijantes por la movediza tierra firme de un universo que es suyo y sólo suyo.

En el inicio de la novela, describiendo al Mogor dell’Amore, dice Rushdie: “Era capaz de soñar en siete lenguas: italiano, español, árabe, persa, ruso, inglés y portugués. Había adquirido las lenguas del mismo modo que los marineros adquirían las enfermedades; las lenguas eran su gonorrea, su sífilis, su escorbuto, su paludismo, su peste. Tan pronto como concilió el sueño, medio mundo empezó a balbucear en su cerebro, contando prodigiosos relatos de viajeros. En este mundo a medio descubrir, cada día traía consigo noticias de nuevos encantamientos. La ensoñadora poesía de lo cotidiano, visionaria y reveladora, aún no había sido aplastada por la estrecha y prosaica realidad. Siendo él mismo narrador de relatos, se había sentido impulsado a abandonar su casa por historias asombrosas, y por una en concreto, una historia que lo enriquecería o le costaría la vida”.

Pero está claro que allí Rushdie nos habla de Rushdie, del encantador de Bombay, de su capacidad para seducir contando, de su convencimiento de que una buena trama –un Había otra vez...– es la más grande de todas las riquezas.

Bienvenidos a la noche 1002.

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Rushdie de niño
 
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