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Domingo, 8 de marzo de 2009

Allá lejos en la guerra

Novela que no oculta ni por un instante la crudeza bélica, Más y más lejos recrea la participación de los irlandeses en la Primera Guerra Mundial.

 Por Alicia Plante

Más y más lejos
Sebastian Barry

Norma
323 páginas

Se podría decir que Más y más lejos es un texto de historia ficcionada en el cual el personaje central, Willie Dunne, un adolescente irlandés de diecisiete años, permite al autor dramatizar un ángulo poco usual de los hechos ocurridos durante la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, la narración tiene suficientes valores literarios, juegos metafóricos e incursiones en el terreno de la belleza, para no comenzar un comentario con conclusiones de orden general. En una historia verosímil, bien estructurada y plena de interés (algo que ni la torpeza de la traducción anula enteramente), la trama crece y se desarrolla en torno de distintos aspectos de la vida de Willie: los perfiles de su padre, sus tres hermanas y Gretta, el amor de su vida, van surgiendo con nitidez y ternura. Pero no cabe duda de que se trata de una novela de guerra, una obra cruda, que muestra sin anestesia los espantos de una contienda particularmente inhumana, enfrentamientos de trinchera a trinchera, en la cual el enemigo, siempre al alcance de un tiro de fusil, no es totalmente anónimo; una horrorosa guerra cuerpo a cuerpo bajo el constante fuego cruzado de metralla y la explosión de las bombas de mortero de ambos lados: “es sorprendente que las balas nunca choquen en el aire”, pueden reflexionar los que siguen avanzando, los que alcanzan la “trinchera de aproximación, una especie de alcantarilla hedionda con el fondo alfombrado de cadáveres pisoteados, la carne de los compañeros muertos triturada por las botas”. “¿Era la humanidad entera el enemigo?”, eso parecía por momentos, cuando el único rey en esa “trágica lucha entre ovejas” era la muerte.

La intención de Barry es evidentemente reparatoria y reivindicativa de la importancia –nunca reconocida por los ingleses– que tuvo la participación en la Gran Guerra de aquellos miles y miles de muchachos irlandeses encarnados por Willie Dunne, voluntariamente alistados para pelear contra el kaiser alemán junto al rey Jorge de Inglaterra. Habían sido llamados en persona por lord Kitchener, el parlamentario británico que en nombre de la corona prometió la autonomía para Irlanda al terminar la guerra. Sobre la base de esa promesa, John Redmond, el líder irlandés autonomista, refrendó el llamamiento y fueron oleada tras oleada los que creyeron en la seriedad del compromiso británico y aceptaron jugarse la vida en aquella apuesta por la libertad de Europa y especialmente por la patria: tras 700 años de dominio imperialista, Irlanda sería independiente, un país con identidad propia frente al mundo. Así, los reclutas se pusieron el odiado uniforme caqui del ejército inglés y partieron rumbo a Bélgica, hacia la región flamenca donde se libraban sangrientas batallas.

La primavera sucedió al helado invierno en las trincheras y, mientras la guerra continuaba su devastación en el frente, en Dublín estallaban focos de enorme violencia entre los nacionalistas más radicalizados, que no estaban de acuerdo con que Irlanda peleara junto a Inglaterra, y los que, como Willie Dunne, creían servir mejor a su patria y a Europa con aquella alianza provisoria. Mientras en la capital se peleaba aquella otra batalla entre hermanos, el Decimosexto Regimiento, compuesto casi totalmente por voluntarios irlandeses del sur y del Ulster, siguió avanzando a costa de cientos de cientos de hombres que quedaban tendidos sobre la tierra “como raíces de remolacha brotando de los campos”. Sin ahorrar detalles, Barry habla del fantasma oscuro y siniestro de la muerte dominándolo todo, del pánico de los soldados a ser destrozados al segundo siguiente, del vértigo de ya no poder cambiar de idea, sólo seguir adelante, llorando a los gritos pero con el fusil disparando a ciegas y la bayoneta calada, ríos de sudor y vómito, los uniformes meados, manchados de sangre propia y ajena, los pies tropezando en piernas, manos o cabezas sin su cuerpo, la destrucción y la locura “metidos como piojos en la sangre”.

En 1917, poco antes de que terminara la Gran Guerra, el valiente ejército francés se había amotinado había sufrido medio millón de bajas. Ante este hecho el sargento Moran subraya que “jamás se vería a un regimiento de irlandeses negándose a combatir”. Todo lo cual, dice Barry sobre el final, no sirvió para absolutamente nada: “La autonomía era un fracaso total”..., y a los irlandeses, a causa de las matanzas de los rebeldes, “ambos países los llamaban traidores”. Y concluye el autor en nombre de todos, vivos y muertos: “los hombres equivocados estaban en el poder, los hombres equivocados seguían sometidos”.

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