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Domingo, 31 de mayo de 2009

Oye brother

Detrás del éxito obtenido por su novela ganadora del Pulitzer, se publica el excelente volumen de cuentos Los Boys, promisorio debut de Junot Díaz de hace diez años.

 Por Damián Huergo

Los Boys
Junot Díaz

Editorial Mondadori
191 páginas

A las múltiples virtudes que los críticos le señalaron a La maravillosa vida breve de Oscar Wao habría que sumarle la reedición de Los Boys, el primer libro de cuentos de Junot Díaz, como un efecto colateral del huracán Pulitzer que arrastró al escritor dominicano de país en país, de presentación en presentación, desde que subió al panteón de las letras norteamericanas en 2007. Los Boys —el título de la primera edición (1996) es Drown (ahogado)— agrupa los cuentos que Díaz fue publicando en antologías y medios gráficos de renombre (como Granta, Story y New Yorker) que lo convirtieron en una figura de culto aún antes de su bautismo editorial. Su precoz reconocimiento —no en ventas sino en prestigio, que es otro perfil del capital— se debe a que Díaz supo contar historias norteamericanas como las de Carver y Ford, narradas y protagonizadas por mujeres y hombres dominicanos. Los Boys, escrito en un lenguaje que desborda el spanglish, logra crear una lengua que no se escucha en los suburbios de New Jersey —sitio donde se instaló la comunidad Dominicanyorks— ni en República Dominicana, sino sólo en la literatura de Díaz y en la de su compatriota Juan Dicent.

Los diez cuentos de Los Boys pueden leerse por unidad o como una novela episódica. Los personajes, moldeados por la memoria familiar del autor, saltan de un cuento al otro acarreando las historias anteriores que suceden en suelo dominicano y/o en la New Jersey que atrae y repele. Por ejemplo en “Fiesta, 1980” se narra la disolución del sueño americano de la familia inmigrante que se lee entre líneas en “Aguantando”; a la vez los cuentos siembran elementos que serán retomados a posteriori o que funcionan como flashback que complementan otras historias. Es el caso de “Negocios”, el magnífico cuento largo que cierra el libro y que cuenta las peripecias del padre del narrador desde que consigue la plata para el pasaje de ida a Miami engañando a su suegro, hasta que padece y se adapta al “estado de guerra” cotidiano que viven los inmigrantes en Norteamérica. Está violencia Díaz la narra en “Sin cara”, fábula moderna donde retoma la historia de Ysrael —personaje con que se titula el primer cuento—, un chico que usa una máscara para cubrir las deformaciones que le quedaron en el rostro luego del ataque de un chancho. Ysrael representa a la minoría sin derechos laborales, a las mujeres abusadas sexualmente y que no tienen la posibilidad de reclamar justicia, a las víctimas de las ilegalidades que comete la policía a los ilegales, al inmigrante invisible.

Como Oscar Wao, los personajes de estos cuentos también son “monstruos de los márgenes de la ciudad”, sin embargo pese a caminar las mismas calles transitan por submundos diferentes. Los personajes de Los Boys tienen lo que Oscar desea y más, mucho más. En estos cuentos hay sexo, amor, drogas, precarización laboral, robos y engaños; condimentos que aparecen todos juntos como si estuviesen dentro de una cajita (in)feliz, que incluye una bomba de tiempo, en la irracional historia de amor “Aurora” y en la carveriana “Edison, New Jersey”. En su primer libro, Díaz escribe como si estuviese utilizando una técnica de judo: absorbe la violencia, simbólica y concreta, que reciben sus compatriotas y la transforma en escritura de combate. Díaz, como recomienda Buda en el camino hacia la iluminación, va matando en cada cuento a las figuras que representan o tienen algún grado de autoridad —padre, hermano mayor, patrón, policía, novia, amigos—; el modo en que lo hace no es apoyando el dedo moral de la literatura en su cabeza, sino poniendo en evidencia sus acciones racionales.

La maravillosa vida breve... nos muestra a Díaz como un escritor dominicano acostumbrado a la nieve y a las manos frías de New Jersey, en cambio en Los Boys, no hay guiños for export (como las notas al pie que cuentan la Historia dominicana o los párrafos que explican rasgos típicos de la identidad de sus paisanos) sino que les habla a los panas de igual a igual, de un modo seco y lacónico, con mucha bachata de fondo, y sin una sobrecarga de hipérboles humorísticas como en su novela.

Estos dos modos de contar, con un paréntesis de once años de por medio, amplían el registro narrativo y visual de Díaz, lo cual lo hace poseedor, con sólo dos libros publicados, de una maravillosa obra breve.

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