libros

Domingo, 31 de mayo de 2009

El sur realismo también existe

Una novela argentina absolutamente original por ir tras los pasos del surrealismo.

 Por Alicia Plante

Una vida con sombrero
Leonardo Pitlevnik

Paradiso
296 páginas

A partir del movimiento dadaísta y tomando a André Breton de abanderado, el surrealismo inició el batir de sus alas en Francia durante el primer cuarto del siglo XX. Rápidamente, con la patafísica del escritor Alfred Jarry como antecedente, se abrió paso en la dramaturgia como teatro del absurdo, con Eugène Ionesco y Samuel Beckett como labradores del primer surco. El surrealismo fue un estallido estético que se propagó como sólo puede hacerlo un descubrimiento “necesario”. Por otra parte, su desarrollo en épocas de tanta violencia, de tanta muerte, también se explica como una reacción defensiva: la profundidad abismal de la mente, lo subyacente en los símbolos, lo determinante del lenguaje, quizá remiten a la búsqueda paranoica de “la cueva”, del nivel imperceptible donde ocultar el cuerpo y a la vez donde comprender lo incomprensible.

Por otra parte, frente al surrealismo como modo aparentemente absurdo de reflejar (término atado a la irrealidad de la imagen especular) nuestro mundo, frente a su transgresión flagrante de la normativa impuesta desde la lógica de la realidad como la conocemos, cabe preguntarse qué hay, qué hubo, qué reaparece (como en el libro que nos ocupa) en esta forma iniciática de mostrar lo que no se puede (debe) expresar. En otras palabras, cuando con excelente escritura Leonardo Pitlevnik nos lleva de la mano a través de un recorrido indeclinablemente surrealista, ¿juega con nosotros?, ¿se complace en una fantasía carente de sentido?, ¿es Una vida con sombrero un relato infantil? Estos son algunos de los más características cargos de la crítica ortodoxa en contra de las incursiones iniciales del teatro y posteriormente de todas las formas del arte en el surrealismo. En este caso, el relato de Pitlevnik (finalista del Premio Emecé de Novela 2009) se trata más bien de la búsqueda que un personaje –significativamente sin nombre– realiza en pos de una figura inasible, la de un Padre ideal que sólo parece serlo y al que no puede “matar” ni salvar de su pulsión destructiva, y al que finalmente debe abandonar a su propia castración. Una mujer hereda su consiguiente situación de dolor, soledad y falta de rumbo, pero también debe huir de ella para no quedar subsumido, para no desaparecer en ella.

El viaje es circular y la aventura del personaje termina donde empezó, en las trincheras de un guerra sin fin, de cuya supuesta protección salió para buscar al padre. Es allí, frente a un paisaje laberíntico que ya no reconoce, que se descubrirá ocupando simbólicamente el lugar (en la foto que provocó el inicio de su exploración) de ese padre ambivalente.

Es la independencia, es la voz de un niño “que me dio alguna esperanza” porque “no había niños al inicio de mi viaje”: se llega a niño para recomenzar cuando el reconocimiento de sí mismo en otro diferente se vuelve posible. Primero fue el sombrero de copa que lo acompañó con sus reconfortantes conversaciones en su exploración del doloroso mundo de los adultos, pero sobre el final ya no será la soledad.

Sea por lo que sea que Pitlevnik prefirió la plasticidad poética del lenguaje surrealista, a eso: ¡chapeau!

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