libros

Domingo, 3 de noviembre de 2002

RESEñAS

De sacerdotes y pendejos

Rubén Darío
Blas Matamoro

Espasa Calpe
Madrid, 2002
268 págs.

Por Sergio Di Nucci
Alfonso Reyes cuenta una anécdota de Rubén Darío en México. Viajando en tren, un sacerdote con inquietudes literarias se acerca a Darío devotamente. Rechaza la “copita” que le ofrece el poeta, y ya hablan de libros y de autores. En algún momento nuestro sacerdote le dice: “Sí, claro, yo sé que no le agrada Flores, porque él no es de su escuela”. Darío interrumpe: “Yo no tengo escuela, no sea usted pendejo”.
El argentino Blas Matamoro también reproduce esta anécdota en Rubén Darío, la biografía ensayística del poeta nicaragüense que provocó hace unos meses reacciones rarísimas por caricaturales (o no tanto, pues se trató del mismo escándalo que debió soportar el mismo Darío hace más de un siglo atrás). Por supuesto, existían como hoy salvoconductos. Y en sus mejores y brevísimos momentos el modernismo latinoamericano fue uno de los más eficaces. La tertulia modernista fue de y para los varones; la mujer, desdeñada o adorada, es siempre naturaleza y reacción. Pero la impugnación al movimiento no fue articulada. Como anota Matamoro, no existió en la América española una base social que sustentara al positivismo o al neorromanticismo, como no la hubo para el Romanticismo ni para la Ilustración. Pobres en un continente pobre, “todo es provinciano”, y la originalidad de Darío no es otra cosa que la atención de un americano, de sus temas y problemas, por Francia, pilar y síntesis de Occidente. O en opinión del decisivo Juan Valera, que condensó la de muchos: “Todo en Darío es natural y espontáneo, aunque primoroso y como cincelado”. Por un Rodó que, insoportable, aleja a Darío de Verlaine y “su ajenjo amargo” y de Baudelaire y su “farmacia tóxica”, existen mil otros que más bien ven allí una continuidad, en las herencias literarias pero, sobre todo, en los ánimos y convicciones.
Matamoro presta atención a cada uno de los temas centrales en la vida y obra de Darío, desde sus decepciones trasandinas y la infatuación por Buenos Aires hasta su cosmopolitismo irrenunciable y esa “Hispania fecunda” que lo informó a él y a tantos otros. También dedica párrafos a su misticismo, a la preocupación por los nombres y a la exaltación velada que hace del buen amor varonil, “entre tanta hembra falsaria”. Nos recuerda, por ejemplo, que la música que mueve a Darío es aquella “para el corazón y no para la cabeza”, o que en su causa por un castellano de raíz latinoamericana radicó su mayor acierto.
Hay exageraciones: en las interpretaciones de ciertos títulos, en la insistencia por el psicoanálisis o el “culebrón freudiano” (como el mismo Matamoro dice): el pequeño Darío es igual al adulto en el padecimiento de “terribles problemas de identidad”, siempre con ansias de un padre, que encarna fugazmente León XIII –”el Papa cubre el lugar del papá”–, y rellena así “el tremendo hueco dejado en su historia por la ausencia del padre histórico”. Es en esos momentos que el volumen pierde fuerza.
Por lo demás, se trata de una de las biografías más estimulantes de los últimos años en lengua castellana, repleta de observaciones laterales, adjetivadas de manera impecable. Y que página a página convoca a una inteligencia que se cimienta en esa sensatez que desplegó en vida Darío, contraria al conformismo pero también a los disparates desde dentro y fuera de las universidades.

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