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Domingo, 26 de julio de 2009

Trago amargo

La novela breve Presagio de Carnaval marca un nuevo rumbo en la obra de Liliana Bodoc. La historia de un vendedor de yuyos boliviano carga con un enigma que lleva al lector a los márgenes del margen.

 Por Luciano Piazza

Presagio de Carnaval inaugura una nueva etapa en la escritura de Liliana Bodoc. El mundo fantástico de La saga de los confines por ahora quedó enmarcado en la trilogía y da paso a una novela que trama la tragedia de un hombre común. Ahí se cuenta la calamidad que se desencadena para Sabino Colque, boliviano vendedor de yuyos, porque una noche de Carnaval cruza una delgada línea que implícitamente le estaba vedada cruzar a tipos como él. Sabino está en el borde de la legalidad, es un ciudadano sin papeles, un autoexiliado que se desprendió de sus raíces y que se transformó en vendedor de raíces, mezclado con otros tantos que intentan sobrevivir en la plaza de la parte vieja de una ciudad que podría ser Jujuy. Su vida transcurre con un anonimato eficaz hasta que se atreve a mirar con ganas a una mujer hermosa y con dueño. Muy cerca, una pareja con ansias de ascenso, lo vende a cambio de promesas. El novio celoso completa el cuadro, quien activa las fuerzas para que lo reubiquen al yuyero.

Se trata de un relato simple, que todo lector sabe cómo se resuelve. El final anunciado funciona como una tensión más fuerte aún que la intriga. El asunto pasa por reconocer al héroe, palpar su historia, saber de qué huye perdido en una plaza vendiendo yuyos. Luego nos enteramos de que Sabino se va del hogar de los Colque recordando la tradición de “los sanadores, que se sobreponían al alcohol y lograban que toda la familia se sintiera parte de una verdad más vasta y antigua que la miseria”. Entonces sabemos que está buscando evitar que la miseria marque su vida y su muerte, y en ese mismo momento sabemos también que no lo va a lograr.

La actualización de la tragedia sería completamente efectiva si cada uno de los actores no pudiera actuar sino de la manera en que lo hizo. Los altruistas absolutos encontrarán en esta novela una trama con un egoísmo exigido. Los egoístas por principio encontrarán una confirmación. La historia que arrastra está enmarañada con la historia de Latinoamérica. Así como “el yuyero” representa a un pueblo, como puede ser cierta parte del pueblo boliviano, encarna la historia violenta y humillante de toda una región. “Esta tragedia, como cualquier otra, no fue resultado de una contingencia”, se dice. Una tragedia más profunda se hace presente en Sabino y las generaciones cercanas, que reviven cientos de años en los que se cuecen la desdicha para muchos y la redención de unos pocos. Si bien puede sonar a una versión simplificada de una foto contemporánea, sin embargo, la historia del yuyero indaga y pone de relieve miserias constitutivas del hombre.

Siempre hay margen suficiente para desplazar a un rechazado un poco más allá del margen que ocupa. La dialéctica del desplazamiento entre centro y margen se puede pensar como fractales, porque siempre hay un margen de otro margen, del que alguien trata de alejarse, hacia un centro más al centro, hacia donde otros tratan de acercarse. Si se acepta que estos círculos existen, entonces no sería difícil reconocer que con frecuencia hay alguien comerciando los pases entre círculos, y con más frecuencia aparece un traidor dispuesto a reacomodarse más al centro, pisando la cabeza de alguno que tiene cerca. Entonces no suena disparatado que un argentino, hijo de un revolucionario asesinado en los setenta, traficante de plaza, se pare sobre la cabeza de Sabino, el yuyero boliviano, para ubicarse en un comercio un poquito más lejos de la plaza y un poco más cerca de su mujer; la empleada de un comercio, que sueña con quedarse con el negocio para estar un poquito más cerca de los dueños que desprecian ese miserable local de ropa. Por momentos suena tan cotidiano, que cuesta vislumbrar el sentido de lo trágico.

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