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Domingo, 26 de julio de 2009

CORRESPONDENCIAS

Somos como hermanos

Cartas de una hermandad reúne 179 piezas de una amistad personal y epistolar entre Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, el editor Samuel Glusberg y el poeta Luis Franco. Horacio Tarcus reconstruye la historia de una pequeña comunidad afectiva, literaria e intelectual que reconoció un padre, hermanos mayores y menores a lo largo de varias décadas centrales en la conformación de un pensamiento y una sensibilidad.

 Por Claudio Zeiger

Hay una dificultad y un encanto especiales en los relatos acerca de proyectos grupales o comunitarios. Algo que parece darse de narices contra el concepto o la esencia misma de lo biográfico. La biografía, por definición, se entiende como la reconstrucción de una vida. Lo que sucede alrededor de un escritor, un personaje histórico o un artista, las tramas que se entretejen a lo largo de una vida y una obra, hacen eje en ese centro, en ese uno. Generalmente, la autobiografía y los diarios íntimos expresan cabalmente esa centralidad y confirman el mito del creador singular y único, orientando también los pasos del biógrafo. Pero ya las cartas operan otra forma de conexión y circulación. Las cartas (o sus equivalentes “tecnológicos” de hoy como el mail, el chat, etc.) entran en el terreno del grupo, la comunidad. La historia de una amistad es así una expresión de la biografía colectiva. Y ni qué hablar si en vez de dos, los amigos son, como en este caso, cinco. El colectivo puede tomar las formas de una nueva familia, una cofradía, una hermandad. A instancias de Pedro Orgambide, Horacio Tarcus, eligió este último término para titular la recopilación de 179 cartas intercambiadas entre Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco y Samuel Glusberg. La “hermandad” alude a peculiares formas de vínculo donde se cruzan el afecto y la amistad, las filiaciones y las generaciones. Lugones, el padre; Quiroga y EME los “hermanos mayores”; Franco y Glusberg los “hermanos menores”. Tarcus –historiador, y docente, investigador especializado en el rescate de la cultura y archivos de la izquierda– también habla en su excelente introducción al epistolario (Un estudio de afinidad electiva) de “comunidad espiritual”, la que se fue conformando en la Biblioteca Nacional de Maestros (Lugones fue su director por más de veinte años), en cafés y bares porteños, ejercitando básicamente el arte de la conversación. Por eso debió llegar la dispersión del grupo y la distancia para que esa comunidad o hermandad se consolidara en escritura. Según señala Tarcus, “en 1931, Quiroga retornaba definitivamente a la selva misionera de San Ignacio; dos años después Franco abandonaba Buenos Aires para instalarse durante más de dos décadas en su Belén natal; también a partir de 1933, Martínez Estrada se replegaba de la vida pública por largas temporadas y durante varios años a una chacra que había adquirido en la localidad bonaerense de Goyena; y finalmente, en 1935, Glusberg terminaba por autoexiliarse en Santiago de Chile (...) Paradójicamente, fue gracias a la diáspora de los años ’30 que nos han quedado estos testimonios, los que hoy nos permiten entrever el funcionamiento de una comunidad de pensamiento tan singular”.

Las cartas trazan los itinerarios a veces cruzados y a veces plagados de distancia entre unos y otros; hay reproches entrelíneas o reconciliaciones después de una pelea. Hay fuertes diferencias de carácter y personalidad, baste pensar en aquello que podía separar al antiintelectual Quiroga (“yo y los pocos que tenemos la mano derecha limpia de escribir y la izquierda sucia de tierra y cal, somos unos descastados”) del temperamental EME o del clínico editor Glusberg. En este sentido, la figura de Lugones oficia de aglutinador, ya que a pesar de haber proclamado la hora de la espada aparece como una persona de trato profundamente amable y balsámico.

Otra forma de leer estas cartas es considerarlas como valioso testimonio del sistema literario argentino, una versión transversal, no hegemonizada por ningún Uno sino abierta en direcciones posibles, más allá de sectas y vanguardias. Claro que también se trataba de relaciones de amistad y afinidad subjetivas, de relaciones maestro/discípulo que podían llegar a tener su buena carga de arbitrariedad y elección a dedo. Hoy nos suena un poco extraño un lugar tan central para Lugones, tanto como la persistente marginalidad del siempre discutido EME, poco reconocido como escritor. Tarcus señala como marca evidente del grupo que comparten una estética y una sensibilidad modernistas.

“El ‘sistema modernista’ fue organizado por el propio Darío cuando estableció a sus ‘precursores’ –Silva, Casal, Gutiérrez Nájera– escogió a su ‘maestro’ –Martí– y ungió a sus ‘continuadores’ (Nervo, Herrera y Reissig, Lugones). Este, por su parte, con el padrinazgo de Darío, creó su propio linaje nacional –Sarmiento, Hernández– al mismo tiempo que ungió sus propios continuadores, comenzando por Quiroga.”

La operación continúa en un juego de espejos: Glusberg editor juvenil, hijo de Lugones (pero lo llega a “adoptar” como autor, logrando una confianza casi fraternal del padre); EME pondrá a Quiroga y Lugones en los sitiales más altos del cuento y la poesía de habla castellana, agregará a Hudson y coincidirá en esta elección con Franco y Glusberg.

Nosotros podemos agregar que esta cadena tenderá a cortarse porque Martínez Estrada será objeto de parricidio de una forma que no había sucedido ni aun con Lugones. Contorno y Juan José Sebreli en particular inician ese largo desprendimiento que la sociología, el ensayo y la literatura argentinos harán de La Voz del Profeta, reconociendo implícitamente su lugar de padre interminable (como lo fueron Sarmiento y Lugones).

Este libro es un importante aporte a una posible lectura transversal de la literatura argentina, en hipotética revisión de su canon. Pero a no dudar que también nos deja el gusto por asomarse una vez más al género epistolar, siempre tentador. Aquí hay cartas entendidas como intercambios de una intimidad intelectual viril, donde la densidad de lo dicho reposa a veces en la frágil lágrima enjugada que apenas se deja asomar en la tinta y el papel. El borroneo de odios y amores, los proyectos, los libros, los viajes, la diáspora, la nostalgia.

Y la aventura de ver conjugar estilos y personalidades tan diferentes. Afinidades que, como las amistades y los amores del barrio y de la infancia, a veces suceden sin que sepamos muy bien por qué.

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