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Domingo, 11 de octubre de 2009

Creer o reventar

Esa increíble necesidad de creer reúne entrevistas y artículos en los que Julia Kristeva encara el tema de la creencia en difíciles tiempos de fundamentalismos e integrismos religiosos.

 Por SUSANA CELLA

Esa increíble necesidad de creer
Julia Kristeva

Paidós
152 páginas

El ser hablante es un ser creyente”, afirma Julia Kristeva, al abordar en dos extensas entrevistas y tres artículos el tema de la creencia. El retorno de lo religioso sea desde posturas ortodoxas e integristas, sea en relación con las guerras, se confronta aquí con una larga tradición basada en la primacía de la razón. La necesidad de creer, va a decir Kristeva, es una constante en la historia, pero además constituye un rasgo propio de la subjetividad: el ser humano –como ser hablante– no puede estar desligado de la creencia en tanto se asocia a la búsqueda de la verdad. ¿De qué verdad? No objetiva o científica sino en tanto experiencia manifestada en un “creo” como acto que sostiene la vida intelectual y emotiva. Si de experiencia se trata, Kristeva se involucra con la suya, mostrando su compromiso –su imposibilidad de distanciarse asépticamente– con aquello que deja de ser así un mero objeto de estudio para quedar integrado en sus prácticas y discursos. Esta cercanía y reconocimiento hacen más visibles e inmediatos los complejos abordajes de esta intelectual que ostenta entre sus numerosas vertientes de trabajo el desarrollado en el psicoanálisis, donde la creencia aparece como el impulso que desencadena el trabajo del analista.

La referencia a escritos freudianos como El porvenir de una ilusión o El malestar en la cultura le ofrece la posibilidad de revisitar esos textos en la sociedad globalizada y sus específicas formas de violencia. Kristeva no deja de ver los usos distorsionados de los media en cuanto a la búsqueda y realización de ideales –de bienestar individual, de adquisición de productos a los que se carga de positividad–, pero simultáneamente, en el reverso, marca la relación entre las políticas de las grandes potencias y la emergencia de los fanatismos religiosos. Tanto éstos como la sociedad del espectáculo aparecen como impedimentos para aquello que reclama Kristeva: la puesta en acto de un necesario espíritu crítico tendiente a la refundación de la existencia humana, teniendo en cuenta el “deseo de sentido” y la necesidad de un “lazo unificante”. De ahí que postule nuevas formas de humanismo ante los extremos, en definitiva similares, de la irracionalidad o de la administración tecnificada de la especie.

En su trilogía sobre Anna Arendt, Melanie Klein y Colette, el elemento común fue “el genio femenino”. Ahora Kristeva vuelve a la noción de genio en una inflexión concreta: el genio aparece como un momento en el fluir temporal en el que se produce un encuentro con lo originario, a partir de lo cual es posible trazar un espacio de significación. El genio sólo se realiza en los riesgos en que cada uno –y no seres predestinados– es capaz de asumir al cuestionar su pensamiento, su lenguaje, su tiempo y toda identidad (sexual, nacional, étnica, profesional, religiosa, filosófica). En este aspecto, Kristeva establece una relación de amplio alcance: la singularidad del genio, de tradición grecolatina, se reabsorbe en el cristianismo en la experiencia singular del amor de Dios y este impulso amoroso de superación de sí se encuentra en cualquier viviente, lo que se aparejaría al cumplimiento del mesianismo judío.

Pero su atención principal está puesta en el cristianismo, y otra figura femenina surge aquí: Santa Teresa de Avila, en particular en su escritura. “Hacer esta ficción para dar a entender”, cita Kristeva, pensando en el proceso particular de una pasión “en desapasionamiento” que permite construir las ficciones de la santa cuyo valor radica en que reafirman su valor amoroso/cognitivo con la presencia de lo sensorial y la imagen, en lugar de anclarse en la abstracción. Es en la imagen, justamente, en representaciones artísticas –donde la figura de la Virgen adquiere una importancia primordial–, donde encuentra la relación entre la belleza milagrosa del cristianismo y el amor. La modificación histórica de esas representaciones la lleva a negar una “esencia de lo femenino”.

El lugar de las artes es una constante en toda la reflexión de Kristeva y siempre en términos de valorizar su función en la propuesta refundadora que propicia. El otro gran tema conexo es el del sufrimiento, y nuevamente aquí se subraya la importancia del cristianismo cifrada en el Dios sufriente en el sacrificio de la cruz. El sufrimiento aparece como parte integrante del ser hablante y el lenguaje es la vía regia para atravesarlo y aliviarlo. Psicoanálisis y religión aparecen así también en esta vertiente, vinculados. Acercarse al sufrimiento del otro para compartirlo e interpretarlo, para volverlo parte de la propia capacidad de pensar y crear, aparece efectivamente ligado a la experiencia del analista, pero se amplía a la propuesta de otras formas de relaciones interhumanas, donde tienen lugar el perdón y la reconciliación.

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