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Domingo, 22 de noviembre de 2009

Castigo terrenal

Definitivamente embarcado en darle curso a su vocación literaria, Sergio Ramírez vuelve al formato de novela policial para retratar una Managua actual, dividida entre lo que se perdió y lo que aún se puede rescatar del viejo espíritu revolucionario.

 Por Martín Kasañetz

El cielo llora por mí
Sergio Ramirez

Alfaguara
290 páginas

Luego de Castigo Divino –novela que le valió un fuerte éxito editorial, por cierto–, Sergio Ramírez vuelve con otro policial donde la historia de un país se enlaza con el pasado de sus protagonistas. Historia pública y vidas privadas en la ciudad de Managua, ciudad símbolo de una revolución y actual escenario novelesco de los avatares del narcotráfico, ciudad en tensión con los viejos principios de ex guerrilleros, principios políticos que devienen en preceptos morales.

No es casual entonces aunque literariamente resulte un facilismo un tanto obvio, que el inspector principal de esta novela se llame Dolores Morales. Su nombre indica que algo adentro se parte o se partió, más allá de la pierna ortopédica que usa (fruto de un atentado en la lucha contra Somoza). Es uno de esos tipos que viven en la indigencia de su sueldo, sin esperar nada, con una vida sin resolver, fatalmente mujeriego y con la obstinación de mantener una moral en desuso. Por otro lado tenemos a su compañero en la policía –también ex compañero de la guerrilla–, Bert “Lord” Dixon. Un tipo de modales impecables, con el comentario exacto para cada cuestión que obtiene –por bautismo de Morales– el título de “Lord”.

Esta pareja de policías –que forma un solo cráneo de obstinación y agudeza– recibe un nuevo caso: un yate de lujo que aparece depredado en la costa de la Laguna de Perlas; dentro, un libro quemado y una camiseta ensangrentada son los dos cimientos de los que partirán para construir una red interminable que recorre el camino de una mujer desaparecida, los carteles del narcotráfico, el juego y –como detalle– la sutil sensibilidad de un vestido de novia.

Nadie está realmente solo: estos dos policías son aconsejados por el fantasma del doctor Watson encarnado en una señora de limpieza –que tiene la imperdonable manía de acertar– que, entre lampazos y trapos, opina sobre lo que sabe y no debe. Esta señora es Doña Sofía –en palabras del propio Ramírez, “Doña Conocimiento”–, ex compañera de la lucha armada sandinista, una ferviente evangélica que, a diferencia del resto, aún llama a Morales por su nombre de guerra en la clandestinidad: compañero Artemio. Doña Sofía ingresó con Morales a la policía luego de la lucha armada como personal de limpieza, tarea que realiza con disciplina partidaria.

Ramírez tiene el destacado capricho de no llamar a sus personajes casi por sus nombres, sino por lo que parecen. Así llama la Monja a la Comisionada de Policía o Chuck Norris al agente de la DEA que los asiste o Ray Charles, al testigo dueño de un hotel. Esta característica los vuelve fácilmente identificables por el lector así como también cercanos.

La historia va llevando a los personajes a juntarse formando un grupo desparejo y optimista contra los narcos. Integrado, principalmente, por Doña Sofía y la Fanny –amante de Morales– y finalmente por su marido que, luego de una crisis, se incorpora concentrando esfuerzos. Todos terminan siendo investigadores y todos opinan sobre todo.

Afuera, la ciudad de Managua –excepcionalmente retratada– se debate en manifestaciones religiosas y piquetes de diversas clases: médicos que terminan escapando de los gases lacrimógenos, estudiantes en las calles, vírgenes paseadas en andas, el olor a fritanga invadiendo los barrios con su tráfico y su calor. Es la postal de la pobreza caribeña que se roza con la más exótica riqueza. También el avance norteamericano –que todo lo ocupa y transforma–, pero especialmente la pasividad de Morales, actitud de quien acepta lo que ha sucedido sin comprenderlo del todo.

Es que El cielo llora por mí es más que una novela policial. Es el reflejo de un sueño que casi parece no haber sido. Es la historia de los que intentaron y que ahora luchan contra un sistema burocrático y corrupto en una ciudad que cada vez les parece más extraña.

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