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Domingo, 20 de diciembre de 2009

Cómo desesperar completamente

En su primer libro de cuentos, Mariana Enriquez les da una unidad poco frecuente en la literatura argentina a sus doce relatos: el miedo. No simplemente el terror como género o el miedo como efecto sorpresa del cuento breve, sino como materia palpable, algo que se puede tocar y oler. El miedo cuya sombra es la desesperación que se cierne sobre sus protagonistas: los fantasmas, los aparecidos y los desaparecidos, pero también los marginales, los locos y los muertos.

 Por Esther Cross

Los peligros de fumar en la cama, Mariana Enriquez, Emecé, 2009, 224 páginas.

El miedo no es un recién llegado a la escritura de Mariana Enriquez. En su novela Cómo desaparecer complemente, es algo que está ahí, para desgracia del protagonista, y hace un trabajo de fondo en todas sus reacciones.

En Los peligros de fumar en la cama ese miedo reaparece en todo su esplendor y ocupa el primer plano. Es una consecuencia de causas diferentes y una fuente de problemas. Los cuentos lo enfocan desde distintos puntos de vista pero siempre desde adentro. No se trata de asustar al lector (“limitarse a sorprender y conmocionar al lector es un truco barato”, dijo Patricia Highsmith, y en este libro no hay ni un solo truco barato) sino de remontarse hasta el corazón mismo del miedo. Cuando una quiere darse cuenta ya está adentro de ese mundo habitado por muertitos macabros, maldiciones y deseos descontrolados. No importa si las causas del miedo son normales –habría que ver, en todo caso, qué es eso–, naturales, paranormales o sobrenaturales, justificadas o injustísimas. Una entiende muy bien de qué le están hablando.

Los cuentos de Los peligros de fumar en la cama empiezan con escenas de aspecto inofensivo, pero no hay que engañarse. Por lo bajo se oyen los latidos del mal. Cuando una chica cava en el patio del fondo, cuando un grupo de amigas –y el chico que les gusta– van en colectivo a las tosqueras, cuando una mujer lleva a su hija y sus nietas a ver a una “señora”, cuando una empleada municipal archiva datos y fotos de chicos perdidos, cuando un viejo aparece con su carrito en la cuadra del barrio, algo huele a podrido en los renglones. Como dice un personaje en uno de los cuentos, “la desesperación se huele” y usa la palabra en sentido literal.

Las cosas no se demoran, la cara y contracara de la historia se dan vuelta, lo profundo sale a la superficie y enseguida se abre el juego. Los personajes se meten en problemas y el lector –que es el personaje fantasma de los libros– se encuentra metido en los mismos problemas que ellos. Todos los caminos desembocan en un sitio sin salida. La claustrofobia trabaja hasta en espacios abiertos. El miedo es un sistema que se expande y que encierra. Ni siquiera podemos derrotarlo en el suicidio porque el miedo a morir también hace de las suyas. El panorama es terrible y los personajes avanzan hacia ese panorama. Hunden la mano donde otros sepultaron un secreto, llegan al fondo con sus preguntas y obsesiones. Se meten, por ser breves, donde no tienen que meterse. Hacen lo que hace un buen escritor.

Paralelo al mundo de todos los días hay otro mundo que pocos quieren ver y ahí van los personajes. Hay tumbas profanadas. La miseria es una maldición que puede contagiarse. La amiga protectora es el blanco del odio de sus protegidas. La voz que le dice a una nena “que no tenga miedo” proviene de alguien que no puede tranquilizar, por definición, a nadie. A veces se abren las compuertas que comunican la vida de todos los días y esta otra vida alternativa. En ese pase de una vida a la otra nacen las historias de este libro. Las adolescentes se encierran a hablar con los muertos, la copa se mueve y dibuja el mapa del mundo que explora Mariana Enriquez para después volver y reportar.

¿Cómo es ese mundo? Tiene sus especificaciones. Para empezar, hay que “dejar definitivamente de pensar en términos de qué es posible y qué no”. Para seguir, algunos hábitos del género son puestos en duda. Quién dijo que los aparecidos tengan que vestirse con sábanas. Un fantasma vestido de blanco es un eufemismo de fantasma. La angelita de “Los peligros de fumar en la cama” no “flota ni está pálida” sino que “está a medio pudrir y no habla”. Quién dijo que los muertos no puedan presentarse de día. A veces se sientan a la mesa del bar de un hotel y toman algo con nosotros. Son como todos porque, muertos y todo, son personas. Apestan y si una puede olerlos es porque están cerca. Están dispuestos a hablar pero imponen condiciones. Para que una chica pueda comunicarse con sus padres desaparecidos, tiene que salir de la habitación una de sus amigas que “está de más”. En este mundo “el miedo no se parece a la desesperación” pero la antecede y la vuelve inevitable. Los cuentos son historias de gente desesperada. La gente desesperada es capaz de hacer cualquier cosa y por eso muchas veces ahuyenta a los demás. “No se puede estar desesperado y ser razonable al mismo tiempo”, dice la protagonista de un cuento. Tiene razón pero lo que hacen las personas de estos cuentos igual es comprensible.

En una fracción de segundo, resulta que los huesos de pollo no eran de pollo, la masturbación experta acaba en una herida sangrienta, la paralítica que no sentía dolor mientras se le incendiaban las piernas ve que se le quema todo el cuerpo y una señora confiesa una verdad, que nos transforma en testigos de un crimen perpetuo. Cuando la historia termina es porque está por empezar lo mejor o lo peor –eso depende, en todo caso, del que mira—.

Leer buenos cuentos de terror es algo más bien raro. Como dice Stephen King, el miedo es una cuestión muy personal. No muchos escritores se atreven a explorarlo. A veces se limitan a imitar, de oídas, los tics de las historias que un día los asustaron. Cuentan historias de terror pero no hablan del miedo. El miedo es la intención pero no es la materia con que escriben. En la fórmula “cuento de terror” el escritor equivocado subraya la palabra “terror” y se olvida del cuento. Es un género difícil porque el miedo es difícil y esos errores temibles pueden ser casi inevitables. Hasta que aparece una escritora que, como Mariana Enriquez, no imita las historias de terror sino que las escribe desde cero.

El lector abre el libro y ve el impacto que llega. El entusiasmo lo lleva al borde de la silla. Y todo tiembla un poco.

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