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Domingo, 27 de junio de 2010

Modernos lazarillos

Bajo el fuego cruzado de la picaresca española y Moby Dick, una novela de dura iniciación a la vida.

 Por Fernando Krapp

¿Qué le dice al lazarillo de Tormes su madre, antes de dejarlo partir? “Válete por ti.” Y ésa es un poco la premisa que atraviesa de principio a fin Siete maneras de matar un gato, primera novela de Matías Néspolo, escritor argentino radicado en Barcelona. Quien cuenta la historia es el Gringo, un adolescente de la calle, huérfano y adoptado por una mujer mayor, que junto con el Chueco, su amigo de la infancia, viven varias peripecias dentro de un barrio de emergencia, una villa miseria. Ambos personajes, metidos hasta el fondo en un marco violento, se ven lanzados a una ola de terror y más violencia por un hecho desafortunado: el Chueco involucra a su amigo, el Gringo, en un delito que los mete de lleno y sin escalas en un fuego cruzado entre dos pandillas. Y, como es sabido, la violencia se paga siempre con la misma moneda.

Siete maneras de matar un gato. Matías Néspolo Los Libros del Lince 216 páginas

En primera persona del singular, Néspolo hace hablar a su personaje. No es asunto fácil combinar literatura y oralidad; balanza difícil de equilibrar, que puede tirar mucho de un lado, haciendo perder el verosímil del relato, o a veces puede caer del otro, chapoteando en un pantano lingüístico más profundo que lo estimado. Y por momentos, el lenguaje que maneja el personaje principal resulta demasiado elaborado para un chico asediado por el hambre, la violencia y el maltrato. Y frente a una novela que busca con fruición etnográfica una determinada realidad social, la pregunta queda picando, ¿se habla realmente así en la calle? Néspolo, entonces, usa una estrategia que, al mismo tiempo, le da otra dimensión a la novela: lo hace lector. El Gringo lee, cuando puede, en la calle, cuando está aburrido en su casa o en un galpón, mientras afuera lo espera el acecho de una muerte inminente, pero lee. Y está leyendo Moby Dick, la novela monomaníaca de Herman Melville, que no sólo funciona como metáfora dentro del relato, sino como postura frente a la literatura. El Gringo es, a la manera de como lo plantea Ricardo Piglia, un “último lector”. No le importa perderle el respeto a la estatua de bronce de la literatura norteamericana proponiendo otros finales, ni se cierra la boca cuando bosteza frente a la descripción enciclopédica que Melville hace de los cachalotes. El Gringo lee como vive; con un arma bajo el brazo. A esta postura, Néspolo pone un personaje que baja línea académica, a quien el Gringo descalifica y trata de estúpido. Una vez más, y fiel a los procedimientos de la picaresca, para el narrador la universidad está en la calle, porque El Gringo lee con el cuerpo; ésa es su manera áspera y violenta que tiene de relacionarse con el mundo. Y no pierde la ocasión de usar las hojas de Moby Dick para armarse un porro; al blanco metafísico de la ballena, Néspolo lo usa para poner la mente de su personaje en blanco.

Como se deslizó más arriba, y si echamos un vistazo a los manuales de literatura, veremos que la novela de Néspolo se acerca mucho más a la picaresca española que al policial norteamericano. Quizá porque la picaresca sea justamente la contrapartida del policial (o su origen menos reconocido); el desarraigo estructural de personajes desamparados que hacen de la Ley una ley adversa, un modo propio e individual de salir, como se pueda, adelante.

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