libros

Domingo, 27 de junio de 2010

Iván el fantástico

Alejado de los dos grandes modelos literarios de Dostoievski y Tolstoi, Iván Turgueniev encarnó un escepticismo moderado que lo llevó a predecir que aún faltaban cincuenta años para una profunda transformación social en Rusia. Relatos fantásticos (Adriana Hidalgo) ofrece la cara menos visible del escritor ruso y lo presenta como un notable creador de atmósferas que lo acercaron a Maupassant y Henry James.

 Por Guillermo Saccomanno

Al enterarse de que Iván había decidido ser escritor, la madre, tan déspota con sus siervos como con sus hijos, amenazó con desheredarlo. Iván le respondió con una indiferencia absoluta. Años más tarde sus austeros y sugerentes Relatos de un cazador conmoverían al zar Alejandro I para implementar reformas sociales liberando a los siervos, aunque esta liberación era relativa, ya que los explotados debían pagar por su libertad. Muerta la madre, Turgueniev se haría cargo de las propiedades y liberaría a sus siervos. Fuera de la órbita materna, el joven siguió con su vocación. A los catorce años ya conseguía publicar sus primeros poemas y cuentos. De este modo empezó a formarse Iván Sergueivich Turgueniev (1818-1883), destinado a convertirse en uno de los maestros rusos de la narrativa del siglo XIX. Llama la atención en Turgueniev cómo logró, aunque no sin dificultad, poner distancia entre el pasado de una iniciación tormentosa y una manera de narrar distante, casi impasible, más atenta a los cambios a veces imperceptibles del paisaje que a lo que se maquina en las mentes de sus personajes. Si bien su infancia y juventud no fueron marcadas por el asesinato de un padre por sus siervos, como fue el caso de Dostoievski, no apeló a la trágica infancia (¿por qué no calificarla dostoievskiana?) para explotarla en términos exacerbados para hacerla literatura.

Lo suyo fue, en estilo, una actitud en superficie desapasionada. Perseguía antes la comprensión que el crispado mensaje moral. Es evidente que sus ficciones no compartían la desesperación dostoievskiana ni la vocación evangelizadora de Tolstoi, con quienes no pocas veces tuvo cruces. Turgueniev era escéptico en cuanto a las posibilidades de transformación de su país. El misticismo político no lo convencía. Empezó a pasar temporadas largas en París y Alemania. Al entrar en contacto con la intelectualidad europea, la lectura de Hegel. además de los ensayos de Bielinski y una amistad profunda con Bakunin (a quien recrearía en su novela Rudin), su alejamiento de Rusia fue cada vez mayor. A través de Basarov, el héroe de Padres e hijos, personificaría, con menos sarcasmo que ausencia de expectativas, a los intelectuales como nihilistas. El solo uso del latín “nihil”, “nada”, y su utilización para clasificar una clase de intelectual ruso bastaría para que se acuñara el neologismo y se generalizara para nombrar una generación. Como lo definían sus contrincantes era, sin vueltas, un occidentalista, a pesar de que habría de retornar una y otra vez a su patria y su entripado con lo eslavófilo persistiría en aumento. Para que se produjera una revolución, vaticinaba Turgueniev, faltaban unos cincuenta años. Y no se equivocaba. Su pensamiento fue un pronóstico acertado: debieron pasar cincuenta años de la publicación de Padres e hijos, hasta 1905, para que en Rusia se produjera el primer conato revolucionario.

Relatos fantásticos. Iván Turgueniev Adriana Hidalgo

Volviendo a la cuestión con su madre: no es casual que algunos de los personajes de sus relatos fantásticos (como un eco de la ominosa figura materna) sean jóvenes afectados por la compañía de una mujer mayor. Aratov en “Clara Milich”, vive con su tía; el joven narrador de “Un sueño” vive con su madre. El retorno de una amada del más allá, la aparición onírica de un padre muerto, el diablo poseyendo el hijo de un párroco son también centrales en sus tramas, así como un adulterio que deviene en muerte y culpa. Pero lo que impresiona en Turgueniev no es tanto la condición de lo fantástico que puede definirlos como la pregnancia de una melancolía extrema lejana de los arranques desesperados de los eslavos poseídos. Un ejemplo claro es un relato tan emblemático como imperdible: “Fausto, un relato en nueve cuartos”. Acá el protagonista escribe:

“Me instalé en la habitación que solías ocupar tú. A decir verdad, el sol entra en ella y hay muchas moscas. No obstante, de todos los cuartos de la vieja casa, es el que menos huele. ¡Es extraño! Ese olor a encierro, ese aroma un poco agrio y marchito, influye poderosamente en mi imaginación. No digo que me causa desagrado, por el contrario, me inspira tristeza y, por fin, melancolía. Al igual que a ti, me gustan las antiguas cómodas panzudas con chapas de cobre, las butacas blancas con respaldo ovalado y patas curvas, las arañas de cristal manchadas por las moscas con grandes bolas ovoides de metal violáceo en el centro. En resumen, me gusta cada uno de los muebles de mis abuelos.” Agitados por sensaciones que muchas veces no pueden comprender, sus personajes se devanan en dilucidar cuál es el secreto que esconde ese hecho “fantástico” que irrumpió en sus rutinas. Aunque hay relatos que comparten la manera de Maupassant (varios personajes reunidos en una mesa, después de libarse, apelan a un relato para amenizar la velada), a diferencia del cuentista francés, con quien estableció amistad (como con Zola, Flaubert y los Goncourt), a Turgueniev le subyugan más las atmósferas, los climas y conquistar a su lector no a través de un efecto final como a través de la transmisión de ciertas impresiones próximas a la melancolía enfermiza y la narración de soslayo que le admiró Henry James.

La melancolía es un signo propio de Turgueniev, tanto como una cierta resignación a ser incomprendido. La atmósfera depresiva de estos relatos se condensa, impide pasar de uno a otro de inmediato. Y en la medida en que uno experimenta que esa atmósfera lo invade entiende por qué Merimée, entre otros, le recomendaba que cambiara el tono, que eligiera temas más alegres. Superficiales, infectados por el tedio, sus héroes esperan un sobresalto que los arroje fuera de sí mismos. Sus mujeres, a su vez, son proclives a la ingenuidad, histeria y la entrega tormentosa que culmina en enfermedad fatal. Es en esta zona de fatalidad donde hombres y mujeres son dados vuelta por un suceso extraño. Y es esta extrañeza justamente la que hace que estos relatos sean considerados fantásticos. Un acontecimiento misterioso les sucede. Y pueden tomarse vacaciones de sí mismos.

Varios de los relatos que ahora presenta Adriana Hidalgo prologados y traducidos por Luisa Borovsky superan holgadamente versiones anteriores (como la de Cansinos Assens). Leídos ahora en una traducción superadora, estos relatos permiten adentrarse en un Turgueniev desconocido. Leídos hoy, registran sensaciones y climas que remiten a fotos viejas, souvenirs de antepasados, un leve tufo a naftalina existencial. Todo aquello que puede destilar romanticismo y, a un tiempo, confianza en la racionalidad, en su afán de justificación fáctica es vencido por el instinto de una a menudo fuerza sobrenatural. Sin embargo, en estos ambientes que huelen a desván y a cerrado hay elementos que pueden cobrar súbita potencia con su poder metafórico, revelando una zona de su literatura que, para los interesados en la literatura rusa, vale la pena indagar.

Compartir: 

Twitter
 

 
RADAR LIBROS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2019 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.