libros

Domingo, 11 de julio de 2010

Quedan los artistas

Alberto Laiseca y una película vuelta libro, para consumar una crítica despiadada al sistema social que rodea la obra de un artista.

 Por Fernando Krapp

La novela El artista de Alberto Laiseca viene a formar parte de esa extraña familia experimental de libros que recorren el camino inverso al habitual: películas devenidas novelas (casos que abundan bastante últimamente). Y sí: se puede leer con cierta independencia sin necesidad de ver la película que dirigieron Cohn y Duprat, con guión de Andrés Duprat, hace unos años atrás, que Alberto Laiseca protagonizó, junto con el cantante Sergio Pángaro. Se puede leer con cierta independencia porque, a pesar de ser una “interpretación libre”, Laiseca no alteró el orden de la trama, ni modificó mucho nada. Lo singular del libro, en cambio, y como decíamos más arriba, es la “interpretación libre” que hace el propio Laiseca de la película, del guión, de todos los personajes y del mensaje que el film desliza acerca de la fauna y flora que habita en ese mundo llamado arte contemporáneo.

Recordemos: Jorge Rodríguez trabaja en un geriátrico y “descubre” que uno de los pacientes, el viejo Romano, tiene unos cuadros muy buenos pintados por él. Rodríguez ve la veta, arma un book y, como una suerte de Príncipe y Mendigo moderno, pero sin el aval de una de las partes implicadas, decide presentarlos en una galería de arte con su nombre. Los roles se cambian. Rodríguez cambia su vida social. Es catapultado al mundo de la fama pictórica, de las galerías, los vernisagges, el cholulaje frívolo, los malbecs en copas brillantes, los análisis de bolsillo; es decir, todo eso que, parafraseando a Pierre Bourdieu, podemos llamar el campo pictórico. Y la acotación sociológica no es casual: El artista, versión novela, es una crítica despiadada al sistema social que rodea una obra de arte y que hace que un artista pueda vivir de su obra. Al evidenciar los tejes y manejes que imperan en la guerra por las curadorías, en el juego de quién descubre a quién, Laiseca no se reprime nada cuando narra lanzando artillería pesada, manufacturada en la fábrica de su “realismo delirante”. Y si bien la trama de la novela es sencilla, Laiseca la tuerce, la lleva de acá para allá, hace de su novela un ejercicio polifónico, más preocupado en los pensamientos de los personajes, que en el devenir de la trama. El relato es una excusa para que la voz grafomaníaca de Laiseca se dispare hacia delante, y que la premisa del guión original se meta de lleno en el mundo del creador de Los Sorias, quien se cuida de no dejar títere con cabeza, y a la vez nos hace pensar que hoy en día sería mucho más provocador, más incorrecto, en términos de política artística, agarrar el mingitorio de Duchamp y meterlo en un baño cualquiera para que todo el mundo lo use.

El artista. Alberto Laiseca Editorial Mondadori 140 páginas

Rodríguez no es más que un curador camuflado de artista: él ha descubierto el talento del viejo Romano. Rodríguez resume en una persona ese monstruo bipolar muchas veces indisociable: artista/curador. Pero hay un detalle importante que hace tambalear a todo el circo y deja entrever el “mensaje” del texto: cuando Jorge Rodríguez intenta pintar por su cuenta, no puede. A pesar de tener todo un aparato que lo avala como artista plástico, no puede. Rodríguez pensó que haciendo un firulete con una lapicera bastaba. Que su nombre propio superaba al hecho artístico. Pero no. Rodríguez muestra la hilacha; pintar no es soplar y hacer botellas. La naturaleza del “proyecto creador” es inexplicable. El talento, la originalidad, la condición de artista, en fin, la creación, a pesar de todo, y de todos, siguen siendo un misterio inexorable, a pesar de las modas, los devaneos teóricos, las frases hechas, los vernissages. Afortunadamente.

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