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Domingo, 11 de julio de 2010

Memorias del subsuelo

Alrededor de la crisis de 2001, la visión de unos personajes que aparentemente están al margen de los hechos, debajo de la ciudad.

 Por Damian Huergo

En Fanny & Alexander de Igmar Bergman, Oscar –director de una compañía teatral– pronuncia un discurso en una sala subterránea, donde contrapone el mundo del teatro, “el pequeño mundo”, con el que está afuera, “el gran mundo”. Dice que por momentos el pequeño mundo puede aliviar o hacer olvidar al gran mundo, pero que nunca van a perdurar juntos más que por un breve lapso. En Allá, arriba, la ciudad, Ramón Tarruella hace foco sobre la unión de estos “dos mundos” en un teatro de Buenos Aires, en diciembre de 2001. Plantea, desde el inicio, que ese cruce transitorio no quiere decir que sea irrelevante y, mucho menos, evitable.

El teatro Alborada funciona en el subsuelo de una quebrada fábrica de galletitas fundada por inmigrantes italianos. Silvana, Julián y Roberto son todo su personal de mantenimiento. Los ruidos en el techo los encuentran trabajando contra reloj para el estreno de una obra. Al oír que no cesan los estruendos, se detienen. Son los cascos de los caballos de la policía, galopando hacia Plaza de Mayo. Ellos no lo saben. Ni siquiera sospechan que afuera se está desarrollando un día clave para la historia Argentina. El miedo los paraliza. Los tres prefieren quedarse abajo, resignados a pasar el temblor como si estuviesen en otro mundo.

Allá, arriba, la ciudad, en una línea similar a El grito de Florencia Abatte, La balada del asador de Vicente Muleiro y la magnífica El cantor de tangos de Tomas Eloy Martínez, aporta su mirada a los trágicos días del 2001. La diferencia es que Tarruella hace hincapié en personajes anónimos, que estuvieron al margen –abajo– de los acontecimientos. Para evadirse del “mundo grande” rememoran historias personales, hilvanan hipótesis de lo que sucede afuera e improvisan en las tablas armando una ficción con los restos de otras ficciones: pedazos de escenografías, recuerdos de escenas, utilería de obras fuera de cartel. Sin embargo, Tarruella hace tocar ese pequeño mundo con lo que sucede afuera y le saca chispas. Los relatos que arman los personajes recorren guerras mundiales, olas inmigratorias, exilios, procesos de industrialización, estrategias de planificación urbana, convertibilidad y otros capítulos trascendentes del siglo XX. De este modo, lo que acontece abajo es como una especie de olla histórica donde se está hirviendo la explosión social que hay arriba, en la ciudad.

Como en su primera novela, Balbuceos (en noviembre), Tarruella utiliza una prosa vertiginosa, maximalista, caótica, que complementa la incertidumbre y el desconcierto de los personajes, que dejan de lado sus trabajos –como si fuese una metáfora de la desintegración de la clase trabajadora– para refugiarse en la ficción. Sin embargo, Allá, arriba, la ciudad –Premio Municipal de Literatura Luis José de Tejeda 2008– nos muestra en las páginas finales que tal autonomía, tal refugio, no existe. El mundo pequeño y el mundo grande es uno solo. Y, de un modo implícito, se nos abre el interrogante sobre el lugar del artista cuando el país se derrumba junto a todo lo que lleva atado.

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Allá, arriba, la ciudad. Ramón D. Tarruella Ediciones Emcor 120 páginas
 
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