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Domingo, 1 de agosto de 2010

Anclado en París

La última novela del escritor peruano Manuel Scorza se aleja del indigenismo, los relatos épicos y el realismo mágico, y encara una historia autorreferencial ubicada en París. De este modo, pone el dedo en la llaga en la cuestión del compromiso del escritor, la problemática del destierro y se pregunta cómo narrar la historia de Latinoamérica sin caer en la exotización de sus mitos y su política.

 Por Fernando Krapp

Si con la saga de cantares de “la guerra silenciosa”, que le dieron renombre mundial, Manuel Scorza abrazaba el realismo mágico del boom y el indigenismo de Jorge Icaza y José María Arguedas, mezclando mitos andinos incaicos y amazónicos con las subversiones campesinas como una manera de hacer una historiografía literaria latinoamericana, la década del ’80 fue para Scorza un momento de reflexión política. La danza inmóvil, su última novela, se repliega narrativamente hacia adentro. El realismo decimonónico, como forma, molde, lo que sea, no le cierra. Los procedimientos en La danza Inmóvil se vuelven más experimentales. La novela encierra un marco: un escritor reconocido intenta venderles una novela que aún no ha escrito a dos editores franceses en un bar de París. La novela es la que vamos a leer: una historia que se despliega en un juego de espejos. Por un lado está Nicolás Centenario, un guerrillero capturado en el río Amazonas que, mientras espera su sentencia atado a un árbol, bajo el sol y comido por las hormigas, recuerda su vida, o mejor dicho, recuerda una historia de amor platónico (deberíamos decir, utópico). Por el otro está Santiago, otro guerrillero que ha logrado escapar de su persecución y gracias a la célula revolucionaria pudo llegar a París, donde tiene que guardarse por un tiempo hasta previo aviso. Pero París es siempre una fiesta: conoce a Marie Claire y se enamora. Surge el conflicto: Santiago quiere abandonar el partido y, como él afirma, quiere vivir su vida. Ahora bien, ¿qué es “la vida”? Para Nicolás la vida es servir al organismo revolucionario que va a demoler las convenciones burguesas en función de que nazca un Hombre Nuevo. Para que eso llegue, hay que luchar, y luchar, como retruca Santiago, es aceptar la muerte. Santiago está cansado de luchar, quiere tener una identidad, quiere vivir. Pero descubre que “la vida” tiene sus bemoles: las fiestas en París no siempre son divertidas. Santiago enfrenta la contracara del amor, y se arrepiente. Pero ya es tarde, porque a pesar de los experimentos formales, de la mezcla de registros, de los saltos temporales que Scorza hace operar dentro de un mismo párrafo, la veta trágica se ha desencadenado desde el comienzo del relato. Y no es casual que ambos personajes respondan a los parámetros de la tragedia; hay algo de trágico en todo este tema de ser latinoamericano. Que la novela transcurra entre Europa y Latinoamérica tampoco es casual: mucho se ha hablado del trance latinoamericano, del golpe colonizador que partió al medio la tradición indígena con una Historia europea importada, de la problemática del mestizo como desterrado, y del destierro que hasta el día de hoy sufre el inmigrante ilegal en el Viejo Continente. Y es que el escritor que termina de contar el argumento de La danza inmóvil no deja de ser un comepán garroneando un trabajo (sin ciudadanía). Para peor, la novela no convence del todo a los editores: debería agregar que los guerrilleros se convierten en oro y situarla en Cuba, cosa de ganar buenas críticas.

La danza inmóvil. Manuel Scorza Ediciones de la Campana 265 páginas

“Yo sé que a muchos mi novela les va a irritar porque planteo temas como el del desencanto que tengo después de haber asistido a grandes derrotas”, dijo Scorza cuando publicó La danza inmóvil, poco antes de su muerte trágica. Al pasar de los Grandes Relatos Epicos a una historia autorreferencial, Scorza puso el dedo en la llaga del compromiso político; cuestionamiento que hoy puede ser moneda corriente pero en los ‘80 apenas afloraba: ¿hasta dónde llega el compromiso político de un escritor? ¿Cómo narrar la Historia de Latinoamérica sin caer en la “exotización” de sus mitos y su política? Scorza parece decir: la organicidad del compromiso está decayendo porque todo lo orgánico se vuelve bacteria. Y hoy día lo único orgánico que puede tener un escritor es una huerta. Aunque no debería de perder de vista las cosas que anduvo plantando.

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