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Domingo, 14 de noviembre de 2010

En el boulevar de los sueños rotos

Después de recuperar varios de sus títulos anteriores, acaba de publicarse la última novela de Patrick Modiano, El horizonte. La melancolía y los cruces en los boulevares de la memoria, se abren aquí a una interrogación sobre el futuro. El futuro de los personajes y también el futuro de una escritura que se destaca entre las más asentadas de la actual literatura francesa.

 Por Juan Pablo Bertazza

Una de las tareas más difíciles pero también más esenciales de la lectura debería ser el descarte: entre el futurismo y la hipótesis, poder encontrar la forma de detectar qué escritores pueden llegar a permanecer en el tiempo y cuáles no. Con sus más de treinta libros, el francés Patrick Modiano seguramente sea uno de los escritores de los que se hable en el futuro, acaso como el autor de una nueva comedia humana de los tiempos modernos; entre calles y boulevares que ya no existen y cafés que perdieron su viejo espíritu. Una trascendencia que no tiene que ver únicamente con la calidad sino con la coherencia y la unidad de una obra compacta, marcada a fuego por un estilo muy definido y personal. Tanto es así que el mismo Modiano reconoció en alguna oportunidad que cada libro que saca es siempre el mismo libro: “Es el mismo pero escrito a trozos, como un corredor que se detiene y retoma la carrera un tiempo después. Es cada vez el mismo libro pero desde ángulos diferentes. No hay repetición, pero es la misma obra”.

Son varios los hilos conductores que unen a sus libros, y el más evidente es su temática: sus historias casi siempre están ancladas en los años de la ocupación alemana en Francia (El lugar de la estrella y Los bulevares periféricos, por ejemplo) o al menos en períodos en que los ecos de esa invasión salen a la superficie (Calle de las Tiendas Oscuras, ganadora del Gon-court). Pero sin lugar a dudas, el rasgo que distingue a Modiano es un tono melancólico, de pérdidas y recuperaciones incompletas, de querer recuperar algo en medio de ciudades pobladas de gente y de años, algo que no queda demasiado en claro qué es ni dónde está.

En este último tiempo, Anagrama sacó varias de sus novelas, pero en este caso tardaron muy poco en traducir su flamante obra: El horizonte.

El horizonte. Patrick Modiano Anagrama 160 páginas

El punto de partida de su último libro es el primer instante en que Bosmans y Margaret, en medio de un metro inundado de pasajeros, se conocen: “Un primer encuentro entre dos personas es como una herida leve que ambos notan y que los despierta de su soledad y su embotamiento”. En busca del tiempo pasado junto a esa mujer errante y enigmática –muy similar de hecho a Louki de En el café de la juventud perdida– se inicia entonces este libro con un tono poético, reflexivo, cuya máxima extrañeza es que siempre está al borde de la cursilería pero nunca sucumbe a ella. Otra vez Modiano pone el dedo en la llaga de un tema que le gusta y que maneja a la perfección: historias de amor de personas unidas por las mismas cosas que los separan. Tanto Bosmans como Margaret cambian con demasiada frecuencia de nombre y dirección, tanto él como ella hace tiempo que escapan de algo: ella de un hombre que la viene siguiendo a sol y sombra desde su anterior residencia en Suiza, él de una pareja conformada por una mujer que dice ser su madre y siempre le pide dinero, y un extraño sacerdote que lo mira con desprecio.

No se necesita demasiada intuición ni dones proféticos para saber que El horizonte es un libro bisagra en la carrera de Modiano: en primer lugar porque las reflexiones que aquí desarrolla así lo indican, especialmente aquellas que refieren al predominio de la materia oscura de la vida (todas aquellas miradas, palabras y hasta experiencias que mueren en la nada) y su relación directa con las premisas que, desde siempre, tuvo Modiano con respecto a la escritura, es decir, todo lo que pierde, todo lo que deja de escribir cuando decide escribir algo. Pero este libro es bisagra, más que nada, porque al mismo tiempo que parece ponerle un broche de oro a esa estética melancólica, promete también –justamente– lo que anuncia el título: futuro, cambio de perspectiva, acaso un nuevo rumbo en la carrera de este escritor que junto a Pierre Michon, Julien Gracq, Le Clézio y Michel Houellebecq, se ubica cómodamente en el podio de las letras francesas.

Un antes y un después en la literatura de Modiano vivido aquí y ahora; un antes y un después que incluso puede rastrearse en la misma división del libro. De hecho, la primera parte parece culminar el proyecto narrativo de Modiano antes de El horizonte: Bosmans, un escritor que trabajó durante años en una librería sin clientes, recuerda a una mujer, Margaret Le Coz, treinta años después de haberla conocido y de haberse separado. Sólo que no hay recuerdos claros y confiables sino esquivos fragmentos de vida, recuerdos de recuerdos, imágenes, sombras y nombres que decide ordenar como un rompecabezas en una Moleskine comprada especialmente para el caso. La segunda parte de la novela –el pasaporte, tal vez, al futuro literario de Modiano– está centrada en la memoria de Margaret, lo cual marca algo realmente novedoso en su escritura en general masculina: su procedencia, sus impresiones acerca de cada uno de los hombres con que se cruza y su trayecto desde que aparece en París procedente de Suiza hasta el encuentro que tienen junto a Bosmans con otra extraña pareja conformada por Yvonne Gaucher y André Poutrel; un espejo que los complementa, que los incomoda y que, finalmente, termina incidiendo en su separación.

Tal como sucede en nuestro país con Borges o Kafka, modianesco es una expresión utilizada en Francia para decir, de manera tanto elogiosa como peyorativa, que algo se repite. El horizonte, su última novela, tiene algo modianesco y algo no modianesco. Lo interesante, en todo caso, es que su acostumbrada melancolía da lugar en este libro a una esperanza inédita que no parecía figurar en sus libros anteriores: la esperanza de entender el pasado para poder volver a mirar con sorpresa el futuro.

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