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Domingo, 21 de noviembre de 2010

El arca rusa

Rescates > Los exiliados románticos es un clásico sobre los comienzos del pensamiento revolucionario que conserva toda la frescura de un trabajo heterodoxo por parte del brillante historiador británico Edward H. Carr. Su galería de retratos de personajes del siglo XIX combina documentos y cartas con recursos de ficción, investigación y aventuras para dar cuenta del círculo más idealista y aristocratizante de los hombres que lucharon por la revolución.

 Por Martin Glatsman

Ciudadano del mundo, defensor de la libertad, hijo bastardo, viajero incansable, expatriado, esta enumeración podría enriquecerse aun más si se pretende invocar la personalidad fascinante de Alexander Ivánovich Herzen (1812-1870), pero sobre todo, el pensador ruso será recordado como un sujeto de naturaleza romántica que en su errante existencia dejó Rusia a los treinta y cinco años y se convirtió, poco tiempo después, “en la más poderosa figura del mundo político ruso”.

En Los exiliados románticos (1933) el historiador británico E. H. Carr (1892-1982) oficia –con voz aguda y tono irónico– de guía por los derroteros del convulsionado siglo XIX europeo y sus fracasadas revoluciones –1848 en Francia, 1863 en Polonia y 1871 nuevamente en Francia–. Como parte de su Galería, Carr expone distintos personajes entrañables, desopilantes y decadentes unidos por una idea en común: la esperanza de ver una Rusia libre del yugo zarista.

Herzen fue el padre del populismo ruso y, a pesar de su gran actividad política y sus clásicos textos programáticos –cartas abiertas, panfletos, documentos, ensayos–, es esencialmente recordado como el escritor de una impresionante autobiografía, Pasado y Pensamiento (1868), que en palabras de autorizados críticos lo llegarían a ubicar dentro del gran panteón de la literatura rusa. Para Carr, Herzen era una de las personalidades más sensibles y comprometidas políticamente de la primera generación de exiliados del zarismo en el siglo XIX. Toda una personalidad que se había convertido en una verdadera institución; al punto tal de que “para un turista ruso, dejar Londres sin haber visto a Herzen, era tan inconcebible como ir a París y no visitar el Louvre”.

Y por supuesto, que el Gran Salón, en donde se reunirá parte de esa famosa inteligentsia rusa, será el hogar londinense de Herzen. Por allí, solía presentarse con su inmensa y deteriorada figura, Bakunin, siempre con ánimo polémico. Herzen a menudo expresaba su temor acerca del anarquista, “probablemente arruinará todo nuestro trabajo”, pero a pesar de sus diferencias políticas y de forma nunca dejó de ayudarlo en la realización de sus sueños: “Uno tan sólo puede trabajar sobre los hombres soñando sus sueños más claramente de lo que pueden soñarlos ellos mismos, y no demostrándoles las ideas como se demuestran los teoremas geométricos”.

Afirmaciones como éstas, seguramente llevaron a Carr a preguntarse por la complejidad del pensamiento y la vida de Herzen.

El historiador había tenido un primer contacto con los textos del romántico ruso cuando al término de la Primera Guerra Mundial ingresó al servicio diplomático británico y ocupó un puesto en la ciudad de Riga –Letonia–. Allí compró en una librería de libros usados las obras de Herzen y luego de su lectura decidió escribir Los exiliados románticos. Texto que se pudo leer en castellano treinta años después de la publicación del original en una edición con justicia agotada hace años y que se reedita ahora en la flamante colección Otra vuelta de tuerca.

Los exiliados románticos. Galería de retratos del siglo XIX E. H. Carr Anagrama Otra vuelta de tuerca 442 páginas

En 1931, Carr ya tenía circulando para su publicación una biografía sobre Dostoievski y luego de escribir Los exiliados románticos, se sumergió en la composición de un libro sobre la contradictoria y compleja vida de Bakunin. Pero para los lectores interesados en el mundo ruso moderno, Carr es sobre todo el escritor de la monumental e imprescindible Historia de la Rusia Soviética en catorce tomos, obra que escribió durante treinta años de su vida y que actualmente es un ejemplo de rigor científico.

Si bien es verdad que Carr declaró que Los Exiliados... “debe ser leída con indulgencia. Todavía era muy joven a los cuarenta”, no es menos verdadero que el texto presenta una frescura y una descripción de la vida cotidiana de los románticos rusos en Europa desde un punto de vista novedoso; ya que Carr, sabiendo de la imposibilidad de superar la autobiografía de Herzen basó su investigación en la voluminosas cartas de éste a sus colegas, tanto del mundo político e intelectual –Turguénev, Bakunin, Ogarev entre otros–, como de su entorno familiar.

El poeta y crítico español Pere Gimferrer en su Presentación (“¿Es el romanticismo un exilio?”, texto de 1970, reproducida en esta edición), afirma que puede ser leído como una novela. Además, tratándose de un investigador como Carr, tal vez se podría pensar al texto como un receptáculo en donde “lo verdadero, lo falso y lo ficticio” (según la expresión de Carlo Ginzburg) se amalgaman para crear una obra compleja que apunta a reconstruir la subjetividad e intenta explicar que “las convicciones políticas del hombre reflejan su experiencia personal íntima, y es singular ver cuán de cerca la opinión denigrante de Herzen para con Occidente y su idealización de Rusia se hallan relacionada con el drama de su vida privada”.

Un dato significativo en la estructura del libro es que Carr presenta los últimos días de Herzen en el capítulo doce del libro. Los cinco capítulos finales pueden ser leídos como una gran y maravillosa cosa. Entre ellos, se destaca “Un volteriano entre los románticos”, en donde aparece un extraño príncipe llamado Piotr Dolgorukov, amigo de Herzen que, por distintas circunstancias, que se revelan en el relato de Carr, será un sujeto central en el trágico duelo que terminará con la vida del poeta Pushkin. También cabe recordar aquel relato de suspenso e intriga que el historiador reconstruye al estilo de la novela policial clásica en el capítulo “El affaire Postnikov, o el eterno espía”, en donde Bakunin y el “círculo de Herzen” son víctimas de un engaño policial y de su optimismo revolucionario.

En definitiva, un libro singular, que recrea los sueños, fracasos y utopías de una generación de rusos exiliados que nunca más pudieron ingresar a su tierra prometida y que de manera romántica, pero no por eso menos verdadera, lograron expresar con convicción ideales tales como el que afirma Herzen, en su maravilloso y polémico ensayo sobre la experiencia de las revoluciones europeas (Desde la otra orilla, 1850), y que Carr reproduce en un pasaje emotivo de su relato: “Nosotros no construimos sino que destruimos; no proclamamos una nueva verdad, sino que abolimos una vieja mentira. Los hombres contemporáneos sólo construyen el puente; los aún desconocidos hombres del futuro, lo cruzarán. Tú quizá lo veas. No te quedes en esta orilla. Mejor es morir por la revolución que salvarse en la sagrada reacción”.

Palabras de Herzen que sin miedo al oxímoron puede recordarse como el aristócrata de la revolución.

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