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Domingo, 28 de noviembre de 2010

Como un perro

Un hombre alienado que quiere ser perro en un mundo que, por cierto, alimenta la paranoia. Este es el punto de partida de Dóberman, la novela de Gustavo Ferreyra ganadora del Premio Emecé.

 Por Esther Cross

El showman se llama Joaquín Riste, está en el escenario, frente al público, y de pronto no puede hablar. En medio del bloqueo se abren las compuertas del recuerdo. El yo público se cierra, pero en la cabeza del showman aparece el desfile de su vida privada: una madre vergonzante y pedigüeña, la pobreza, la hermana cruel de tan ingenua y los sueños, mortales al no cumplirse. El flashback une el pánico escénico con el resto de su vida. No es un viaje de ida. El showman mira al público, se da cuenta de lo que pasa, recuerda y cuando vuelve a mirar la platea nota los cambios que amenazan con vaciar la sala. El tiempo se congela en ese instante de parálisis mientras se echa a rodar la película de la infancia, que lo proyecta hacia adelante. En este momento preciso, el momento de la falla, cuando se corta la comunicación y se abre el túnel del tiempo, empieza la novela, la historia, la escritura de Dóberman.

Joaquín Riste está a punto de caer en picada. Pero estamos en un mundo de oraciones que siguen su cauce aun después de terminarse. Riste cae en un mundo en que –descubre al tiempo– siempre hay “un pantano en cualquier dirección, en lo alto y en lo bajo”.

De chico quería ser un perro. Un perro especial y un showman conocido. Ahora es un hombre doberman y lee la vida en esos términos. De a ratos tiene ganas de morder, a veces “en las carnes de algo que representara la vida”. Quiere ladrarle al mundo entero y en algunos momentos ladra literalmente. Es un “doberman pervertido que desea a los humanos” y trata de vivir en una época en que se puede ser “perfectamente feroz y elegante”, como le dice su jefe, un funcionario menemista para el que empieza a trabajar de chofer en Cancillería. Pero Dóberman no es sólo la historia de un hombre que se cree perro.

Tampoco es sólo la historia de un showman fracasado que pasa de chofer de Cancillería a peón político de un funcionario acomodado. Hay una misión, una “operación” de inteligencia y espionaje en Varsovia. Hay una cama de hospital donde Riste convalece después de una operación, literal y terrible y, sobre todo, hay un viaje al mundo de Riste, el hombre que piensa en su vida con un lenguaje colmado de dilemas y sentidos.

Dóberman. Gustavo Ferreyra Emecé 317 páginas

Riste, el perro, sigue a un perro por la calle. Lo sigue cuadras enteras, lo sigue por un barrio hasta que cruza la línea fina que separa el seguimiento de la persecución. Son las vueltas implacables que tiene esta historia, donde todo llega al límite. Riste es un servidor obsecuente pero también será un amo pendiente de sus servidores. Ve las dos caras de todo con una lucidez de doble filo. La crudeza no impide la ironía, las contradicciones reveladoras, las paradojas brillantes. Riste “se figura” que tiene “un cierto plazo para hacerse de un amor”, le gustan las mujeres de los años ’40 y ’50, pero también –nos damos cuenta– las de cuarenta y cincuenta. Trata de adivinar lo que los otros quieren de él y adivinen lo que pasa.

La cabeza de Riste marcha a un ritmo que no para y hace que todo –lector incluso– empiece a moverse. Entrar en la historia de Dóberman es entrar en un lenguaje. Es entrar también, entonces, en un mundo con sus especificaciones. Las oraciones se abren paso, avanzan con fuerza, exploran las zonas de silencio y las zonas minadas donde hablar parece imposible o peligroso, como si el lenguaje fuera una forma de conocimiento, un método que cuestiona. Al mismo tiempo, Riste escribe sus memorias “de showman y héroe inválido”.

Situada en una época en que “el capital embellece” y “la belleza triunfa en el mundo”, en la era menemista del éxito a toda costa, Dóberman puede leerse, también, como una toma de posición respecto de la escritura. El artista tiene que meter los pies en el barro, como un minero. “Debe mostrar que se mancha los pies con los charcos y el barro, y que no es renuente a las pequeñas bajezas dobermanianas.”

La cabeza de Riste se hace entender porque habla el lenguaje de la rabia, común a la cordura y la locura. La rabia es el puente y es, además, una fuente inagotable de lenguaje. “Nunca lo que en verdad importa se expresa claramente”, piensa Riste. Será por eso que a veces ladra y que quizá en sus ladridos se exprese claramente lo que importa de verdad.

Los buenos libros cambian algo en el lector porque reclaman un lector diferente. El escritor pone en palabras lo que estaba callado y el lector se descubre capaz de escucharlo. En Dóberman, el lector se descubre capaz de entender la rabia y el dolor, el silencio de Riste y su voz, que habla con la fuerza del ladrido y la furia.

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