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Domingo, 27 de febrero de 2011

La aventura de un tasador de cuadros en Madrid

Eduardo Mendoza ganó el Premio Planeta con Riña de gatos, una novela sobre la Guerra Civil. Anticipándose a los gritos en el cielo (¡Mendoza se vendió al Planeta! ¡Otra novela sobre la Guerra Civil!), Rodrigo Fresán expone sus razones para señalar por qué sí aceptar de buen grado lo que corresponde y por qué no lo que pueden ser objeciones prejuiciosas.

 Por Rodrigo Fresán

Notas sueltas para una futura reseña sobre la nueva novela de Eduardo Mendoza.

Nota 1: Voy a Madrid por trabajo, por el día. Me llevo para el viaje de ida y vuelta desde y a Barcelona la flamante novela de Eduardo Mendoza: Riña de gatos. Madrid 1936, ganadora del último Premio Planeta y (para cuando escribo estas líneas) best-seller indiscutido y huésped de varias listas de esas que se hacen a fin de año.

Nota 2: Y el comienzo (todos los comienzos de todas las novelas de Mendoza lo son) no puede ser mejor pero, en esta ocasión, con un valor añadido para mí, sentado en un vagón: la novela arranca con un magistral capítulo que transcurre en un tren rumbo a Madrid. En ese tren viaja el inglés Anthony Whitelands, tasador de cuadros que viaja (y huye) desde Londres para calibrar la pinacoteca de un aristócrata de Madrid. Y Whitelands es uno de esos típicos Homo-Mendoza. Es decir: le pasan cosas todo el tiempo, se mete en problemas y su rumbo y destino parecen siempre decididos no por él sino por cualquiera que se cruce en su camino.

Nota 3: Y, sí, una vez más, para mí, la relación estrechísima entre Mendoza y Bioy Casares a la hora de plantar a sus héroes. Tipos siempre sacudidos por el viento de mujeres más o menos fatales (clase alta, clase baja, no importa; siempre como envueltos en un perfume de seres ligeramente extraterrestres), por la incesante repetición de situaciones con mínimas variaciones (los encuentros con el policía Marañón y el hospitalario compulsivo Higinio), por la fiesta de nombres y apellidos en lo que hace al elenco de personajes secundarios, por el incesante sonido de puertas que se abren y se cierran (por lo general en recintos a oscuras), por la gracia y la elegancia de una prosa que no deja de narrar cuando piensa y no deja de pensar cuando narra. ¿A cuál de las novelas de Bioy Casares es la que más y mejor me recuerda la de Mendoza? Fácil: a la magnífica y muy poco valorada salvo por algunos (Javier Cercas y yo, entre otros) La aventura de un fotógrafo en La Plata. Pero también me había recordado a Bioy ese título en otra novela de Mendoza –la muy poco valorada y magnífica La isla inaudita– que, como Riña de gatos, otra novela de hombre trasplantado a un sitio que no conoce y que –error– enseguida cree conocer. Ese Homo-Mendoza –ese Homo-Bioy– que arriba a X para poder transformarse, superada o no la aventura, en el hombre que se va.

Nota 4: Mendoza, además, me recuerda mucho pero mucho a Bioy. Ese mismo aire de dandy entre inocente y malicioso. Esa sonrisa de Giocondo en las reuniones y esa voz suave que –en esas encuestas a las que suele someter a los escritores en plan y-usted-por-qué-escribe, ¿eh?– le hace responder, con la más soberbia de las humildades, cosas como la que sigue: “Sinceramente, no lo sé. Nunca me lo he preguntado, ni al principio, que fue espontáneo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas alturas no creo que tenga interés, ni para mí ni para nadie”.

Riña de gatos Madrid 1936. Eduardo Mendoza 427 páginas Planeta

Nota 5: La graciosa formalidad en las ficciones de Mendoza. Su polaridad bicéfala: los goyescos personajes de Mendoza dicen cosas muy divertidas (a menudo brutales) pero siempre dentro de un marco (nunca mejor dicho) de flemático laconismo y, otra vez, el Factor Bioy. Varios críticos han dicho extrañar en Riña de gatos la “seriedad” de los Savolta o del ciudadano prodigioso Onofre Bouvila. Juro que no entiendo qué quieren decir.

Nota 6: La mirada del extranjero a lo extranjero. Ese es el verdadero tema de Riña de gatos y es el tema, en realidad, de toda la obra de Mendoza: extraterrestres, locos sabios y detectivescos, enamorados seriales, magnates hechos a sí mismos, antiguos romanos, militares indisciplinados, políticos amateurs e intrigantes profesionales... Todos son –cada uno a su manera– extranjeros, extraños y, ya lo apunté, aliens. Visitantes incómodos que incomodan a los locales. A ellos se suma ahora el ya mencionado Whitelands, tasador de cuadros, especialista en Velázquez e increíblemente eficiente cuando se trata de meterse en problemas sin salida. En un momento muy logrado de Riña de gatos, Whitelands acude a El Prado. Pero el verdadero museo de Riña de Gatos se llama Madrid. Y Whitelands camina y corre y se arrastra por sus callejones y avenidas sabiendo que falta poco para la hora de cerrar y que es muy posible que se quede ahí dentro para siempre.

Nota 7: Y Riña de gatos es, sí, una novela histórica. Pero es, también, una novela histérica. En el mejor sentido del término inglés, donde lo patológico limita con lo desopilante taconeando sobre el tablado del todo es posible.

Nota 8: Leer Riña de gatos junto a otros dos de los títulos hot de la temporada y, también, históricos: El cementerio de Praga de Umberto Eco y El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa. Y la sensación de que Eco y Vargas Llosa viajan al pasado con muchas maletas que desbordan de documentación; mientras que Mendoza –como E. L. Doctorow, como T. C. Boyle– opta por una estrategia diferente, tal vez opuesta: traer hasta aquí al pasado, a todo el pasado, sin ningún equipaje porque no hace falta. En resumen: la Historia al servicio de la historia y no la historia al servicio de la Historia.

Nota 9: Nota y párrafo aparte merece aquí el tratamiento y la evocación que Mendoza hace del Madrid de 1936. Con pocas y justas palabras (me lo imagino a Mendoza devorando fotos hasta sabérsela de memoria y luego describirlas con apenas un par de pinceladas, las pinceladas justas) se las arregla para llevarnos allí, para traerla aquí. Y un comentario muy personal: siempre sostuve que las dos cosas más difíciles de narrar verosímilmente son el calor del acto sexual y el frío en el cuerpo cuando se camina por una ciudad. En Riña de gatos, Mendoza da en la diana en de ambos desafíos y dificultades.

Nota 10: La pasmosa sabiduría novelesca de Mendoza. En cada capítulo de Riña de gatos sucede algo que conecta con algo sucedido en el capítulo anterior y lleva a otro algo que sucederá en el siguiente capítulo. Parece algo fácil, pero no lo es.

Nota 11: Y quien firma esta nota es un extranjero que, lo siento, no piensa que la Guerra Civil (y su pre y su post) sea un yacimiento literario que se puede explotar por toda la eternidad. Lo mismo piensa –que conste en acta– de la última dictadura militar argentina y de los desaparecidos como tema recurrente y siempre cómodo y funcional y hasta atractivo para editores y críticos y lectores allende los mares. Pero lo que hace Mendoza al narrar el encendido de los motores de la Guerra Civil es algo diferente: lo convierte en una suerte de vaudeville loco y de policial disparatado apto para toda nacionalidad e intereses. Y lo presenta como el charco de aguas estancadas donde poco y nada cuesta anticipar la podredumbre de la España presente y del todos contra todos por el solo placer malsano y reflejo automático de dar caña alegremente y olé. Poco y nada yo sabía hasta leer Riña de gatos de José Antonio, Raimundo Fernández Cuesta, Sánchez Mazas y tantos otros. Después de Riña de gatos siento que no necesito saber nada más. Lo que, por supuesto, no es correcto ni cierto. Pero es mérito del talento de Mendoza hacerme sentir así.

Nota 12: ¿Versión fílmica de Riña de gatos? Propongo a un team sobrenatural e imposible: adaptación de Azcona, ruido de Berlanga y dirección de los hermanos Coen estilo El gran Lebowski y Muerte entre las flores. Y con la ya irrecuperable juventud de Hugh Grant o Colin Firth para darle cuerpo y voz a Whitelands.

Nota 13: Apunte para todos aquellos que se rasgan las vestiduras mientras aúllan cosas del tipo “¡¡¡Mendoza se vendió al Planeta!!!”. Craso error: fue el Planeta el que se rindió a Mendoza y, en realidad, Riña de gatos no deja de ser un regalo precioso pero envenenado para organizadores y jurado del galardón 2011. ¿Con quién van a seguir después de Mendoza? Sugerencia: declarar el premio de este año desierto. O dárselo por segunda vez a una edición de luxe con fotografías y nuevo prólogo de Riña de gatos, esta vez publicada como La muerte de Acteón. Se lo merecería. Se lo merece.

Nota 14: Comencé Riña de gatos en el tren de ida y la terminé en el tren de vuelta, entrando en la ciudad de los prodigios mientras leía esas últimas palabras de la novela que son “pero se hace tarde y no podemos perder ese tren por nada del mundo”. Cambiar la palabra tren por novela y se obtendrá lo que en realidad quiero decir con esta reseña. Así que descartar todo lo anterior y quedarse con lo que sigue: no pueden perderse esta novela por nada del mundo. Y de acuerdo: no será una reseña bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.

Buen viaje.

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