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Domingo, 13 de marzo de 2011

El bosque como mundo

El deseo y la posibilidad de una nueva vida pueden llegar a ser una revelación sobre la vida real. El austríaco Walter Kappacher trama una aventura romántica en su primer libro dado a conocer en castellano.

 Por Fernando Bogado

Selina o la otra vida
Walter Kappacher

Adriana Hidalgo Editora
278 páginas

Si hay un secreto que cualquier casa ubicada en el campo tiene, es la cal. Secreto un poco a voces que una persona con la experiencia de haber vivido en espacios poco urbanizados sabe: las paredes blancas no sólo iluminan el interior de los pequeños cuartos, del comedor, sino que también permiten identificar a la distancia la presencia de extraños animales, de insectos, de agujeros en los costados. Stefan, protagonista de la novela de Walter Kappacher Selina o la otra vida, no dejará de agradecer la presencia de ese blanco revelador en uno de esos momentos de soledad en el medio de un bosque en la zona de la Toscana italiana.

Podemos decir que él no se esperaba eso: luego de romper con su novia de varios años con la que estaba prácticamente casado, Monika, este profesor austríaco (quien se niega a abrazar una vida de arduo trabajo en donde sólo la jubilación podría tener algo de sentido) decide viajar, alejarse de su territorio de referencia. Es en una breve demora de su trayecto en donde se encuentra en un perdido bar italiano con Heinrich, otro austríaco que hace varios años posee dos casas y lo persuade para irse a vivir a una de ellas, al menos por un tiempo, con el objetivo de cuidársela y, de paso, convertirse en el interlocutor en lengua alemana que hace tanto tiempo estaba buscando. Sin nada que perder, Stefan acepta la propuesta, y muy lentamente comienza con las refacciones de la descuidada propiedad.

Con un ritmo narrativo pausado, Kappacher logra construir en su novela una serie de escenas que rechazan el clásico bucolismo natural, esa suerte de comentarios de admiración que transforman a la naturaleza en la materia prima de la industria turística. Aquí, el paisaje, el bosque que rodea a la casa que Stefan trata de mantener, es la mismísima inmensidad romántica, esa cosa que interpela y que pide quietud, admiración y al mismo tiempo atención: varias son las veces en que el narrador describe el peligro de algún jabalí suelto o de alguna serpiente venenosa que, en la oscuridad, atosiga al protagonista antes de irse a dormir. Ese peligro que respira en los bordes de los árboles le quitan toda hermosura a la vista, al mismo tiempo que obliga a cambiar las prioridades de un hombre dedicado a la escritura: con el paso del relato, Stefan tendrá menos tiempo para leer o terminar un guión y una novela que usa casi como excusas para visitar el territorio, y lentamente comienza a preocuparse más por la rutina de la jornada siguiente o la correcta manera de asegurar las tejas del techo. Entre sus charlas con Heinrich, su visita a la casa de los locales, la inminente llegada de la sobrina de su amigo (en alguna medida, la Selina del título), el protagonista tratará de inventarse una nueva existencia, desprendiéndose de todo lo que era antes de llegar a Toscana.

Walter Kappacher (Salzburgo, 1938), ganador del prestigioso premio Georg Büchner en el año 2009, logra en Selina o la otra vida –publicada originalmente en el año 2005– llevar el tema de la “sobre-vida” del texto del poeta alemán Jean Paul, Selina o sobre la inmortalidad del alma, a un plano exclusivamente terreno: Stefan encuentra la posibilidad de una existencia diferente dentro del mundo de los vivos, y las largas contemplaciones del paisaje, la inmensidad de las estrellas, la calma con la que mira a dos gatos jugar o a las hormigas moverse de una punta a la otra de la pared, pasan a ser una suerte de manifestación metafísica dentro del mundo cotidiano.

La misma estructuración del relato parece volver sobre esta idea tan romántica del fragmento que encierra la posibilidad del todo: cada capítulo salta de un momento cronológico a otro, sin mostrar mucha continuidad con lo contado en el anterior, algo que fuerza al lector a tomar cada momento del texto como si fuera una piedra o una rama, esto es, algo sólido que contemplar. Promediando la novela, una frase marca de manera determinante el contrapunto narrativo del texto: nuestro tiempo está marcado por las explosiones. Stefan, encerrado en el peligroso pero no por eso menos meditativo silencio mítico del bosque, preguntándose por la posibilidad de una vida más allá de la vida, no puede hacer otra cosa que sentarse a mirar la caída del sol y callar, sumergiéndose en complejas cavilaciones en esa suerte de murmullo originario que nada tiene que ver con el caos de su vida en la ciudad. Lo mismo pasa con la cal: por contraste podemos ver lo indeseado.

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