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Domingo, 27 de marzo de 2011

La última aventura

Como en un juego de cajas chinas, muchas historias sobre conquistadores y aventureros se van desplegando en el libro del cronista David Grann, hasta llegar al corazón del asunto: la perdida ciudad de Z en el Amazonas y el no menos perdido coronel Percy Fawcett, el último de los exploradores románticos.

 Por Martín Pérez

“Para cuando se imprima este despacho, podríamos llevar ya tiempo desaparecidos en lo desconocido”, escribió el coronel Percy Harrison Fawcett a mediados de 1925, antes de perderse en las profundidades del Mato Grosso, hacia tierras inexploradas atravesadas por el río Xingu. Ultimo sobreviviente de la saga de los grandes exploradores de la época victoriana, sus aventuras internándose en la selva con poco más que un machete y una brújula para emerger al tiempo con las ropas destrozadas pero dejando detrás un territorio cartografiado, le valieron el sobrenombre del David Livingstone del Amazonas y encendieron la imaginación de la sociedad británica durante dos décadas. Medalla de Oro de la Royal Geographic Society con la venia del rey Jorge, modelo para el protagonista de la novela El mundo perdido de Arthur Conan Doyle y capaz de cargar en sus travesías con una estatuilla que le había regalado nada menos que H. Rider Haggard, el autor de Las minas del rey Salomón, la estrella de Fawcett ya se venía apagando cuando se empecinó en emprender la última de sus aventuras en búsqueda de los restos de una ciudad que imaginó perdida en medio de la selva amazónica, a la que bautizó como Z, para diferenciarla de la leyenda de El Dorado, que consideraba una fantasía. Lo que en realidad se dirigía hacia el ocaso era la época de la exploración romántica, y por eso es que el coronel –que tenía ya cincuenta y siete años, aunque se encontraba aún en su mejor forma física– sólo pudo conseguir la financiación para el que sería su viaje final vendiendo su historia a los periódicos norteamericanos. Fue en sus páginas donde se publicó aquel mensaje premonitorio, luego del cual nunca se volvió a saber de él, punto de partida para todas las teorías que a partir de entonces se imaginaron sobre su destino. Y eje inevitable de La ciudad perdida de Z, del cronista neoyorkino David Grann, un volumen que es a la vez investigación histórica y libro de viaje, ya que su autor no sólo reconstruye la fascinante leyenda de la vida de su protagonista y todas las historias imaginadas luego de su desaparición, sino que se termina internando en lo que aún queda del Amazonas –que, a pesar de su incesante devastación, sigue siendo inaccesible– para intentar develar un misterio que tiene casi un siglo, el del destino final del coronel Fawcett. Y, en el mismo movimiento, otro aún más duradero, como la posibilidad de que haya existido realmente una ciudad como la que le terminaría costando la vida.

La ciudad perdida de Z. David Grann Plaza & Janés 412 páginas

Según ha confesado en alguna de las entrevistas que realizó acompañando la edición de su libro, Grann tropezó casi de casualidad con la historia de Fawcett. Pero cuando empezó a tirar del hilo de su historia se dio cuenta de que tenía en sus manos nada menos que una leyenda. Cuatro años es lo que se demoró en investigar y escribir un libro que fue en un principio un extraordinario artículo publicado en las páginas de la revista The New Yorker seis años atrás, y al que aún se puede acceder a través de su site. Aunque fue su edición en libro la que terminó interesando a la productora de Brad Pitt, al punto de comprar sus derechos para adaptarlo al cine, el resultado final termina sufriendo por lo que realmente es: una versión por momentos anodinamente extendida de un admirable artículo original.

Grann primero compiló la historia de Fawcett, que es a la vez la de la exploración romántica, y cuya desaparición marcó el final de una era. Justamente, la lógica de su última aventura casi solitaria está basada en su creencia de que las grandes expediciones impedían adentrarse en una jungla en la que, para poder sobrevivir, sólo las pequeñas partidas podían hacerlo, ya que la clave era poder relacionarse con los naturales del lugar. Pero, al mismo tiempo, si la incógnita sobre su destino final fue desconocida durante tanto tiempo, es que para desorientar a posibles rivales –con mayor financiación y técnicas más modernas– el coronel llenó de pistas falsas sobre su verdadera ruta.

Aunque en un principio Grann confiesa que pensó que podía escribir su artículo sin moverse de su hogar, terminó viajando a la sede de la Royal Geographic Society en Londres para revisar los documentos dejados ahí por Fawcett, y luego visitó en Gales a su última descendiente, que le permitió echarles una mirada a sus papeles, donde alcanzó a descubrir las pistas indispensables para poder seguir su verdadero camino. Y así fue como Grann tomó la decisión que pensó que podía evitar, la de reconstruir in situ los pasos del protagonista de su libro. Algo que muchos intentaron antes que él, por supuesto, ya que la fama de Fawcett fue tal que cientos de exploradores, profesionales o no, intentaron rescatarlo, perdiéndose para siempre en la selva, obligando al gobierno brasileño a prohibir los intentos de seguir su rastro, salvo que se tratasen de expediciones con permiso especial. Durante el repaso de cada uno de esos rescates –su historia es tan mítica, que hasta Indiana Jones acude a buscarlo en uno de los tomos de aventuras que se editaron luego del éxito de las películas– es que La ciudad perdida de Z deviene en una suerte de intriga policial, avanzando pista a pista, y volviendo atrás cuando la misma se demuestra falsa. Pero la clave del libro es el contraste de la dureza de cada jornada de la expedición final de Fawcett con la búsqueda de Grann –que se confiesa absolutamente inexperto en esas lides desde el comienzo– casi un siglo después, capaz de avanzar lo que entonces fue un mes de sufrimiento en apenas dos días arriba de una 4x 4, a través de un territorio terriblemente deforestado. Es en esa segunda mitad del volumen, cuando su texto se ciñe al artículo original, que La ciudad perdida de Z se vuelve una lectura fascinante, y termina de delinear la historia de sus protagonistas, que resultan ser tanto la leyenda de Fawcett como la del explorador clásico e incluso la del Amazonas.

Y al mismo tiempo abre la posibilidad de que efectivamente haya existido algo parecido a Z, con un admirable epílogo en el nordeste del Mato Grosso, donde trabaja Michael Heckemberg, un arqueólogo que está repensando la posibilidad de la existencia de una civilización avanzada en tierras que la etnocentrista antropología anglosajona consideró durante tanto tiempo sólo aptas para su modelo del buen salvaje.

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El coronel Percy Fawcett fotografiando el Amazonas y vestido de explorador.
 
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