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Domingo, 4 de septiembre de 2011

En busca de la mujer perdida

Una escritora real y secreta de Costa Rica sirve de punto de partida para que el nicaragüense Sergio Ramírez afiance su búsqueda literaria entendida como una confluencia de ficción, biografía y memoria.

 Por Juan Pablo Bertazza

“Tú eras bella. ¡Claro que eras bella! Ahora, en esta absurda posición de la que no te moverás más, maltratada por dolores y castigos, eres fea. Horriblemente fea. Pero tú eras bella. Siempre es satisfactorio haberlo sido.” Ese es un breve fragmento de La ruta de su evasión; según muchos críticos, una de las obras más adelantadas de Latinoamérica en lo que refiere a técnicas literarias, aunque no tan aclamada por su contenido. Pero, además, se trata de uno de los pocos libros que pueden encontrarse en el mundo de Yolanda Oreamuno, una extrañísima escritora de Costa Rica que murió en México a los 40 años, y que cuenta en su bibliografía casi fantasma con montones de títulos –tiene todo un ítem llamado “literatura dispersa”– que nadie duda en incluir aunque nadie los leyó, a tal punto que pocos saben si en verdad existen. Podríamos ir más lejos y decir que esa única novela hallable, La ruta de su evasión, fue el único hueso, la única pista que pudo seguir Sergio Ramírez para escribir su nueva novela, La fugitiva, sobre una escritora sospechosamente parecida a Yolanda, también costarricense, también muerta en México, pero de nombre Amanda Solano.

Abogado y miembro ilustre de la “generación de la autonomía” de Nicaragua (que formó a varios de los líderes fundadores del Frente Sandinista), elegido en 1984 vicepresidente de su país por el Frente Sandinista de Liberación y autor de la novela Castigo divino –que le valió el premio internacional Dashiell Hammett–, y de Margarita, está linda la mar –con la que se adjudicó el premio Alfaguara 1998–, Sergio Ramírez vuelve a lo que mejor sabe hacer: mezclar los tantos entre ficción y realidad con libros que, sin constituir novelas históricas, piden a gritos prestar atención al contexto social y político.

La fugitiva. Sergio Ramírez Alfaguara 310 páginas

Pero en esta oportunidad Ramírez sorprende al escribir su primera novela absolutamente femenina: tres mujeres, tres personajes –una de las cuales es, en la misma ficción, una cantante que trabajó con Almodóvar y dice ser amiga de Liz Taylor– son entrevistadas por un escritor para aportar datos sobre la mujer inasible, esta escritora extremadamente bella, con mucha mala suerte en el amor, llena de signos de pregunta y obsesionada con la lectura de Proust. Con una vocación y confianza literaria que no logra plasmarse en su escritura, esta escritora a la que podríamos llegar a comparar con la argentina Emilia Bertolé por su belleza y escasa obra literaria, nació en San José el 8 de abril de 1916, no conoció a su padre pero sí muy bien a su padrastro, quien la violó cuando era una niña. En esta búsqueda incesante –el título recobra el nombre del sexto tomo de la obra maestra de Proust– Ramírez logra tejer en el mundo de la fantasía inteligentes y certeras relaciones con la enigmática realidad de Yolanda. Averigua, por ejemplo, que el primer trabajo en prosa de Amanda fue “¿Qué hora es?”, en el que se burlaba de la chatura mental de los costarricenses. Según la ficción, Amanda Solano murió un domingo de julio de 1956, el mismo año en que nació en Costa Rica “el niño un millón”, a quien lo llenaron de regalos por esa mera coincidencia numérica. Pero con el correr del tiempo lo volvieron a encontrar y descubrieron que se había vuelto un alcohólico nefasto que maltrataba a su mujer y había sido guardia civil. En cambio, el día de su muerte, en la casa funeraria se equivocan y le ponen a Amanda el nombre Amada, para ser enterrada, finalmente, en una tumba sin nombre, con un número muy difícil de recordar, en el más completo anonimato.

En esta novela, Sergio Ramírez consagra en cierta forma su trabajo y su búsqueda literaria: su obsesión por mezclar la historia y la ficción, biografía y literatura. Pero lo más valioso es que lo hace saliéndose de su propio eje, configurando tres voces femeninas tan auténticas como distintas, y el espectro de un fantasma tan lejano como entrañable.

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