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Domingo, 9 de octubre de 2011

Pongamos que hablo de París

Dos nouvelles de Patrick Modiano, publicadas en un solo volumen, Primavera de perros y Flores de ruina, convergen en hacer foco sobre la ciudad de París, sus personajes siempre al borde de la extinción existencial y su íntima desolación. Dos obras breves y emblemáticas, hasta ahora inéditas en castellano, que confirman a Modiano como el gran narrador urbano de París.

 Por Juan Pablo Bertazza

Además de ser una de las mejores películas de toda su carrera, Medianoche en París, el último film de Woody Allen, es también una de las mejores películas realizadas sobre la capital de Francia. No sólo por las escenas en que despliega sus principales encantos geográficos y arquitectónicos –Montmartre, la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo, los Champs Elysées– sino más bien por el original y virtuoso tour de force a través del cual hace honor a su riquísima historia: Owen Wilson y sus encuentros llenos de aventura y misticismo con los grandes exponentes de la literatura y el arte francés del siglo XX. Porque lo interesante de París no es exactamente su historia sino más bien las modalidades a partir de las que esa historia interactúa y dialoga con el presente; esos fósiles llenos de vitalidad y correspondientes a distintas épocas que constituyen esa magia real que sedujo y seduce, año a año, a tantas personas, a tal punto que es la ciudad con destino turístico más popular del mundo, con más de 26 millones de visitantes extranjeros por año.

Entre los escritores franceses contemporáneos, Patrick Modiano es sin lugar a dudas quien mejor supo describir –y escribir– la Ciudad de las Luces; es decir, quien más hábil se mostró a la hora de dar voz y palabras a esas ruinas que constituyen también sus calles, sus bulevares, sus monumentos. Y es, justamente, en las dos nouvelles publicadas en un solo volumen donde mejor puede leerse esa capacidad. En Primavera de perros leemos: “Me había explicado que él desgarraba los afiches en las calles para que aparecieran los que habían sido cubiertos por los más recientes. Arrancaba los jirones capa por capa, y los fotografiaba a medida que lo hacía con minucia hasta llegar a los últimos fragmentos de papel que subsistían en el soporte o la piedra”; mientras que en Flores de ruina aparece la misma idea referida a la simultaneidad temporal de París, pero con otro matiz, tomando otra forma: “Los Champs Elysées son como el estanque que evoca una novelista inglesa en el fondo del cual se depositan, en capas sucesivas, los ecos de las voces de todos los paseantes que soñaron en sus bordes”.

Primavera de perros Flores de ruina. Patrick Modiano El Cuenco de Plata 156 páginas

En un valioso gesto de lectura editorial, Primavera de perros y Flores de ruina –obras hasta el momento inéditas en español que, tranquilamente, podrían intercambiar sus respectivos títulos– aparecen repletas de semejanzas: dos obras breves y desarrolladas en París, que tienen como protagonista a un escritor que se interesa por personas enigmáticas y con una clara tendencia a desaparecer sin dejar rastros. Y a su vez, estas nouvelles –a las cuales las separan sólo dos años de tiempo: Flores de ruina se publicó en 1991 y Primavera de perros es del año 1993, es decir que entre ambas sólo publicó un libro, Un cirque passe– despliegan las viejas fórmulas que volvieron tan identificable a Modiano: argumentos marcados a fuego por la ocupación nazi sin que esto signifique un tópico excluyente sino más bien el escenario de fondo en que se erige una atmósfera tan poética como melancólica, a partir de la cual Modiano indaga en ese tacho de basura de la historia que son los desperdicios urbanos, los cafés que ya nadie visita, los escombros, las cosas que se pierden, las personas que se van sin previo aviso.

En Primavera de perros el narrador es fotografiado junto a su pareja, en un bar, por un enigmático profesional, una foto que los revela como “dos adolescentes anónimos y perdidos en París”. A partir de este acontecimiento se va enterando de que el hombre en cuestión, Jansen –quien ya las vivió todas y permanece escéptico incluso con su única pasión, la fotografía– fue un discípulo aventajado del fenomenal Robert Capa, seudónimo del húngaro Endre Ernö Friedmann, el más célebre corresponsal gráfico de guerra del siglo XX. En ese sentido podría leerse en este personaje un rasgo biográfico del mismo Modiano, cuya relación con Raymond Queneau cimentó su carrera literaria, a tal punto que publicó su primer libro, El lugar de la estrella (1968), en Gallimard gracias a su influencia. Y hablando de influencias, a medida que va conociendo su absoluta desesperanza y empieza a ordenar varias fotos dispersas que fue sacando a lo largo de toda su carrera –¿una metáfora de las capas históricas que conviven en París?–, el protagonista empieza también a obsesionarse con la vida del fotógrafo y, sobre todo, con su encierro y esa intransigencia a la hora de rechazar los asiduos llamados telefónicos de una pareja amiga y de una mujer que no se resigna a olvidarlo. Hasta terminar encarnando y haciendo propia su última y flamante teoría fotográfica, según la cual la misión del fotógrafo debería ser “fundirse con el decorado y hacerse invisible”.

En Flores de ruina también se habla de fotos y de primavera, pero en este caso el detonador es el suicidio de una pareja de jóvenes en un departamento de París el 24 de abril de 1933. A su vez, este otro protagonista escritor empieza a involucrarse en este caso, pero también con cada una de las líneas que propone, por ejemplo, buceando en las historias de las últimas personas vistas por la pareja, lo cual a veces lo aparta del caso original. Flores de ruina debe ser una de las obras literarias en la que más personajes desfilan por sus escuetas páginas, incluso algunos de ellos parecen corresponder a la nouvelle anterior, como si ambas obras encajaran en un rompecabezas perfecto, aunque esto nunca se aclare y nunca se manifieste de manera explícita.

París y Modiano. París, la ciudad de la multitud, la ciudad de la modernidad en la cual seguramente varias personas se cruzan entre sí en diversas oportunidades y ni siquiera son capaces de reconocerse; la ciudad en la que desaparecen en forma súbita, dejando perplejo a cualquiera, “a tal punto de que no queda más que buscar pruebas e indicios para persuadirse de que esas personas existieron de verdad”. Como París.

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